
Desde ayer la patria uruguaya tiene un nuevo timonel que desde hace 4 décadas se prepara como piloto de tormentas.
Su navío, el partido conservador, asediado por la fatiga de la historia, con
las velas raídas por los inclementes huracanes de corrupción que lo escoraron y con una
tripulación sin vigor y sin fe, se apresta a culminar su último viaje en un mar
infestado de inequidades. En el puerto lo espera dentro de 5 años la guillotina de las
urnas.
He ahí el porvenir. Miremos el presente.
Don Jorge Batlle Ibáñez, mamífero superior de la polis, enorme animal político, paciente mariscal de incontables derrotas que no minaron su espíritu, expedicionario del poder, de contradicta vida y ambición firme, desnuda y seca, se propone dominar el corazón del acontecimiento. Su imaginación trepidante se complementa con una acción infatigable que no podrán seguir sus cansados colaboradores.
Esta combinación original lo ha llevado a superar el vicio del político (acción sin ideas) y el vicio del intelectual (ideas sin acción).
Es, sin duda, una de las mejores espadas de la derecha democrática y como tal su proyecto no se plantea transformar la sociedad, sólo encauzarla. También es un aristócrata de la política, atrapado desde la cuna por su linaje, con la soberbia de quien sabe que está protegido por la inteligencia y el vigor de sus genes y su herencia providencial.
Y, sin embargo, la vida y las derrotas trocaron al soberbio, en la última etapa de su peripecia, en un aristócrata plebeyo, sencillo, ajeno a las vanidades de sus pares, campechano y consensuador, muy lejos del insoportable de antaño.
En fin, un león vegetariano. Pero cuidado, sigue siendo un león.
Se presenta en sociedad con un proyecto cuyo cemento ideológico está vencido y ya no pega nada.
El fundamentalismo neoliberal que profesa con convicción es como el Coliseo romano: se mantiene en pie pero todo el mundo sabe que está en ruinas.
Lo que a don Jorge lo salva es que además de ser un neoliberal económico, cree en el liberalismo político, lo cual es un descomunal contrasentido. No hay nada más antiliberal que un neoliberal. Y nuestro Presidente es las dos cosas a la vez. Hacemos votos para que el antídoto de su liberalismo político sea más fuerte que su enfermedad neoliberal.
Porque hoy la confrontación central es la de neoliberalismo o democracia. Todos sabemos que el mercado libre hoy no existe en ninguna parte y que lo único que existe en este mundo globalizado y transnacionalizado es un feroz capitalismo monopolista. He ahí la gran estafa ideológica del neoliberalismo. Ya hace muchos años que estos embaucadores abandonaron las viejas y añoradas banderas del liberalismo político vinculadas con el humanismo, con la soberanía popular, con las libertades públicas y las sustituyeron por un neoliberalismo económico engarzado en la libertad de inversión, el derecho a la acumulación, la soberanía de la empresa privada y la impunidad monopólica transnacional. No abrigamos grandes esperanzas sobre el resultado de la contradicción personal e ideológica que aflige a Batlle. Sin embargo, sabemos que trabajará para la historia. Buen lector del significado de ese montón de polvo que es la historia, buscará asignarse un lugar en el Olimpo. No podrá hacerlo si no maquilla su proyecto, si no modifica su carácter político, si no procura la síntesis de su contradicción haciéndole un lugar a las fuerzas del hombre nuevo que en octubre probaron ser mayoría abrumadora.
No damos un céntimo por su lugar junto a los dioses si no atenúa la lógica de la ganancia sin cortapisas, ese multiplicador voraz de la pobreza, si no limita el divorcio entre la solidaridad y la eficiencia, si no subordina el demopoder a la demodistribución, si su anunciada transformación productiva no se resuelve con equidad, si no procura para el pueblo mayor igualdad en los beneficios y menor desigualdad en las pérdidas, si no relativiza el desmantelamiento suicida del sector público, si no mitiga la colonización desenfrenada del Estado por intereses particulares, si no pone a la canalla en cintura, esos gángsters ideológicos que abogan por las políticas a largo plazo mientras se dedican a las ganancias a corto plazo, si no rescata el vocablo decencia sancionando la insolente corrupción de no pocos, si no le pone un límite al monopolio del conocimiento, a la falta de democratización de la técnica y a la oligopolización de la información, si no evita la paradoja de la desaparición del trabajo en la sociedad del trabajo, si no confunde la política con la economía, los ideales con las ideologías y la ética con el cálculo, si no libera a la política del desprestigio en que se encuentra la actividad de servicio más noble del ser humano, hoy convertida en un torneo de elites por prebendas y parcelas de poder usadas en beneficio personal o sectorial.
Y, sobre todas las cosas, si no se saca los tapones de los oídos para escuchar el grito de los desaparecidos resonando en la conciencia desgarrada de una sociedad que exige enterrar a sus muertos y escuchar el acto de contrición de sus miserables sicarios.
Pero no abrigar grandes esperanzas no nos lleva a desconocer que nuestro Presidente ya está amortizado y sólo le queda un brazo y ese apéndice es precisamente el izquierdo, porque el derecho se lo arrancaron de cuajo. No le sirvió ni su linaje, ni sus genes, ni su apellido monumental. Ya hace tiempo que se doctoró en la cátedra de las zancadillas políticas.
Y no hay quien no crea que intentará diferenciarse de sus cirujanos. Ya lo está haciendo. Es la primera buena señal. Hay otra segunda: las fanfarrias de la obertura no lo sedujeron ni lo están haciendo cambiar de conducta.
Y la tercera fue el brillante y espe-ranzador discurso de ayer que mantuvo en vilo a la nación y le abrió una carta de crédito en todos los sectores políticos y sociales.
Pero es un morfinómano del poder, tanto como nosotros que consumimos la morfina del periodismo. Y ahí está su talón de Aquiles. Es nuestra responsabilidad alertarlo con honestidad intelectual.
Fue precisamente la concupiscencia del poder, la que impidió, por el momento, que ese formidable zoom politikon, que es el doctor Sanguinetti, no alcanzara el panteón de los sublimes.
El poder sanguinettista ocupó un territorio de sólo 100 metros cuadrados, superficie de su despacho en el Edificio Libertad, y desde allí se dedicó a mandar desobedeciendo a sus mandantes y a su propio destino.
¡Qué falta le hubiera hecho a ese ser exquisito y brillante, apasionado de la lectura y la inteligencia, releer al filósofo Voltaire explicando la manera de gobernar de Federico II, El Grande, para mí la combinación de estadista y caudillo militar más formidable que existe en los registros de la historia.
Federico siempre "mandó obedeciendo". El monarca de Sans-Souci, que se dio a sí mismo el calificativo de "primer servidor del Estado y del pueblo", se pasó toda la guerra de los siete años en las trincheras con sus soldados y cuando en una oportunidad le ofrecieron doble ración de carne, al grito de "lo mismo que comen mis soldados, es lo que come el rey", degradó a su edecán, dando una lección política de cómo se "manda obedeciendo". Y es el mismo gobernante, en épocas ajenas a la democracia, que obedeció la llamada de conciencia, balbuceada con desesperación y espanto por uno de sus vasallos más humildes e indefensos a quien la comisión real lo estaba desalojando de su miserable vivienda porque afeaba e impedía extender las construcciones del Palacio. Federico, con su honestidad y sentido insobornable de la justicia, ordenó que el trazo de la mansión imperial fuera modificado para que el humilde molinero pudiera continuar viviendo donde vivió siempre. Y era el poder absoluto y sin límites. Pero supo "mandar obedeciendo".
Sanguinetti, preso de su libido dominandi, no supo escuchar los latidos del pueblo y se retiró de su quinquenio cual Pilatos redivivo sin poder siquiera abrir su corazón a las súplicas de un poeta magistral de la vida en busca de su nieto desaparecido. No pudo o no quiso "mandar obedeciendo". Esa será su penitencia.
El día que asumió le tendimos la mano y en plena portada, al igual que hoy, titulamos: "Hasta ayer se gobernó para los amigos, desde hoy se podría gobernar para todos, señor Presidente, inténtelo".
Nos defraudó. En lo personal cumplí mi palabra de juego limpio, oposición honesta, interdicción de zancadillas y de incursiones en el ataque personal y familiar. El no cumplió su parte. Conocí las cárceles de la democracia por su intervención directa cuando denuncié la corrupción de Wasmosy. Lo sabe todo Madrid. Pero nunca lo estigmaticé por ello. Y menos lo haré ahora en el ocaso de su gobierno, aprovechándome de su ausencia de poder o de su exilio en el llano.
Ignoro por qué, pero extrañamente siento por Sanguinetti, adversario de siempre y por momentos transformado en implacable enemigo, una atracción intelectual por su odisea y su peripecia vital que agota mis despechos, quema mi pólvora y me convierte en un indulgente que precisamente no soy. Esta esquizofrenia tiene un nombre hegeliano: es la dialéctica de la unión de los contrarios. Pero ese es mi problema. Ya lo resolveré.
Volvamos a lo que hoy importa. El nuevo caminante del poder y los peligros del camino. Advertido ha quedado y sólo nos resta reiterarle con obsesión que el poder no es autoridad. Que el poder debe tener como soporte el resplandor de la fuerza moral. Que el poder no puede ser la vasta estancia donde todo es posible menos la verdad. Controle, don Jorge, por favor, su pulsión de dominio y aprenda que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Y cuando la libido dominandi lo envuelva en sus pliegues pasionales, piense en esos dos grandes estadistas, Washington y De Gaulle, hoy merecidamente ubicados en el Panteón de los Inmortales. Parézcase a Washington diciéndole al Congreso, que quería hacerlo presidente de nuevo aumentando su poder personal: "Antes la muerte, señores congresistas".
Parézcase un poco a Charles André Marie Joseph de Gaulle, que, en el cenit de la gloria, invitó a los políticos a que se pudrieran en el estercolero, se burló del poder omnímodo que le ofrecían y se marchó impávido a su torre de Colombey les deux Eglises, sin recibir, durante años, hasta que exhaló su último aliento, ni a un solo canal de televisión, ni a un solo periodista. ¡Qué hermosa lección de la historia, tan ajena a nuestros dirigentes enamorados del mando!
Usted, don Jorge, tiene una ventaja. El único ejemplo similar que encontramos en nuestra historia lleva su misma sangre. Nadie puede dudar del menosprecio que don José Batlle y Ordóñez sentía por el poder personal. Renunció al poder a cambio de que se limitara el mismísimo poder, pariendo el sistema colectivo del Colegiado. Pudo haber sido presidente durante cuatro períodos. Pero conocía los estragos de esa concupiscencia y la ofrendó en aras de su limitación. Mandó obedeciendo hasta el final.
Le deseo que cuando el 1º de marzo del año 2005 usted tenga que poner en la humanidad del doctor Tabaré Vázquez o en quien así lo decidan las fuerzas del cambio, la banda presidencial que simbolizará el tránsito de una época a otra, del gobierno de los dirigentes al gobierno de los ciudadanos, usted pueda decir con orgullo: "Mandé obedeciendo, misión cumplida".
Desde esta tribuna libre le decimos lo mismo que a su predecesor: "No seremos complacientes con usted, más bien intentaremos ser su conciencia crítica, un ente testigo de sus actos, una aproximación al ombudsman que defiende a la sociedad frente al Estado y al poder con todas sus variantes y con todos sus disfraces". Pero de nosotros puede esperar juego limpio, ausencia de zancadillas, apoyo incondicional a sus acciones en defensa de las grandes mayorías postergadas y un deseo utópico e incontenible de que no use al Estado para postergar al nuevo Uruguay que ya despunta.
No obtendrá de nosotros palabras elegantes, sino sinceras.
Las palabras elegantes en general no son sinceras, las palabras sinceras no son
elegantes pero las preferimos.
Nosotros ya estamos curados de la más terrible de las enfermedades del alma, que es el
furor de ganar, de vencer, de dominar. Usted todavía no. En estos cinco años puede
curarse o entrar en coma.
Nosotros poseemos la otra enfermedad, la de influir, pero esa es buena y sirve a la comunidad.
Usted deberá enfrentarse a nuestro ejército de 26 soldaditos de plomo que no otra cosa es la imprenta, el mayor invento del hombre para oponerse con dignidad al poder de todos los tiempos.
Y nuestra misión no es complacer. Coincidimos con David Grosman, el jefe del Departamento de Noticias de Radio Israel, cuando presentó su dimisión: "No nos hicimos periodistas para complacer a alguien o mantener la tranquilidad espiritual del público; nosotros, los periodistas, somos los que asumimos la función de ladrar".
Sin embargo, anhelamos que estos 5 años no se transformen en un ringside entre poder y prensa crítica.
También deberá enfrentarse a la rebelión ya incontenible del sentido común, que, como usted sabe, está muy enfadado. Pero ese mal tiene cura: no haga un gobierno cínico sino cívico, no haga un gobierno solitario sino solidario.
La historia nos ha enseñado que en última instancia gobernar es hacer creer.
Háganos creer, señor Presidente.
Federico Fasano Mertens - Director
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