ANTONIO LADRA (*)
El 2 de agosto de 2005, por primera vez en las palabras y en los hechos, un jefe militar, en este caso el comandante en jefe del Ejército, teniente general Angel Bertolotti, cumplió e hizo cumplir cabalmente una orden del Presidente de la República en tanto comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.
El Poder Ejecutivo, representado por la influyente y determinante, para este caso, figura del secretario de la Presidencia de la República, Gonzalo Fernández; el Poder Judicial personificado en los jueces Gustavo Mirabal y Juan Carlos Fernández Lecchini, además de la fiscal Mirtha Guianze; médicos forenses, técnicos y antropólogos uruguayos y argentinos y, fundamentalmente, Macarena Gelman, hija de la desaparecida María Claudia García, pudieron ingresar a un predio militar donde se supone, por la información brindada por el propio comandante Bertolotti, que hay tumbas clandestinas y donde precisamente está la madre de la joven.
Después de años de resistencia de los mandos militares en admitir la existencia de los desaparecidos, y de presidentes que no cumplieron cabalmente con el artículo cuarto de la Ley de Caducidad, después de años de negarse a investigar, de mentiras descaradas, de mantenimiento de una tutela militar inapropiada sobre la democracia uruguaya, el comandante en jefe del Ejército Angel Bertolotti, a instancias de las órdenes impartidas por el presidente Tabaré Vázquez, quebró no sólo el silencio cómplice, sino que inclinó, como corresponde, su espada de poder militar ante el poder civil legalmente constituido y que emanó de la voluntad popular.
Con las declaraciones y las acciones emprendidas por Bertolotti, aun en contra de sus propios miedos y dudas, se puede decir que terminó una etapa oscura de la historia contemporánea del Uruguay. Dijo Bertolotti, al explicar las decisiones adoptadas tras la orden del Presidente y que desembocó en el franqueo de las puertas del batallón ubicado en la localidad de Toledo: "Adopté el criterio del Presidente de la República que dio su concepto como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas o como mando superior en el marco que corresponde. Creo haber cumplido con los requisitos con todo mi esfuerzo. El Ejército se ha dedicado a esto con total honestidad y lealtad. No sólo desde el punto de vista institucional sino también desde el punto de vista corporativo".
Y si fue importante que se franquearan las puertas del batallón no menos lo fueron los largos minutos en los que Bertolotti y Macarena Gelman, la hija de María Claudia García, charlaron en el predio donde se supone que está enterrada su madre.
La significación del hecho está dada no solo por las expresiones de Bertolotti, las verbalizadas y las faciales sino también por los silencios.
El martes 2 de agosto hubo cosas que conmovieron las fibras íntimas de este duro y parco militar. "Hablamos un poco de la vida, de su trabajo y de sus pensamientos", relató el jefe militar cuando los periodistas apostados en las puertas del batallón le consultaron acerca de cómo vio las emociones de Macarena Gelman.
El militar la catalogó como "una mujer de convicciones muy firmes, es una mujer generosa, comprensiva y que sabe ubicarse en las coyunturas históricas a través de lo que ella vivió durante su corta vida", y remató con un par de adjetivos que, por lo menos públicamente, un militar se cuida de decir sobre una mujer: "Es dulce" y "muy rica".
Pero además de la palabras hubo gestos por demás simbólicos: fue Bertolotti en persona quien condujo a Macarena al lugar donde, según la información que maneja el militar, está enterrada María Claudia García, la madre de la joven. Ya en el llano, frente al espacio marcado por un árbol cortado y una banda amarilla, se detuvieron. El militar señaló la tierra y el silencio llenó el lugar.
Allí, durante varios minutos, estuvieron juntos y a solas, y cada uno con sus ángeles y con sus demonios: Angel y Macarena. *
(*) Secretario de redacción - antla@adinet.com.uy
Comentarios (beta!)