Jueves, 18 de agosto, 2005 - AÑO 9 - Nro.1925
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Frente a las playas que sólo usamos para bañarnos en verano, teníamos un tesoro

Por unos pocos pesos

Fue después de las elecciones, corrían los tiempos ya tan lejanos del Hotel Presidente, cuando el comandante en jefe de la Armada andaba presuroso tratando de conseguir unos pocos pesos para contratar de apuro los servicios de un providencial buque oceanográfico ruso que la buena suerte puso en el puerto de Buenos Aires para realizar trabajos por cuenta de una entidad científica alemana.

ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO (*)


Ese barco venía como anillo al dedo: durante años la Armada Nacional, sorteando diversos escollos burocráticos (que son los peores para la navegación), había trabajado en el relevamiento batimétrico de nuestra plataforma continental, buscando demostrar científicamente su borde y, también, unos buenos corredores de aguas seguras para beneficio del acceso a nuestros puertos y la navegación por nuestros mares.

Ese trabajo estaba casi terminado pero faltaba su complemento: el relevamiento geofísico que corroborara mediante los datos del subsuelo, la extensión indiscutible de dicha plataforma.

La importancia de ese trabajo era y es estratégica: gracias a ello Uruguay puede concretar ante las Naciones Unidas la reivindicación territorial más grande de su Historia extendiendo soberanía más allá de nuestras doscientas millas hasta las trescientas cincuenta (unos setecientos quilómetros mar adentro desde nuestras playas) ganando, de paso, las riquezas presentes o futuras atesoradas en esas aguas, la superficie del suelo y las del subsuelo correspondiente.

El costo de traer desde lejanos países el o los buques capaces de realizar el relevamiento geofísico hubiera sido enorme y en esa tarea se encontraba el país, cuando apareció el buque ruso que, traído desde muy lejos por cuenta de otros, podía por muy poco dinero realizar rápidamente el trabajo que Uruguay necesitaba. Al mismo tiempo al buque ruso le venía bien porque aprovechaba su presencia en la zona con más trabajo y por lo tanto más ganancia.

Tengo por cierto que por aquellas horas anduvieron muy especialmente iluminados Gonzalo Fernández, Tabaré Vázquez, Jorge Batlle y, lo más importante e insólito: Isaac Alfie que, apenas con leves gruñidos de protesta, aflojó los inexorables nudos de la casi vacía bolsa.

Ya se había dado el buque a la mar en su tarea, con oficiales uruguayos a bordo, cuando las monedas llegaron. De otro modo es muy probable que los rusos hubieran arrojado al mar y por babor a los malos pagadores que, como hemos dicho, estaban inermes en manos de un ministro de Finanzas asediado por diversos procuradores.

 

Así se escribió la Historia

El trabajo de campo (mejor dicho de mar) terminó en los alrededores del fin de año pasado, pero la interpretación técnica de los datos recogidos y enviados a Alemania demoraría hasta entrado este año.

Pues bien: parece que esa información vital está llegando y con ella el conocimiento de lo que los uruguayos, nuestros hijos y nietos y biznietos, tenemos en esa femenina mar a la que por tantísimos años le hemos dado irresponsablemente la espalda. Ella nos demuestra una vez más su generosidad despreciada: por muy pocos pesos conseguidos de apuro y a los porrazos (se llegó a pensar en hacer una colecta si el ministro no aflojaba) nos venimos a enterar por primera vez en siglos que ahí nomás, frente a las playas que sólo usamos para bañarnos en verano, teníamos un tesoro: cierto yacimiento de gas de unos 7.000 quilómetros cuadrados.

Dicho sea de paso y al margen: ¿Petrobras, que invirtió en Gaseba y en Conecta, lo sabría? Parecen adivinos. Rompimos nuestros diques y astilleros (sobreviven heroicamente algunos), nuestra marina mercante de ultramar y de cabotaje, nuestra flota y nuestra industria pesquera también las rompimos (salvo raras excepciones, entre ellas los pescadores artesanales, esos parias que tenemos tirados en las playas). Descuidamos nuestros intereses en el Atlántico Sur y no le damos la importancia debida a nuestra presencia en la Antártida, lugares todos ellos donde nos esperan (quién sabe por cuánto tiempo más) grandes riquezas. Tenemos a la mayoría de nuestros puertos abandonada a niveles de lástima. Nuestra navegación y nuestras pesquerías fluviales y lacustres en el mismo estado.

El hecho de que nuestra principal flota sea la dedicada a transportar turistas desde y hacia Buenos Aires con ser mejor que nada, es una estampa elocuente.

Algo así como si los uruguayos encandilados por las "luces del centro" y otras frivolidades, le tuviéramos miedo al agua... O bronca.

Y, sin embargo, desde épocas inmemoriales resulta evidente que tenemos un destino marítimo envidiable.

Pero como nunca es tarde cuando la dicha es buena y porque tampoco hay mal que por bien no venga, los trepadores precios del petróleo nos van a obligar tarde o temprano a revitalizar el transporte por agua y el ferrocarrilero (otro desastre vandálico).

Dicen algunos bancos europeos que el barril de crudo llegará a más de cien dólares en pocos meses. Y le contestan otros analistas que eso es imposible por la sencilla razón de que si traspasa los setenta y se mantiene cierto tiempo en ese rango, la economía mundial se derrumbará antes de poder comprar barriles a cien dólares.

Algo así como que resulta imposible sostener que un enfermo llegará a tener sesenta grados de fiebre: se muere antes.

Y es entonces que a lo largo y ancho del mundo (salvo acá) en materia de política energética se agrega la extremada urgencia de severas medidas de AHORRO y el cambio urgente de las políticas de TRANSPORTE y VIVIENDA. El planeta no soporta ya más ni el despilfarro de energía propiamente dicha ni tampoco cierta irresponsable y alegre "civilización" en materia de transporte basada en un petróleo barato que se fue para no volver. Mejor dicho: se quemó.

Porque ni aun disponiendo por arte de milagro nuevamente de petróleo ligero podríamos quemarlo como antes. Porque ahora somos seis mil millones de habitantes y creciendo; tanto en cifras de población como en consumo energético: la atmósfera no permite tamaña "quemazón". *

 

(*) Senador de la República


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