JULIO GUILLOT(*)
Desde que a alguien (no recuerdo quién ni en qué tiempo) se le ocurrió definir la política como el "arte de lo posible", asistimos a una prédica permanente e implacable a favor del posibilismo y contra la utopía, los ideales, los principios y la intransigencia. Esa postura realista y pragmática viene como anillo al dedo a los postulados del pensamiento único del neoliberalismo, que viene haciendo estragos aun en filas progresistas.
El posibilismo desemboca directamente en la resignación. Instala en la mente, en las pautas culturales de las gentes, la idea de que lo utópico es mala palabra, que los idealistas deben ser mirados con un cierto desdén indulgente, que lo bueno, lo justo y lo correcto son quimeras inalcanzables por las que no vale la pena luchar; que no hay que distraer esfuerzos en ningún intento de realizar los sueños puesto que está demostrado que éstos son irrealizables.
Según William James, fundador de la corriente filosófica conocida como pragmatismo, el único criterio válido para juzgar de la verdad de toda doctrina científica, moral o religiosa, se ha de fundar en sus efectos prácticos. De ahí que un individuo pragmático es aquel que muestra propensión a adaptarse a las condiciones reales.
Es así que don Guillermo Chifflet es unánimemente aplaudido por su coherencia ideológica pero censurado por su falta de pragmatismo y de realismo político.
Hace un par de meses, mi amigo Legnani escribió un lúcido artículo sobre el tema, del cual paso a transcribir algunos fragmentos: "Desde un tiempo a esta parte algunos analistas, por lo general bastante conservadores ellos, han comenzado a señalar que en el gobierno predominan hombres pragmáticos. Lo que quiere decir que estamos ante personas prácticas y por ello vale elogiarlas. Hasta aquí todo bien.
Pero la novedad es que algunos gobernantes y dirigentes políticos de la izquierda le han tomado el gusto a eso de ser pragmáticos, fundamentalmente cuando tienen que explicar algunas medidas de gobierno poco ortodoxas para la izquierda. (...)
La impresión que van dejando algunos de nuestros gobernantes es que se están sintiendo cómodos con el pragmatismo, porque ese nuevo look les permite justificar las medidas de gobierno, sin la trabajosa tarea de pensar un poco. Como que el éxito del arte de gobernar pasa por despojarse de ideas, de valores y de programas".
Cuando se afirma que la política es el arte de lo posible, se trata de justificar ciertas concesiones o el abandono de metas: "Para lograr lo que nos proponemos, no tenemos más remedio que ceder en esto"; o "pretendíamos alcanzar tal objetivo pero como eso no es posible, tenemos que contentarnos con algo menos, que no es lo que queríamos pero es lo que se puede".
Tales asertos parecen de una sensatez irreprochable. No obstante, ese razonamiento puede conducirnos a una lamentable confusión entre lo posible y lo debido. Me explico. Hace cien años, Leandro Alem sostenía lo siguiente: "Debemos marchar de frente sin transigir con nada que no sea digno de nosotros. Nunca he participado de esa idea de que en política se hace lo que se puede y no lo que se quiere. Para mí, hay una tercera fórmula, que es la verdadera: en política --como en todo-- se hace lo que se debe, y cuando lo que se puede hacer es malo, ¡no se hace nada!". Sin llegar a tal extremo de intransigencia, me permito señalar que la tendencia a imponer esa supremacía de lo posible desemboca en confundir lo posible con lo debido, o sea que induce a pensar que lo que la realidad nos permite hacer es lo que se debe hacer, cuando en rigor, hay una diferencia conceptual --y moral-- enorme entre lo que se puede y lo que se debe hacer.
Por ejemplo, podemos perfectamente comprender que romper con el FMI no es posible en la coyuntura actual; y hasta podemos admitirlo. Pero de ahí no podemos concluir que debemos mantenernos bajo su tutela. Del mismo modo, en nombre del realismo y del pragmatismo, se ha llegado a afirmar que debemos participar en la Unitas, que debemos enviar tropas a Haití, que debemos votar el tratado de protección de inversiones con Bush. En definitiva, que debemos resignarnos ante la realidad.
Sin embargo, muchas veces la realidad se ocupa de demostrar lo contrario (vaya paradoja) y de echar por tierra todo el sustento doctrinario que aconseja pragmatismo y realismo. Precisamente por estos días, la militancia incesante, la prédica permanente, el no bajar los brazos en los reclamos justos, está dando sus frutos: la verdad se abre paso y los uruguayos empezamos a reencontrarnos con un pasado trágico y doloroso; y no sólo eso, sino que, además, se ha logrado variar sustancialmente la postura antes monolítica de las fuerzas armadas y de la derecha obsecuente, lo que permite abrigar esperanzas de que finalmente se haga justicia.
En 1989 el "realismo" aconsejó votar la impunidad porque así lo exigía la coyuntura, aunque esa coyuntura respondiera a una "realidad ficticia" (valga el contrasentido) fraguada por dirigentes políticos metidos a protectores de los terroristas de Estado.
Después de ratificada en plebiscito la malhadada Ley de Caducidad, una postura realista habría desestimulado toda iniciativa tendiente a proseguir y profundizar la lucha contra la impunidad. De haber prosperado el pragmatismo, todos nos habríamos resignado y aceptado mansamente el ninguneo del poder y el escamoteo de la verdad. Por eso la actitud de Chifflet adquiere un carácter simbólico y a todos debe movernos a reflexionar sobre los límites del posibilismo. *
(*) Periodista
Comentarios (beta!)