ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO (*)
Recuerdo cuando hace ya unos años, gracias al pueblo y Gobierno de Chile, al trabajo de su familia, y a investigaciones realizadas por Graciela Jorge para el libro "Chile Roto", descubrimos las circunstancias del asesinato y luego los restos de "Paco" López (hasta entonces uno de los uruguayos desaparecidos en Chile).
Un día, esos restos solemnemente entregados por el Gobierno de Chile (pidiéndole oficialmente perdón por el crimen al pueblo uruguayo), llegaron por fin a esta tierra donde de inmediato fueron debidamente velados (como si recién hubiera fallecido) para luego llevarlos en cortejo fúnebre a su lugar de descanso definitivo en uno de los cementerios montevideanos.
Nadie lo planificó: fue un gesto natural y espontáneo de su hermosa familia. Pero no dejaron de tener, aquellos hechos y aquellas escenas, un extraño sentido de irrealidad para todos cuantos los acompañamos en esa ya lejana mañana.
Muchísimas ideas y reflexiones, hasta extravagantes, recorrían nuestra columna vertebral: el Paco López había estado muerto y enterrado pero en realidad (o no) recién entonces se nos había muerto y por eso lo estábamos enterrando para lo que antes fue necesario desenterrarlo y averiguarlo, o desenterrar una calavera para preguntarle quién era y después, recién después, saber a quién debíamos sepultar. A qué familia chilena, uruguaya o argentina le tocaba hacer los trámites burocráticos y el mortuorio ritual milenario.
Y entonces el llanto era viejo y pretérito y era nuevo y extraordinariamente presente.
Y aquel muerto fue llorado a lo ancho de muchos años muchas veces y con lágrimas distintas.
Desde que una tarde no fue a una cita, hasta cuando por meses no dio señales de vida, ni registró su nombre verdadero o falso en alguna cárcel o morgue (tanto daba a tales efectos en esos tiempos) de la región.
Desde que cada cumpleaños, cada Nochebuena, cada victoria, y cada alegría de sus viejos compañeros no lo encontraba sentado en torno a la mesa... Pero tampoco estaba en alguna cárcel, hospital ni cementerio.
Porque esos tres son los lugares dónde solemos llamar cuando alguien no aparece y cuando agotamos los teléfonos de amistades y parientes.
El colmo de la irrealidad en aquel día reposaba en que, adentro del dolor y de la muerte, sonreían increíblemente: el muerto, su memoria, y nuestra voluntad de lucha por encontrarlo.
Lo sigo viendo ahora, mientras escribo, al flaco Arturo Dubra llevando el cajón al hombro, como quien muestra un trofeo.
Llorando por adentro y abriendo cancha por afuera, camino de la tumba, desafiando a quien tuviera la osadía de sacarnos al Paco López otra vez, o la de impedir otra vez que lo enterráramos como se debe enterrar a la gente.
- "Ya está" nos dijo en calma un buen rato después.
En estas horas volvemos todos, desoladamente, a estar interrogando huesos buscados, encontrados y desenterrados por el amor.
El suave pincel de las antropólogas me sabe a caricia tardía sobre esqueletos que aún llevan cadenas empotradas, alambres incrustados, goznes metidos en su calcio durante treinta años.
Y hasta los rayos del sol de esta primavera hecha verano, cuando a los compañeros le sacaron de encima la pista de hormigón por donde corren los blindados, o la gramilla de una chacra olvidada, me supieron a una tardía caricia tibia, tímida y trémula, pidiendo perdón por haber llegado tan tarde, por no haber podido entrar antes sobre tanta lastimadura que debe haber seguido gritando hasta el otro día, por entre las quijadas rotas y emplomadas, y que ahora, beso tras beso, debe haber ido calmándose hasta ser apenas un susurro que rompe tímpanos.
Ya no serán agredidas memorias ni tampoco maniatados huesos.
Ahora estarán para siempre nada más que enterrados en el pueblo. Un tierno pueblo que acaricia y besa siempre. Hasta no poder más.
De mujeres peleadoras y hombres rudos que pasan el día juntando pan.
Pero ahora: ¿quién los enterrará?
Después que se terminen los trámites burocráticos, el último interrogatorio, el postrer peregrinaje, y con sus huesos digan "yo soy..."
Y como "aparecidos", como almas en pena, se nos presenten a todos de cuerpo entero, ¿quién hará los otros trámites burocráticos, el certificado de defunción, la autopsia, la "necrológica" en los diarios, el pedido de sala velatoria, la hora municipal para el sepelio, las coronas, los ramos de flores, el cortejo fúnebre, el lugar donde caerse por fin muerto?
¿Lo hará la familia, el Partido, el Sindicato, el Presidente, la Gente...? ¿Quién lo hará? ¿El Poder Judicial? ¿El Poder Legislativo?
¿De quiénes serán los muertos? ¿De qué pena? ¿De qué duelo? ¿De qué dolor? ¿Serán solamente de la familia?
Este es un asunto que debemos meditar y resolver muy sesudamente porque no serán solamente dos casos... *
(*) Senador de la República
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