HORACIO BUSCAGLIA
Pase frente a una vidriera que estaba arreglada como para ubicarla en el clima de las "fiestas tradicionales" que se festejan aquí en el Sur durante el mes de diciembre. Es decir: con mucha nieve (que suele caer abundante en la playa Ramírez), con ramos de muérdago (¿Dónde m...uérdago puede encontrarse un muérdago?), con renos (¿nuestros típicos carritos de hurgadores son tirados por renos?), y diferentes figuras que recuerdan a ese señor rojo y barbudo, que es muy bueno (dicho así, vos podrías creer que se trata de Fidel, pero no... es otro).
Yo no sé si a vos te pasa lo mismo que a mí pero la Navidad no me gusta nada. Es un bajón. Desde chico ya no me gustaba, pese a los regalos. Sentía en el aire la espesura de la tristeza. "Doce menos veinte", decía mi tío mirando el reloj, "llegó la hora de acordarse de los que no están". Y así era. O largaba mi abuela: "¿Te acordás cómo le gustaban las nueces a Octavio?, que en paz descanse, pobre, cómo estaría disfrutando aquí, hoy". O eran mis tías viejas: "Ah, ésta es la tercera navidad que festejamos sin Amanda."
Por allí arrancaban y no paraban hasta nombrar a todos lo muertos o lejanos. Por eso yo, durante muchos años, uní en mis pesadillas a la sidra y el pan dulce con las apariciones de fantasmas.
Por eso fue también que para espantar la pálida el 25 de diciembre previo a la dictadura decidimos juntarnos en mi casa de Malvín todos aquellos que no queríamos festejar la Navidad. Se corrió la voz y fuimos como 50. Fue el mayor festejo navideño del barrio y la Navidad más divertida y alegre que hayamos pasado.
Yo sigo pensando lo mismo, pero esta Navidad sentí que había otra cosa en el aire. En los brindis, en los cohetes iluminando el cielo y hasta en la mirada del gordo Papá Noel se notaba que los uruguayos festejaban algo más que el nacimiento de Jesús.
Sin magos ni reyes, sin estrellas que nos guíen, sin concepciones inmaculadas, los uruguayos festejamos otro alumbramiento, aquel que traerá la luz puntual que nos espera. *
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