RAUL LEGNANI
Fue un hombre extraño, misterioso, culto en el hablar, de escritura perfecta, capaz de disfrutar como un niño de un chiste ingenuo. Lo conocí en la embajada de México en el verano de 1976, cuando un montón de adultos y niños buscábamos refugio político. Fue allí que me enteré que había sido junto a Carlos Puchet uno de los primeros en ingresar a la embajada de la calle Puyol y que Vicente, el embajador, lo había encerrado en una sala porque ni a él ni a Teresa, la uruguaya responsable de la casa, le generaba confianza. Después, con el ingreso de muchos militantes que conocían las intimidades y los rostros del partido, su presencia fue "legalizada".
El segundo encuentro fue en el Hotel Versalles del Distrito Federal. Un día Gastón golpeó en mi habitación: "Mirá, te dejo mi currículo, porque me dijeron que ustedes el plural era por mi esposa y yo- son los encargados de reunirlos". Una rápida lectura me dejó impresionado: estaba ante un gran mentiroso o ante un tipo que sabía hacer de todo. En cinco o seis páginas se leía que era relojero, bombero, buzo, paracaidista, corrector de estilo, linotipista, ingeniero en motores, chofer, piloto y así podría seguir de forma interminable. Gastón era uno de los militantes que estaba preparado para todo o para casi todo, porque quizás en ese todo no supo o no pudo dedicarle un tiempo a alguna cotidianidad humana.
Creo que después anduvo por el norte de México, poco tiempo, seguramente soñando con algún emprendimiento empresarial que nunca pudo concretar, hasta que con Meme Altesor apareció al frente de un bolichito, que duró muy poco. Los dos desaparecieron, sin avisarnos.
Meme murió en Nicaragua, combatiendo por el Frente Sandinista. Por eso supimos de él. De Gastón nada, hasta que volvimos al Uruguay. Poco tiempo después los dos saltamos en pedazos cuando la crisis del Partido Comunista, hasta que nos encontramos en LA REPUBLICA fue un obsesivo republicano, donde hizo de todo, desde servir el café hasta escribir sobre cómo deben ser las fuerzas armadas, Siempre modesto, de hablar quedito (nunca lo escuché enojado), pero siempre viviendo y compartiendo en voz baja su pasado pleno de anécdotas y de reflexiones, de verdades y medias mentiras. La gran mayoría de verdades.
En un período muy particular de mi vida, cuando sufrí el desempleo y lo que es peor la cola de cobro del seguro de paro donde el drama se ve en las caras y se siente en el corazón, lo encaré. "Gastón quiero hablar de vos, de Nicaragua, de lo que hacías en el Frente Sandinista, de cómo mataron a Meme", le dije una mañana, durante una conversación telefónica. Del otro lado hubo un silencio largo, hasta que me dijo: "Te voy a visitar, pero no sé si hablo". Sentí, en ese momento, que había ganado una batalla, pero desconocía el final.
La primera entrevista fue larga, sin grabador y con mucho alcohol y mate, también es cierto, pero logré que hablara, que se refiriera a los Sapos, los "niños" de Somoza que les arrancaban los ojos con una cuchara a los prisioneros de guerra. Habló también de cómo se puede estar en la guerra, tomarse vacaciones y después volver a la guerra. Sobre esto le dije un día: "Si voy a la guerra y después me dan la oportunidad de las vacaciones no vuelvo más: sos un loco", le dije, provocándole una tierna sonrisa.
Luego vinieron más encuentros siempre a la tarde en mi casa, pero todas las veces registrando su voz. En uno de los temas que más nos detuvimos, no fue sobre el dilema de la vida y la muerte en medio de los cañonazos, sino a los olores de los países y de los pueblos. Los dos coincidimos que Nicaragua tiene un olor particular, que lo mismo pasa con México, con Rusia, con Uruguay y seguramente con otros. "¿Vos conocés algo más maravilloso que el olor a nuestra tierra húmeda antes de llover?", le dije en una tarde de cielo encapotado y 29 grados de temperatura. "Por eso volvimos, por ese olor", fue su respuesta, para de inmediato aclarar que "en la guerra no se vive todo el día a los tiros, porque también hay momentos sublimes como es disfrutar el olor del paisaje".
En pocos días construí un trabajo de miles de caracteres (muchos), elaborado sobre cuentos que Gastón me iba diciendo. Se lo di a corregir a él y a su hermana, Ivonne, mi amiga, con la condición de que no censurara partes sustanciales como cuando relata cómo llegó a Nicaragua. Nunca tocó nada, es cierto, pero siempre tuve la sensación de que no lo hacía porque ya en su versión original me había ocultado algún dato sustancial, de esos que se van con uno cuando llega la muerte. Es que Gastón conspiró siempre, a pesar de sus gestos de niño. Conspiró hasta el final, hasta con su propia salud.
El trabajo se lo entregué a Pedro Cribari, para que se lo mostrara a Manolo Flores Silva. Pasaron muchos meses, hasta que un día me llamó Pedro para decirme que lo iban a publicar. De inmediato me comuniqué con Gastón para darle la noticia y pasó lo que tenía que pasar: "¿Te parece?, mejor no publicarlo", fueron sus primeras palabras. No tuve otra que mentirle: "Gastón ese trabajo es ahora de Posdata y ya está en imprenta, no podemos echar para atrás". Otra vez el silencio, aunque en el fondo de su alma quería que se publicara y así se hizo.
Nunca supe si alguna vez tuvo ese número de Posdata en la mano y si lo tuvo no sé si lo llegó a leer. Ayer los pulmones de este instructor del Frente Sandinista y uno de los "pesados" del Partido Comunista, le dejaron de funcionar. Dicen que fue por el cigarro, lo que seguramente es verdad. Pero mucho más verdad es que Gastón se fue triste, misterioso como siempre con su bastón a cuesta, desconforme con algo pero sin decirlo. Es que Gastón no podía vivir sin la aventura de la utopía. Se fue un hombre armado de sueños y descifrador de olores, un amigo que conocí bastante, pero que pude conocer mucho más. Ayer se murió Gastón Ibarburu. *
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