PEDRO CRIBARI
Con el paso de los años estoy flojo y pensé que el mejor tributo a su vida, a su trayectoria, era escribir unos pensamientos sueltos, signados, claro está, por la inmediatez de su muerte que seguramente no permite el análisis más claro de lo que deja este pequeño gran hombre detrás de sí.
Opté por contar aunque más no sea en una aproximación a su vida y sus obras, lo que nos dio a los uruguayos la generación del Horacio Buscaglia, y él en persona.
Siempre se dice que basta con morir para que se hable bien de alguien. El lector juzgará si caí en esa máxima o aporté elementos ciertos que valen por sí más allá de las emociones del triste momento.
Buscaglia y su generación comenzaron con sus primeros pasos artísticos en la lejana década de los sesenta, conflictiva pero fermental. Los más entendidos podrán hacer una reseña cuidadosa de cada una de sus etapas, la del Kinto de las Musicasiones, la de Totem, la de sus inicios en el teatro independiente, la de sus visiones humorísticas en diarios de izquierda de aquella época.
Yo, en cambio, me referiré a un tramo de su vida profesional que fue el de la dictadura. Insisto en el concepto de generación, pero hoy siento que tengo que hablar del Corto, parte inseparable de esa pléyade de jóvenes artistas que regalaron a los uruguayos espacios grandes de libertad en lo peor de la censura irracional. Pienso en Canciones para no dormir la siesta, en Los que iban cantando, en Rumbo, en el inolvidable Choncho Lazaroff, en las obras del Circular, en Cinemateca, en el teatro de la Asociación Cristiana, en las jornadas culturales de AEBU, por nombrar algunos y olvidando a muchos con similares méritos.
Desafiaron la mentalidad represiva, la mediocridad de los censores y vivieron haciendo driblings para el disfrute de la gente. ¡Ellos sí resistieron a su manera! ¡Y cuánto aportaron al estado de ánimo de quienes vivíamos sometidos a los abusos cotidianos de la prepotencia policíaco-militar!
No es del caso evaluar en términos porcentuales la contribución de los artistas al No del 80, a los reveses dictatoriales del 82, al resurgimiento del espíritu de lucha abierto de trabajadores y estudiantes del 83, pero ¿alguien puede dudar de que en toda esa corriente de resistencia hubo un componente decisivo del mundo del arte?
Hay muchos Buscaglia para destacar, pero quise rendir homenaje a aquel muchachón siempre lo fue hasta al final por su espíritu incansable que sorprendía a los uruguayos y siempre lograba sortear a los censores con solvencia, ingenio, picardía y desfachatez.
Tuve el placer de compartir con él experiencias periodísticas desde 1984, con Cinco Días y con el placer de incluir una tira cómica en la tapa, todos los días, bajo la inspiración de Horacio y el mágico diseño de Pablito Escobar, con El Jeremías le tomábamos el pelo a los dictadores.
Recuerdo que cuando los dictadores clausuraron el diario de circulación nacional Cinco Días, primer diario en desafiar a los ya decadentes defensores de la mordaza (labor compartida con varios dignos semanarios y revistas), nos juntamos aquellos audaces "periodistas" en la oficina de Martín C. Martínez y Colonia a ver qué hacíamos. Cómo respondíamos al decreto de clausura y a la acción directa de bombardear las vidrieras de los únicos tres avisadores comerciales y tirar a matar a la casa de nuestro redactor responsable. Cuando aquella mañana de abril del 84 llegué al pequeño apartamento que hacía de redacción, había caras largas, obviamente con incertidumbre y temor por lo que podría aún suceder. Miré hacia un costado y allí lo vi, sonriente, jugando al truco como para decirnos a todos "no hay que acobardarse y seguir". Y así fue, tres meses después, en el último y definitivo invierno de la dictadura, aquel grupo de uruguayos comunes, editábamos otro diario, aún más exitoso, La Hora.
Por eso, cuando ayer me iba de Martinelli, conteniendo el llanto, y me cruzo con su compinche de los años juveniles, el inmenso Negro Rada, poco pudimos decirnos porque ante la muerte del Corto qué decir. Balbuceamos algo de Totem, de la mítica figura de Mateo, de los Fattoruso, de Galleti, de Useta, de Chichito Cabral, del fallecido Marquitos Gabay y otros, hasta que Rada, con esa sencillez de los grandes cortó por lo sano, y como Buscaglia cuando el cierre de Cinco Días, dijo: "No hay otra que meter pata duro y seguir adelante".
Y así será, querido Horacio Buscaglia. *
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