XOSE DE ENRIQUEZ
Por cierto que la gente se acercó en buen número al Teatro de Verano, tomando en cuenta la realidad de una noche de 2 de febrero, y un programa además, con tres conjuntos, de los cuales, una murga debutante y una revista. La atracción que genera el Concurso es un verdadero imán para el público carnavalero ávido de buenos espectáculos, aunque el saldo de esta etapa presente notorios desniveles.
Actuó a primera hora la murga debutante La Inquilina, integrada mayoritariamente por gente joven, sin experiencia además en el Carnaval oficial o mayor, como prefieren llamarle algunos; no siendo a priori esta constatación ningún elemento determinante como para decir que es bueno o malo. Es una realidad. El conjunto ha trabajado mucho, debió sortear la prueba de admisión y finalmente llega al Concurso con todo su potencial, y con una propuesta que descansa en la búsqueda de la identidad, tema tan amplio y rico como difícil de abordar. La doble lectura que uno puede llegar a realizar luego de presenciar el espectáculo es que la misma murga también está buscando de alguna manera su identidad, y en ese afán, con un coro bastante parejo, con buena musicalidad, y con mucho entusiasmo, el soporte textual de ese ambicioso andamiaje, el propio guión y los textos, resultan la principal limitación de la murga para alcanzar sus objetivos. A lo endeble de las letras, se suma la falta de personajes que en situaciones como esta, en las que el texto se agota, dan de sí otra variopinta gama de recursos para salvar el trance. La Inquilina seguirá seguramente trabajando mucho para recorrer el extenso trecho que aún la separa de la propuesta lograda y del hallazgo de la propia identidad murguera.
Hablando de temas amplios, ricos y de difícil abordaje, la revista Feelings definió como su temática central a partir de la cual construye el espectáculo, el espinoso asunto de la discriminación. En la Edad Media, como parte del ritual de adopción de un niño, el padre adoptante debía meter al niño acogido dentro de una manga muy holgada de una camisa de gran tamaño tejida al efecto, sacando al chiquillo por la cabeza o cuello de la prenda. Una vez recuperado el niño, el padre le daba un fuerte beso en la frente como prueba de su paternidad aceptada. La vara era una barra de madera o metal que servía para medir cualquier cosa y la alusión a las once varas es para exagerar la dimensión de la camisa que, si bien era grande, no podía medir tanto como once varas. La expresión meterse en camisa de once varas se aplica para advertir sobre la inconveniencia de complicarse innecesariamente la vida. El balance final desde nuestra percepción es que la revista Feelings hizo precisamente eso. Con un buen cuerpo de baile, buenos solistas, una orquesta muy ajustada constantemente en escena, y con actores consagrados dentro y fuera del ámbito carnavalero, Feelings encaró el desafío de la temática elegida logrando escasos pasajes de buen humor en los parlamentos, ciertos cuadros bien resueltos y algunas interpretaciones individuales de gran factura como las de la siempre sorprendente Jacqueline Mor.
Pero la idea general, es que en su gran mayoría, todo el elenco pudo haber rendido mucho más, puestos a hacer otra cosa; el "Salón de fiestas" de Feelings, apagó sus luces esperando infructuosamente el alegato puntual y preciso contra todas las discriminaciones y sin hallar el remate apropiado para propuesta tan enjundiosa. Seguramente, los responsables del conjunto deban estar analizando las inconveniencias de "meterse en camisas de once varas".
Cuando en un pasaje de la parodia de Jesucristo, precisamente en el cuadro de la "última cena", nos vino a la mente la burla sutil, fina y a la vez poética si se quiere, que realizara del mismo hecho el genial Luis Buñuel en la película Viridiana, comprendimos que el conjunto quinceañero de Horacio Rubino nos había introducido casi desde el comienzo en el fantástico e incomparable mundo del parodismo.
El parodismo de alto vuelo, el de todas las épocas, el que trasciende los distintos ciclos y la aparicióndesaparición de grandes conjuntos que marcaron hitos en la historia.
No es momento ni la ocasión propicia para adentrarnos en polémicas consideraciones acerca de los diferentes estilos de hacer parodismo, y menos en la polémica establecida tácitamente en los últimos años en relación a la supuesta desvirtuación de la categoría.
Momosapiens pisa muy fuerte en el Teatro de Verano, desde esa orgía de rojos en el saludo, pasando por una magnífica parodia de Charles Darwin -¡quién hubiera imaginado que el creador de la teoría de la evolución de las especies era "un viejo pelotudo"!, con un impagable "Nono" y con momentos parodiales tan disímiles como efectivos y bien logrados; tal es el caso de "Los Marinos Cantores", o el absurdo partido de ping pong.
La "panzada" de parodia continúa con Jesucristo, construido al metro por un irreverente Darwin Pirri, que nada tiene que ver con el Darwin de la parodia.
La puesta en escena de Roberto Romero resuelve con amplia solvencia cosas tan sencillas y elementales como entrar y salir de escena, algo que suele ocasionar más de un dolor de cabeza a los "puestistas" en la mayoría de las categorías.
Una despedida emotiva por demás, pone rápidamente a "los Momo" en la platea, para disfrutar el merecido aplauso de un público, del que seguimos creyendo que sabe cuando el parodismo es parodismo de verdad. *
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