¡Qué cosa rara los norteamericanos, ¿no?!
¡Qué estrambóticos vericuetos recorren sus principios éticos y morales!
Si un presidente llega al poder gracias a que en el Estado donde manda su hermano hubo notorias irregularidades con los votos... no pasa nada.
Si a un presidente se le comprueba que mintió para llevar al país a una guerra que la inmensa mayoría del mundo no aprobaba... no pasa nada.
Si un presidente lleva el presupuesto militar a cifras astronómicas, mientras los problemas de la salud, la vivienda y el desempleo crecen en el país... no pasa nada.
Si un presidente favorece a las empresas de su vicepresidente y a las de él mismo, en una inflada reconstrucción del país invadido... no pasa nada.
Si un presidente habla del coraje y el honor de combatir por la patria y se sabe que él eludió ese patriótico principio gracias a las influencias paternas... no pasa nada.
Si un presidente habla de la protección de la vida negándole fondos a todas las instituciones que no digan públicamente que están en contra del aborto, mientras invade un pequeño país, pobre y semidestruido, utilizando armas prohibidas por las muertes que producen en la población civil y especialmente en los niños... no pasa nada.
Si un presidente inventa una conspiración mundial de terroristas para cercenar las libertades públicas e individuales y mantener el miedo como instrumento fundamental de su gobierno... no pasa nada.
Si un presidente se arroga el derecho de que con su sola firma la CIA pueda asesinar a cualquiera fuera del territorio de los EEUU... no pasa nada.
Pero si a un presidente le succionan el pene o un candidato a la presidencia le fue infiel a su esposa, ¡ah, eso sí que no se perdona, eso sí que es inmoral e impropio de los norteamericanos!
Qué quieren que les diga: yo hubiera preferido que a nuestro presidente le hubieran succionado el pene en vez de que nos gobernara como nos gobernó.
Claro, uno no es yanqui, solo es un latinoamericano desubicado. *
16 de febrero de 2004
Comentarios (beta!)