Cuando veo aparecer en todas las esquinas a los vendedores de jazmines siento que algo cambió. Que empieza un ciclo.
¿De qué es el ciclo? No tengo idea, ni me importa. Es la primavera, el fin del año o que nos empezamos a sacar la pesada ropa de invierno y la gente se ve más vulnerable, más como uno. ¿Yo qué sé? Algo pasa, algo sucede. Está ahí, se huele en el aire.
Lo único que sé es que llegaron los jazmines.
Y mientras caminás por 18 te vas encontrando con el aroma profundo y blanco de los ramos que llevan hombres y mujeres. Algunos de ellos, tan machos, tratan de disimular la vergüencita que les da el andar con flores por la calle y los llevan como al descuido, con las hojas para abajo. Como quien lleva un martillo, un diario arrollado o cualquier cosa que no tenga aires femeninos.
Otros, trasladados por el aroma jazminero a vaya uno a saber qué espacio y qué tiempo, los llevan sobre sus pechos y avanzan derechitos, duritos ellos, como bastoneros de un desfile.
Uno se los imagina vestidos como en el 20, parados en una esquina esperando que llegue la hora de la cita. Y todos los que pasan aspiran hondo y les sonríen con pudor a los portadores de tan blanca magia.
Porque, pese a todo, llegaron los jazmines.
En las oficinas, aquel que cada vez que sale trae maníes, garrapiñada o caramelos, se aparece con dos ramos de jazmines que va pasando por las narices de todos los compañeros y compañeras que dejan sellos y expedientes y comienzan a hablar de las sensaciones que les produce su aroma, que en algunos alcanza cimas de gran sensualidad. "Me da ganas de comérmelos" dijo una amiga.
Y me entero que el jazmín proviene de Persia y no puedo evitar que me invadan imágenes de príncipes, princesas y hechiceros provenientes, seguramente, de lecturas adolescentes de la colección Robin Hood.
Leo los diarios y sé que nada cambió. Pero llegaron los jazmines. Hacete un tiempito para olerlos y dejate llevar. Te va a hacer bien. *
Setiembre 2004
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