La popular fiesta del tamboril, comenzó promediando las seis de la tarde, sin reinas ni preámbulos, sólo las doce comparsas que contenían el deseo de sus cuerdas frenéticas, luego de más de una semana de espera. Las agrupaciones lubolas participantes, recorrieron así en un marco bastante inusual, por la hora y lo exiguo del recorrido, las escasas cuadras que separan las calles Zelmar Michelini y Ejido. Fue una tarde diferente para esa tradicional zona montevideana, en donde se juntan, se abrazan o se miran de reojo los "rivales y hermanos" Sur y Palermo. Vecinos viviendo el agite desde tempranas horas, la gurisada andando de aquí para allá, y las agujas nerviosas de los relojes corriendo con desespero hacia las seis. El olor a tortas fritas se confundía con los efluvios de los carritos y así las calles pintorescas y habitualmente tranquilas iban tomando color. Un viejo vecino acomodaba su silla de madera algo desvencijada, pero que con toda seguridad no cambia por nada, acondicionando el mate y el termo bien cerca, para disponerse a registrar con su mirada escrutadora, el pasaje constante de la gente, con un movimiento que crecía a medida que la hora avanzaba. Detrás de él, hasta que el sonido de la fiesta lo envolvió todo, resonaba la voz del "varón del tango" Julio Sosa, desde un añejo long play; en la pared del corredor de la antigua casa, un banderín de Central mostraba con orgullo la historia centenaria del club palermitano. Se olía a barrio, y es que ese sábado pintaba otra historia. Así comenzaron, primero tímidamente, a retumbar los parches y a sacudirse las banderas y los símbolos, para ganar la calle y darle culminación a una historia que venía alargándose. La tardecita típica de febrero se fue confundiendo en la noche de la ciudad que entre mansa y cómplice se recostaba al río para no robarles protagonismo a las comparsas lubolas que se adueñaron nuevamente del barrio. *
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