JULIO GUILLOT (*)
Con un tercio de su población por debajo de la línea de pobreza y un cinco por ciento de indigentes, nuestro país se diferencia notoriamente de Argentina (40 por ciento de pobres), Colombia (casi 60), Honduras (arriba de 70) y otros muchos países. Por otro lado, el porcentaje promedio de indigentes (los que viven con menos de dos dólares diarios) para la región se ubica en 25 por ciento: una cuarta parte de la población de América Latina no alcanza a satisfacer sus necesidades mínimas, lo cual supone la peor desigualdad en el mundo.
El informe lleva por título "América Latina y el Caribe: reducción de la pobreza y crecimiento, círculos virtuosos y círculos viciosos"; y, además del análisis de la situación y de la evaluación sobre el comportamiento de los gobiernos, propone algunos lineamientos generales para abatir esos índices de pobreza que tanto preocupan al Banco Mundial.
Parece que "el comportamiento de la economía latinoamericana ha sido decepcionante, y la región se ha quedado atrás en comparación con las economías dinámicas de Asia", según opinión de la vicepresidenta del BM, Pamela Cox. La jerarca se lamenta por esta situación después de tres años de fuerte crecimiento bajo el impulso de las exportaciones de materias primas.
Otro jerarca del BM, el economista Guillermo Perry, consideró que "para trasladarnos de un círculo vicioso a uno virtuoso, debemos atacar la pobreza decididamente y en varios frentes, proceso que redunda en mayor crecimiento y a su vez, reduce la pobreza". Para tratar de convencer a los gobiernos, el señor Perry afirma que no sólo los pobres se beneficiarán con el combate a la pobreza, sino que, además, "es un buen negocio para el conjunto de la sociedad".
Bien, ¿y cómo atacar la pobreza? Oigamos los sabios consejos de esta institución financiera que por momentos parece una sociedad filantrópica: "enfocar el gasto público hacia quienes más lo necesitan". Han llegado a la conclusión que si bien el crecimiento es condición sine qua non para reducir los índices de pobreza, con eso no alcanza pues la propia pobreza impide llegar a niveles de expansión altos y sostenidos en América Latina. Este es el círculo vicioso; para salir de él y entrar en el virtuoso, es preciso "aumentar la recaudación impositiva a través de sistemas tributarios que reduzcan al mínimo los efectos negativos sobre la inversión".
Yo me permito sugerir al equipo económico una solución impositiva perfecta que no sólo hará aumentar la recaudación para las arcas custodiadas por el señor Z, sino que a mediano plazo tendrá como resultado la erradicación definitiva de la pobreza y la indigencia.
Ya que todos los economistas coinciden en que hay que cuidarse muy bien de gravar al capital y menos que menos a los inversores extranjeros, en lugar del famoso impuesto a la renta de las personas físicas, que tanto disgusto causa entre la gente bien, propongo el Tributo a la Pobreza que, como el lector advierte sin duda, no perjudica a los inversores (¡Dios los salve y proteja!).
No olvidemos que los impuestos pueden, además de perseguir el fin recaudador, estimular ciertas actividades y desestimular otras. En el caso, se me ocurre un buen impuesto a los pobres que grave con un dólar diario a todos aquellos que se hallan bajo la línea de pobreza. Si se calcula que son aproximadamente un millón 300 mil los uruguayos sumergidos, una sencilla operación aritmética permite concluir que las arcas del Estado se verán engrosadas por la bonita suma de un millón 300 mil dólares mensuales, lo que equivale a 15 millones 600 mil dólares anuales. Nada despreciable, ¿verdad? Con eso, el Panes se financia solo. Pero más allá de este incremento de la recaudación, el Tributo a la Pobreza (TP, de ahora en adelante) será un formidable impulso para que los indigentes dejen de serlo. Nadie ignora que con la perspectiva de verse liberados de esa pesada carga impositiva, los pobres harán todo lo posible para salir de ídem y se largarán con todo a buscar un trabajo mejor remunerado e incrementar así sus ingresos. Es una excelente forma de combatir la proverbial abulia, apatía, indolencia o simple haraganería de los uruguayos.
¿Se imagina cómo acudirán presurosos los capitalistas extranjeros a invertir en un país que no les cobra ni un peso de impuestos y que además no ofrece el desagradable espectáculo de gente mendigando?
Sigamos al pie de la letra las recomendaciones del BM, que se preocupa por nuestro crecimiento y por nuestros pobres. Tratemos de parecernos a los asiáticos, abramos las puertas a las inversiones, exportemos.
Y asistamos a los pobres con lo justo para que no se les ocurra rebelarse y poner en riesgo la integridad física y el patrimonio de los benditos inversores benefactores. *
(*) Periodista
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