Antonio Pippo
Entra el primero de la larguísima cola.
-¿Edad?
-Veinticinco.
-¿Tiene experiencia en esto?
-No. Recién terminé el curso.
-Lo siento. Que pase el que sigue.
Entra el segundo de la larguísima cola.
-¿Edad?
-Treinta y cinco.
-Lo siento.
-Pero mire que tengo mucha experiencia.
-Que pase el que sigue.
Esto me lo he imaginado yo, pero tamaño círculo vicioso o trampa paradojal- no se aleja demasiado de la realidad. El país necesita abatir su desempleo y es muy bueno que el Estado haya salido a renovar su personal, llamando a concursos y pasantías en diversos organismos. Lamentablemente se exige una preparación muy alta a los más jóvenes y se deja afuera a quienes, pese a tenerla, cargan con el pecado de ser mayores del límite de edad establecido.
Hay que buscarle la vuelta, a fin de que no se frustre una muy buena intención.
De ambos problemas, el de la edad parece más grave; el otro no lo es tanto porque cada vez hay más jóvenes mejor preparados. Pero como dijo hace poco la diputada Tourné, estamos cerrando la puerta a más de una generación esas que van, digamos, de los treinta y pico a los cincuenta- muy golpeadas por la crisis y constituidas por jefes y jefas de hogar aún con hijos a cargo y casi sin oportunidades laborales.
Quizás la solución no sea tan difícil: admitir esa realidad y fijar cupos, aunque sea menores, para quienes hoy rebotan en todas partes por culpa de la fecha de nacimiento estampada en su cédula.
Así, a la sociedad no le faltará balance, como le pasó a Carrasco. *
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