Antonio Pippo
A las negativas acumuladas hasta ahora, Argentina acaba de sumar otras dos: no reconoce los daños sufridos por la economía uruguaya a raíz del corte de los puentes del litoral y no acepta el monitoreo conjunto de Botnia y ENCE.
De pronto porque las cosas, en una mente vieja como la mía, ocurren de pronto si es que ocurren me dio por pensar en Paco Espínola y "Rodríguez", el último y antológico cuento que escribió. Los personajes son un gaucho y el diablo, que se le aparece una noche de luna.
Me gustó la idea de usarlo en el análisis de la cuestión de las papeleras, aunque, para explicar mejor la actitud de Chirolita y sus alcahuetes -y es capricho de columnista, lo reconozco-, haya que comparar a Uruguay con el diablo y a Argentina con el gaucho Rodríguez.
El diablo apela a todos los modos posibles de seducir a Rodríguez. Primero le ofrece la mujer de sus deseos; pero el gaucho, mirando hacia delante, no contesta, indiferente. Después le ofrece oro, cargos, poder; pero Rodríguez, ahora liando parsimoniosamente un cigarro, sigue sin darle bola. Finalmente, el diablo le pregunta a Rodríguez si duda, si desconfía, y le hace una serie impresionante de pruebas: cambia el color del caballo que monta, convierte uno de sus brazos en víbora, le da fuego al gaucho frotando la yema del índice con la del dedo gordo y, ya al borde de la desesperación, convierte su equino en un enorme bagre negro del que se agarra a los bigotes y al que, sofrenándolo, clava de cola. Entonces, Rodríguez lo mira fijo. El diablo le pregunta qué le pareció.
Y Rodríguez responde: -¿Eso? Mágica, eso.
He llegado a la conclusión de que, en esta relación compleja, ofrezca Uruguay lo que ofrezca, Argentina seguirá como el gaucho de Espínola hasta el final. Claro que no por inocente, sino todo lo contrario.
Ojalá me equivoque. Pero si ando bien rumbeado a Uruguay no le va a quedar más que despedirse como hizo el diablo de Rodríguez, luego de tamaño esfuerzo: -¡Te vas a la puta que te parió! *
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