Antonio Pippo
Poco ha avanzado tanto en los últimos tiempos como la cirugía. Un ejemplo para demostrarlo, entre tantos, es el transplante de cara.
Hoy es noticia la segunda operación exitosa de este tipo en el mundo: el beneficiado fue un chino, Li Guoxing, quien sucede a la francesa Isabelle Dinoire, la pionera. Guoxing, cuyo rostro había sido destrozado por un oso y debía usar una máscara, ahora "puede comer, beber y sonreír como una persona normal".
Empero, esta técnica, que por cierto cambia la vida de una persona, no es aceptada unánimemente en la comunidad científica. Hay quienes dicen que las consecuencias psicológicas podrían ser graves por el simple hecho de "mudar de imagen ante el espejo".
Qué curioso.
¿Acaso no hay consecuencias psicológicas graves, al mirarse al espejo, para aquellos que tenían una cara normal linda, fea, corriente, pero normal- y un accidente o un oso loco "se las mudó"? ¿Quién, habiéndole sido arrebatado lo común, lo que lo hacía socialmente aceptable y evitaba la discriminación, no desea "volver a ser", aunque lo sea de forma diferente? Con todo respeto, ¿no se habrá excitado entre estos científicos que dudan y advierten, esos sentimientos humanos tan naturales como la envidia, los celos, el deseo de la notoriedad a cualquier precio, aun al de disminuir gratuitamente al otro?
Quién sabe. Claro, puedo estar equivocado. La ciencia más allá de que si hablamos de psicología no hay exactitud posible- se maneja con información privilegiada, a la que uno, gente de la calle, le cuesta acceder y comprender.
Qué sé yo. Prefiero pensar que el tipo, cuando volvió a mirarse al espejo, se sorprendió pero también fue feliz.
Al fin, una impresión parecida a la que capturaba a Shelley cuando hacía lo mismo: veía a otro.
¡Y mirá si lo habrá afectado sicológicamente que terminó siendo uno de los más grandes poetas de la segunda generación británica, junto a Byron y a Keats!
Si esto se extiende, voy a pedir la bolada. Ya banqué bastante la cara que tengo. *
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