ANTONIO PIPPO
Hombre que ha despertado perplejidades, Chacho.
Uno no sabe si es por su curiosa trayectoria política o por su propia personalidad, que fluctúa entre lo perspicuo, el distraimiento y la compulsión de la fuga.
Si hablamos de política, ha cultivado la costumbre de apoyarse en lo que cada vez le pareció más seguro para, al poco tiempo, huir: en una época se recostó al peronismo, luego a unos independientes ingenuos con los que formó el Frepaso y más tarde, siguiendo un orden que poco tuvo de despiste, a Graciela Fernández Meijide, a Raúl Alfonsín y, finalmente, a Fernando de la Rúa. Si hablamos de su carácter, ha anadeado, siempre imprevistamente, entre el silencio de un exiliado y la sonora irrupción pública de un pretendiente a algún sillón vacío.
Ahora, justo cuando el presidente Vázquez informa a la oposición acerca de la estrategia para un acuerdo comercial con Estados Unidos, anunciando que hablará con Lula, presidente pro témpore del Mercosur, el sorprendente Chacho, titular de la Comisión Permanente del bloque regional, perpetra una advertencia inesperada y conmovedora: hay que ser muy cuidadoso de no involucrarse en estas negociaciones mientras se ignore qué tipo de tratado se está buscando.
Me recordó a Perfumo, aquel duro zaguero argentino, saliendo a cortar el juego con la plancha en ristre.
Sí. Es el mismo Chacho que guardó silencio mientras su país de origen le bloqueaba a Uruguay los puentes, violando todos los tratados y convenios vigentes para el Mercosur, además del derecho internacional; en ese tiempo hizo mutis por el foro con sublime frecuencia.
¿Otra vez, Chacho?
Bueno, podemos salir rápido de la perplejidad. ¿A quién puede haberse recostado ahora? Intuyo que a Kirchner, a quien sentirá como un hermano del alma.
Cuando Vázquez viajó a Buenos Aires a saludar el triunfo de la Alianza, que posaba de progresista, fue enseguida a abrazar cariñosamente al vicepresidente de los dientes excesivos: "¡Chacho...!".
¡Qué pastilla se comió Tabaré!
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