ANTONIO PIPPO
Tuve un sueño espantoso. Ocurría un diálogo entre Mujica y un periodista:
-¿Qué sapa, ministro?
-Hasta la hacienda baguala cae al jagüel en la seca...
-¿Ah, sí?
-Y el que nació pa'carnero desde chiquito es frentón...
-¡No me diga!
-Sí, y al que nació barrigón es al ñudo que lo fajen...
-Mire usted....
-Vaca que cambia e'querencia se atrasa en la parición...
-Bueno, gracias ministro.
-A la orden. La pucha que trae liciones el tiempo con sus mudanzas...
Este sueño tuvo una virtud. Me ha hecho imaginar adónde se podría llegar si Mujica no zafa de ese estilo criollo y zigzagueante que practica como si le fallara el disco duro de la memoria, y si los periodistas no le advierten lo que rompe los ojos (y los oídos): cuando ayer se dijo "el que se humilla no encuentra silla", hoy no se puede decir "el que no llora no mama". Es una contradicción.
Hace poco, el verboso y pintoresco ministro se jugó por venderle a Estados Unidos, a China, a Japón y a "todo aquel al que se le pueda vender". Pero ayer sugirió que "Uruguay tiene el complejo del petiso porque quiere negociar con Estados Unidos, con China y con la India y ¿qué les vamos a vender?". Y, no conforme, añadió: "Si nos llegan a decir que sí, nos desintegran". ¿En qué quedamos?
Un hombre común puede pararse en una esquina y declamar cada mañana un disparatado discurso diferente. Pero quien integra un gobierno, más allá de contenidos y estilos, es una persona pública y su mensaje cotidiano incide en la sociedad. Está obligado a ser claro y preciso. No debe confundir a la gente. No le está permitido convertirse en un acertijo, sobre todo cuando ha construido un camino de credibilidad que ha hecho a tanta gente depositarle su confianza.
"...porque el viejo, como el horno, por la boca se calienta". *
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