Miércoles, 13 de septiembre, 2006 - AÑO 10 - Nro.2309
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En Inglaterra, los primeros ministros tienen la insana tendencia a quedarse demasiado

Los líderes nunca caen solos

PABLO BEHRENS (*)


Siempre hay que empujarlos. La historia está empedrada de ellos. De todos los estilos y calibres, de todas las lenguas y culturas posibles.

Mao Tse Tung, Juan Domingo Perón, Benito Amilcare Mussolini, Augusto Pinochet Ugarte, Gregorio Conrado Alvarez, Artur da Costa e Silva, Joseph Vissarionovich Stalin.

Los que son más grandes, más duro caen. Los que mienten más, son los que más duran. Pero nadie aprende. Los libros de historia están llenos de líderes. En muchos casos, ellos mismos la escribieron.

Cada tanto, en las noticias, cae otro. El procedimiento es siempre el mismo. Un conjunto de hombres se arremolina a su alrededor, supuestamente para darle un espaldarazo aprobatorio. A último momento, en lugar de una palmada, alguien le hunde la primer puñalada, política o real.

El encanto se desvanece con la primer gota de sangre, como si se pensase que el líder era un semidiós indestructible. Ahí aprovechan todos, la señal es la caída del velo y el primer tambaleo. Uno tras otro clavan su puñal en el cuerpo que ya no sabe sostenerse. Las últimas palabras siempre son: "Che, brutos, párenla que me van a matar. OK renuncio."

Margaret Hilda Thatcher, Richard Milhaus Nixon, Jorge Pacheco Areco, Anthony Charles Blair, Carlos Andrés Pérez, Fernando Collor de Melo.

El que hoy está tambaleando otra vez es Tony Blair. Pero ya tambaleó varias veces y no cayó. Es, obviamente, el líder original. El que siempre parece sobrevivir el retorno del péndulo. El que siempre aparece con otro nuevo programa de acción política y "es importante no cambiar el líder en este período tan critico". A la falta de alternativas, la muchedumbre se dispersa y el titular se fortalece.

Algunos líderes son como Ringo Bonavena, aquel boxeador argentino peso pesado. Se recuesta contra las sogas y recibe una paliza pero no cae. Suena el gong del round, camina tambaleante con el rostro amoratado en sangre y vaselina, buscando su rincón. Escupe el protector bucal y le susurra al masajista que ya las escuchó todas: "Che, ¿viste que guantazo le metí? En el próximo lo mato." Ringo, eso fue en el primer round. Estamos ya en el último y si no te tirás ahora y cobrás lo que te prometieron, el muerto vas a ser vos.

Ringo Bonavena nunca aprendió. Murió con el disparo a quemarropa de un caño cortado que le abrió el pecho en un motel americano. Fue un ajuste de cuentas. Igual que con algunos líderes.

El poder de la personalidad del líder es considerable. A la suya propia se le suma la otorgada por la investidura. En una democracia, se precisan entre cuatrocientos y seiscientos legisladores, para contrarrestar el poder ejecutivo de una sola persona, el líder. Aunque por lo general, es el entorno pretoriano el que decide el día a día. El resto de la gente está ocupada trabajando. Alguien tiene que conducir camiones, limpiar una carie, enseñar alumnos, tomar el ómnibus. No se puede estar en todas.

Para el tiempo que nos damos cuenta, el líder está persiguiendo su propia agenda y no es posible el retorno. Estamos metidos hasta el cuello.

Emilio Garrastazú Médici, Rafael Leónidas Trujillo, Jorge Rafael Videla, Marcos Pérez Jiménez, Leopoldo Fortunato Galtieri, Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco y Bahamonde Salgado Pardo.

Cuanto más déspota sea el tirano, más lo protege su guardia. Cuanto más favorezca a los privilegiados y amigos, más apoyo obtiene. Cuanto más ignorante y bruto, más respeto.

El último que degolló a un rey inglés fue Oliverio Cromwell. Tan contentos habían quedado sus partidarios que lo quisieron poner a él como rey. "No muchachos, no. ¿No aprendieron nada?", les dijo el padre de la democracia inglesa a sus seguidores. Al final, muerto Cromwell, el pueblo inglés se buscó otro rey y esa seguidilla sigue hasta hoy. Doscientos cincuenta años más tarde.

Siempre es mas fácil mantener al que está, que elegir a uno nuevo. La maquinaria del Estado favorece al que está sentado en la silla. Sacarlo es casi imposible. En muchos países, sólo puede ser votado por dos mandatos. Es la única defensa de la democracia en contra del líder.

En Inglaterra no es así y entonces los primeros ministros tienen la insana tendencia a quedarse demasiado. Margaret Thatcher, fue varias veces elegida como "la mejor primer ministro de la posguerra". Pero llegado el momento del retiro forzado, ni las gracias le dieron y la sacaron de una patada. Sus propios partidarios oficiaron de verdugos.

Ahora le toca el turno a Tony Blair, el primer ministro laborista "de más éxito en la historia del partido". La semana pasada quedó un charco de sangre en las alfombras del número 10 de la calle Downing, donde alguien le metió la primer puñalada. ¿El sospechoso? Nada menos que Gordon Brown, su correligionario.

Al final, el líder es como el capitán vitalicio de una selección de fútbol. Termina digitando al técnico, a los atacantes, a los mediocampistas y a la defensa. El único irremplazable es él. Hasta que se pone un poco patadura y empieza a dar lástima. No queda otro remedio que renunciarlo. Este fue el caso de David Beckham, capitán de la oncena inglesa, de pésima performance en el mundial pasado. Dicen que ahora vende perfumes. Pero se hizo millonario. Igual que los líderes.

Si buscan uno líder verdadero, háganlo mejor entre los doctores, los humanistas y los científicos. Pero no lo llamen líder. No responde a ese nombre. *

(*) Corresponsal en Londres


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