Jueves, 09 de noviembre, 2006 - AÑO 10 - Nro.2366
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Remando

ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO (*)

Hablar de nuestros intereses marítimos es manejar un concepto abarcativo. Incluye lo fluvial, lo lacustre y los aspectos sociales, políticos, científicos y económicos. Las costas, los puertos, los canales, la Antártida, etcétera.

Veamos rápidamente:

El rey de España señalando hace siglos la bahía de Montevideo marcó sin quererlo el nacimiento de una patria.

La "manzana de la discordia" no se redujo nunca a la ciudad de Colonia. El conflicto interminable fue, además, por estos territorios ubicados en una esquina vital y por eso "peligrosa" del mundo.

Montevideo fue el más grande bastión marítimo del Imperio Español en el Atlántico Sur, una marca fronteriza entre imperios y una formidable guarnición militar. La puerta de un estuario que da entrada a una vastísima cuenca fluvial que se interna por miles de kilómetros en el continente.

Inglaterra quiso, a sangre y fuego, con altísimos costos, poseer esa llave y, cuando Artigas con su pueblo se alzó en armas, tuvo que fundar, además de un ejército, una Armada, y librar patentes de corso que hicieron flamear nuestra bandera en todos los mares.

La famosa carta a Bolívar es pidiéndole apoyo para eso.

La llamada Guerra Grande mostró por nuestros mares y ríos a las más poderosas flotas del mundo injiriéndose militarmente en nuestros asuntos, bloqueando estos puertos y abriendo a cañonazos la navegación del Paraná a pesar del heroísmo de Lucio Mansilla.

No muchos años después, una poderosa flota brasileña fondeó ante Paysandú para no dejar allí piedra sobre piedra: ello era necesario, imprescindible y previo a la Guerra del Paraguay.

Sin Uruguay, la Triple Alianza auspiciada por Inglaterra no hubiera podido invadir aquel país.

Montevideo fue nuevamente una gran base naval y un emporio logístico (bélico y comercial) de entrada y salida.

Entrando al siglo XX, su Primera Guerra Mundial, aparentemente tan lejana, libró en la zona la llamada Batalla de las Malvinas entre alemanes y británicos muriendo en ella quien pocos años después daría nombre a un acorazado alemán hundido frente a nuestras playas en la primera batalla naval de la II Guerra Mundial.

Pocos meses después, en jornada parlamentaria memorable, el senador Luis Alberto de Herrera interpela al ministro Guani denunciando e impidiendo la inminente instalación de una base aeronaval de los Estados Unidos en Laguna del Sauce.

Recientemente recibimos en la Comisión de Defensa del Senado la visita de integrantes de la Comisión de Defensa de la Cámara de los Lores. Uno de ellos, joven militar en actividad destacado por esos días en Afganistán...

Nos preguntaron para qué necesitaba tener FFAA el Uruguay.

Dijimos entre otras cosas, que para ser neutrales. Porque nadie en el mundo cree en países neutrales que no tengan la capacidad militar de serlo.

Y en segundo lugar porque estamos en un lugar peligroso del planeta según la Historia nos enseña, incluyendo en esas enseñanzas la tan reciente, cercana y conocida por ellos Guerra de las Malvinas.

Hace poco recibimos en nuestro despacho a un estadounidense de origen japonés. Su abuelo inmigrante estuvo preso en los EEUU durante una guerra, su padre fue traductor de Mcarthur en otra guerra y ahora él es profesor universitario, urbanista especializado en "clusters".

Estaba estudiando Montevideo con sus alumnos. Dijo que suponía que en Uruguay había o debía haber "clusters" vinculados a la industria de la carne y a la industria láctea pero que estaba seguro de que ya había de hecho uno que vio apenas llegó: el "cluster" portuario de Montevideo. En realidad: el que debía haber porque rompía los ojos.

Las instalaciones de ese puerto deberían, dijo señalando por la ventana los jardines del Palacio Legislativo, llegar por lo menos hasta acá.

Pero también dijo que en su vida había visto una cebra peatonal sobre la ancha avenida de acceso al puerto y menos a un peatón cruzándola tomando mate mientras los camiones esperaban...

Y mucho menos una autopista cortando por la mitad al puerto y separándolo del ferrocarril.

¿Cómo puede ser que estudiantes y profesores recién llegados desde una lejana universidad vean lo que nosotros miramos pero no vemos?

Sencillamente porque desde hace demasiados años le hemos dado la espalda al mar.

Hasta la Intendencia Municipal de Montevideo apoyó el Plan Fénix olvidando que Montevideo es en primerísimo lugar un puerto.

Nos lo recuerdan varios faros iluminando desde nuestra niñez las noches; uno de ellos lo llevamos en el Escudo Nacional.

Nos lo recuerdan los cada vez más numerosos y grandes barcos estacionados en el horizonte.

Pero no actuamos en consecuencia.

En enero tuvimos el honor de ser recibidos en Vigo por la Cooperativa de Armadores de Pesca.

Conocen nuestro puerto, sus canales, sus accesos, sus diques, sus muelles y depósitos mejor que quien habla. Nos dejaron una frase retumbando en el pecho:

"Os ha quedado chico el puerto": ¡lo dicen nuestros "clientes"!

Y por ahí andan ciertos inversores interesados en nuestra profundidad natural de 20 metros tan cercana a la costa en el este, y por ahí están nuestros canales en situación crítica, y Nueva Palmira expandiéndose, y los puentes internacionales cada poco bloqueados...

Como se ve, entrando al tema, apenas hemos salido del puerto y andado por algunos ríos: nos quedan todos los demás ríos y los lagos, la mar nuestra que pronto llegará como a setecientos quilómetros rumbo al horizonte. Toda la mar restante. Y la Antártida.

Por no hablar de otros litorales, observemos que nuestros balcones al mar son municipalmente hablando Montevideo, Canelones, Maldonado y Rocha. No hubo en ellos, tampoco hay aunque vamos a tratar que haya, políticas municipales referidas al mar salvo algunas de carácter turístico.

Desgraciadamente parece que el mar es apenas de uso veraniego y para bañarse.

Pensemos solamente, por poner un solo y modesto ejemplo, en los pescadores artesanales.

Le dimos la espalda al mar.

Destruimos la marina mercante de ultramar incluyendo la petrolera. La fluvial y la de cabotaje.

Los diques y astilleros languidecen o están muertos como la industria pesquera en tierra salvo honrosas excepciones.

La Armada no ha escapado de esos golpes.

Pero no se puede tapar el cielo mirando para otro lado. El cielo y la mar seguirán allí: imponentes.

Se trata de nuestro Departamento número veinte. El más grande. Tanto que pronto cubrirá más espacio en el planeta que los otros diecinueve juntos.

Nos une, como un camino, a la Antártida y al Atlántico Sur donde el futuro nos espera; a las costas de Africa que son nuestros países vecinos olvidados; a las de Brasil y de Argentina; al Estrecho de Magallanes y por él al Pacífico; al Pacífico también por nuestros puertos actuales y futuros con sus nervaduras carreteras, ferroviarias, aéreas y fluviales; nos mete corazón adentro del continente y, en fin, con nuestra flota pesquera y la segurísima mercante que el destino nos depara, nos une con todo el mundo.

Porque somos un país marítimo.

Es apremiante el mandato de la geografía, la historia y el futuro.

Andaremos por la vida con un remo al hombro...

Ahorramos detallar la interminable lista de tesoros que ese vasto espacio guarda para nosotros: animales, vegetales y minerales. Acuáticos, subacuáticos y subterráneos. Genéticos, científicos y culturales. Extractivos, industriales y de servicios...

Por los caminos del mar y desde el mismo mar; por los ríos y en los lagos y desde ellos, nos viene y vendrá la energía incluyendo la eólica y la de las olas.

Necesitamos una Política Marítima de Estado. Que traspase gobiernos y partidos. Que sea una empresa nacional.

Necesitamos un Ministerio Marítimo y, mientras tanto, un organismo que coordine y ejecute esas actividades.

Que una las fuerzas ya disponibles y desarrolle la potencial disponible haciéndola realidad.

Que incluya varias universidades marítimas y aunque siempre hemos criticado que haya tantos abogados, ahora abogamos porque los haya pero expertos en Derecho Marítimo Internacional (hay muy pocos).

Que vitalice nuestras flotas, sus diques y astilleros comenzando urgentemente por la petrolera y ahora también la gasera.

Que impulse y apoye la industria y los servicios vinculados.

Somos optimistas: hemos recorrido el país muchas veces realizando actividades grandes y chicas y podido ver, con sorpresa, en los rincones más perdidos y más alejados de la costa, entre la multitudinaria gente humilde, una muy extraña curiosidad sobre estos asuntos. Porque no dejaba de ser extravagante a primera vista hablar de estas cosas por ejemplo en Isla Mala o en Noblía. Duerme en nuestra gente un raro interés que despierta en ella una lluvia de preguntas.

Se ve que en el alma de este pueblo, a pesar de todo, hay una profunda añoranza del mar que le dio origen. Tenemos que cambiar el mapa mutilado: enseñarle a nuestros hijos y nietos y al mundo, el Uruguay completo. Que incluya la patria de agua.

Ahora que hay debate sobre educación bueno sería corregirlo. *

(*) Senador nacional


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