Viernes, 17 de noviembre, 2006 - AÑO 10 - Nro.2374
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Aggiornarse o morir

*La semana pasada en Inglaterra salió un artículo turístico sobre Uruguay, publicado en el suplemento semanal Traveller (Viajero) del importante periódico local The Independent.

La observación extranjera de la realidad o de la idiosincrasia uruguaya siempre es interesante ya que nos permite ver un punto de vista distinto del país, sin el filtro obligado del invitado amable.

Recuerdo las palabras de un político americano que decía "lo importante no es la opinión que tengas de ti mismo sino la opinión que otros tengan sobre ti". Veamos, entonces, una opinión sobre Uruguay.

El artículo es importante. En la tapa a todo color, el titular dice "Locura hermosa: los encantos distintos de Uruguay". Hasta aquí, todo bien. El artículo promete. La foto en la carátula son los "Dedos" de la Playa Brava.

Ni idea porqué se eligió esa escultura, pero obviamente que, en cierta medida, nos muestra como un pueblo que la historia enterró hace mucho tiempo y el alarido de "socorro" quedó ahogado bajo una tormenta de arena. Por lo menos quedamos como tratando de escapar del entierro. Pero sólo nos quedaron los dedos afuera.

Según el periodista, un tal Rory Ross, la primera impresión de nuestra capital es descolorida, como desmenuzándose, en decaimiento, descascarada, y que "recuerda a una ciudad soviética alrededor de 1965". Entremedio, sí, dice que nuestra capital es "frondosa". Bueno, todo bien entonces. Por lo menos frondosa.

La nota está escrita con doble sentido. En realidad, el autor parecería haber preferido ir a Miami o Rio de Janeiro, pero, pucha, terminó en Uruguay. El Sr. Ross es sin duda un tipo que sabe de adjetivos. No le faltó ninguno para definirnos.

El autor le echa una rápida mirada a nuestras "esmeraldas culturales", como el Mercado del Puerto y a la dilapidada arquitectura del Centro, sin mayores comentarios. Después dice que Montevideo tiene una hora más que Buenos Aires, pero que en todos los otros aspectos podría estar 50 años atrás, todavía soñando en las viejas glorias del pasado: los campeonatos mundiales y las exportaciones de carne.

¿Y qué tal nuestra gente? Parecería que somos un pueblo simpático, sin muchas luces. Según opiniones que cita de origen argentino somos "lentos, dubitativos, chapados a la antigua". El escritor de turno se queda muy poco tiempo en Montevideo y decide aceptar las recomendaciones argentinas y algunas uruguayas de que en Uruguay hay que enfilar en seguida para el este.

Allí se encuentra con un plétora de radicados argentinos de todos los tamaños y colores a tal punto de que, literalmente, la "uruguayidad" es una definición argentina. Allí está el magnate Blaquier, Punta y La Barra, el empresario bonaerense Mallmann, restaurateur diverso, y José Ignacio.

Sí, sí señoras y señores. Lo triste del asunto es que Mr. Rory Ross tiene razón. Este es el Uruguay que heredamos de nuestros antepasados recientes. Un Uruguay donde la cultura no existía. Un país donde se escribía, se pintaba, se actuaba y se creaba a escondidas, mientras que se reprimía a la luz del día y donde reinaba el miedo y la desconfianza. Un Uruguay definido no por sí mismo, sino por lo que otros decidían que éramos. Fueron demasiadas las décadas de inactividad, represión y parsimonia para que el mundo nos tenga en cuenta ahora. Lo que queda entonces, es un pueblo perdido en algún lugar del tiempo. Este es el Uruguay que el mundo conoce.

Es hora de definir exactamente quiénes somos. Es hora de mostrarle al mundo que somos capaces de cambiar la historia. Es hora de escribir otra historia. Uruguay: un país del arte, de gente pensante, de ideas, de modernismo, de acción. La opinión de otros cambia, cuando nos vemos y nos manifestamos distintos entre nosotros mismos.

Hay mucho por hacer. Hay que empezar en cualquier lado, en todos lados. No esperemos a que el Estado resuelva quiénes somos o qué debemos hacer. ¿Qué pasa con las fachadas?, ¿por qué están tan sucias? ¿Qué pasa que no hay malvones en todas las ventanas? No es sólo cuestión de plata, es cuestión de ganas.

Si vamos a competir con otros países del continente a ser retrógrados, ultra-conservadores, callados, entregados, vamos a perder. Porque no se puede ser más conservador que un peronista, ni más pinochetista que un chileno ni más militar que un general brasileño.

Tenemos que competir donde podamos ganar: en las ideas nuevas, en la zarpadura, la locura, la reconstrucción, la intelectualidad, la creación, la inteligencia. Ahí vamos a ganar. Estemos seguros. *


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