JULIO GUILLOT (*)
Confieso que desde abril de 1989, cuando el cuerpo electoral ratificó la Ley de Caducidad, mis esperanzas de que se hiciera justicia se habían reducido a su mínima expresión. Pero como la esperanza es lo último que se pierde, la ilusión de ver tras las rejas a alguno de aquellos siniestros personajes mantenía su llamita encendida.
Valió la pena esperar tantos años para tener la satisfacción de ver desmoronarse la impunidad, años en que el olvido no pudo derrotar a la memoria ni a la necesidad de justicia.
No me puedo olvidar del entonces presidente constitucional Juan María Bordaberry cuando en 1972 respondía a las denuncias de torturas formuladas por legisladores del Frente Amplio diciendo que no se podía hablar de malos tratos a los detenidos sino de "rigor en los interrogatorios".
No me puedo olvidar del canciller Juan Carlos Blanco cuando respondió a un funcionario internacional que también expresaba su preocupación por las torturas, preguntándole a su vez si él conocía otra manera de obtener información de los prisioneros de guerra.
No me puedo olvidar de que ambos actuales reos, procesados por la Justicia ordinaria con todas las garantías del debido proceso (garantías que no rigieron en absoluto para los presos políticos), son devotos católicos practicantes, y no puedo explicarme cómo hacen para conciliar la doctrina cristiana con sus acciones criminales. Me pregunto si para ellos el fin justifica los medios, y también me pregunto qué diferencia hay entre los fundamentalistas musulmanes tan denostados y estos fundamentalistas que no dudaron en declarar una guerra santa contra quienes osaron oponerse a la dictadura que ellos instauraron.
Me pregunto si los dichos del doctor Pedro Bordaberry en la patética conferencia de prensa convocada para lavar la imagen de su padre no merecerían como le ocurrió a Zaidensztat cuando criticó a Eguren una acción de oficio por desacato por ofensa; digo esto porque el ex ministro de Turismo sugirió nada menos que las decisiones del sistema judicial obedecen a la presión política que ejerce el gobierno. Si yo fuera juez, me sentiría ofendido.
Y ya que hablo de la conferencia de prensa, debo reconocer que me conmovió ver a toda esa gente linda abrumada por la cana del pater familias.
Después de oír a Pedro, uno se convence de la injusticia que se ha cometido con estos dos ciudadanos ejemplares. A tal punto, te juro, que estoy dispuesto a llevarles cigarrillos, yerba, dulce de leche y esas cosas que familiares y amigos suelen llevar a los presos... ah, y teniendo en cuenta su pertenencia a cierta congregación religiosa, también algún cilicio y látigos para darse la biaba. Así se aseguran el paraíso, ¿no? *
(*) Periodista
Comentarios (beta!)