Jueves, 23 de noviembre, 2006 - AÑO 10 - Nro.2380
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Equivocados

ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO (*)

En la columna anterior hicimos referencia a los aspectos técnicos, navales e intermodales de la revolución mundial en el transporte.

Hoy nos vamos a referir a otra cara de la misma moneda: la crisis energética y sus consecuencias.

Por un lado estamos presenciando el agotamiento paulatino y seguro de los petróleos livianos. Los de más fácil extracción y refinación y por ende, los más "baratos". Eso marca el fin de una "civilización" construida sobre un mar de hidrocarburos baratos.

Ahora la tendencia general, más allá de subas y bajas momentáneas, irá marcando aumento inexorable en el precio.

Ello desata muchos "demonios dormidos": impulsa el valor del gas natural hacia arriba desde que ese combustible va sustituyendo al otro (y genera problemas con Bolivia...); implanta viejas y nuevas tecnologías energéticas hasta ayer "poco rentables", y da impulso a una febril investigación en busca de mejorar las técnicas conocidas o inventar otras.

Promueve finalmente una "revolución" en los sistemas de transporte.

Porque hablar de consumo de energía es hablar de transporte.

Sobre dicha actividad impactan las consecuencias del aumento en los precios del barril de petróleo.

Por otra parte tan o más importante que la anterior: ha llegado al planeta la hora definitiva de la conciencia de sus límites.

En el supuesto caso de que hubiera petróleo "liviano" en cantidades infinitas y baratas, NO LO PODRIAMOS USAR.

Seis mil millones de habitantes creciendo hacia los nueve mil en poco tiempo, con países superpoblados como China e India (por citar los dos más habitados) en plena expansión, los países centrales despilfarrando energía como siempre pero cada vez en mayor cantidad, hacen absolutamente imposible pensar en hidrocarburos fósiles como principal fuente de energía bajo pena de colapso atmosférico y por ende vital.

Las energías alternativas y renovables, las matrices energéticas sustentables, no son una moda, ni solamente una respuesta al precio del petróleo sino que son la UNICA SALIDA POSIBLE.

No hay otro remedio. Todo el mundo lo sabe. En especial las principales potencias mundiales y las más grandes empresas petroleras. Son ellas las que vanguardizan hoy la investigación y el desarrollo de fuentes alternativas y sustentables.

Hay por lo tanto en este problema un "piso" (el precio del petróleo) y un "techo" (la contaminación atmosférica): en el medio de esa "morsa" que se cierra, está la humanidad. Ello también viene pegando duro en las presentes y futuras "matrices de transporte".

Pongamos algunos ejemplos: los enormes barcos gaseros que se vienen construyendo, transportan gas natural licuado (o sea: sometido a una presión que además de licuarlo reduce su volumen en seiscientas veces). Necesitan, por lo tanto, puertos de aguas profundas con plantas especializadas al cargar y al descargar. Y gasoductos...

Solamente eso ya está cambiando la fisonomía de puertos y barcos. Está creando, incluso, puertos nuevos. Pero también las ecuaciones económicas para, por ejemplo, producir energía eléctrica porque si en esos puertos de "recibo" hay además usinas generadoras, las consecuencias son obvias.

El barco es complementario y, a veces, más seguro que los largos gasoductos internacionales. En realidad son un gasoducto que camina.

Pero ahora, a velocidad tecnológica vertiginosa, se están "inventando" buques de esos, que no necesitan instalaciones especiales en tierra: el trabajo lo hacen "a bordo" tanto al salir como al llegar y, encima, consumen ese mismo gas para sus necesidades. Imaginemos lo que esto va a producir en el mundo.

Se nos viene encima, como una turbonada, la plantación (pronto unas cien mil hectáreas en los alrededores de Montevideo), desarrollo, destilación y uso de todo tipo de agrocombustibles: el biodiesel, los alcoholes carburantes, diversos tipos de gasógenos (en base a leña) y el aprovechamiento de otra larga gama de productos, subproductos y hasta desperdicios del agro, la industria y los vecinos, sin olvidarnos del hidrógeno ni tampoco del aire comprimido (por ejemplo en base a generadores eólicos).

Ello impacta, a su vez, sobre la matriz de transporte: habrá que plantar millones de hectáreas en la región para obtener la energía independiente, alternativa y sustentable que la humanidad necesita; trasladar esos productos vegetales, destilarlos y luego trasladar el producto puro a las refinerías petroleras para su mezclado.

Millones de toneladas deberán ser movidas desde el corazón agrícola de los continentes hacia esas refinerías, los centros de consumo (casi siempre litorales) y los puertos.

Los motores sufrirán sendas y profundas transformaciones: deberán poder funcionar con mezclas en distintos porcentajes, con agrocombustibles puros, con hidrógeno, con aire comprimido, con todo tipo de gases en las garrafas correspondientes. Ya lo estamos viendo.

Ese consumo irá creciendo y ya se han creado los mercados mundiales de exportación e importación.

Pongamos otro ejemplo: la flota de taxis de Buenos Aires hace años que funciona a gas. Los autos de Brasil, por ley, hace casi diecisiete que funcionan con mezcla de alcoholes vegetales en sus naftas (a pesar de que Brasil tiene petróleo)... ¿Cómo puede ser que hayamos demorado tanto en pasar nuestra flota nacional de taxis y remises a nafta habilitando de ese modo, además, que puedan funcionar a gas o con una mezcla de alcoholes y nafta? ¿Cómo puede ser que no hayamos determinado lo mismo para las flotas estatales y municipales salvo los vehículos de combate de las Fuerzas Armadas?

Encima: como tenemos distorsionado el parque automotor, nos sobra nafta que vendemos baratísima, ya refinada, en el mercado mundial.

La matriz de transporte requiere y va a producir ineludiblemente una revolución. Ya lo está haciendo en todo el mundo: se privilegia el ferrocarril, las vías fluviales y marítimas, los canales, el transporte colectivo y profesional por sobre el individual, la bicicleta y el uso de combustibles "limpios". En varios lugares de Europa se prohíbe el tránsito de camiones por las autopistas derivándolos obligatoriamente hacia terminales portuarias especializadas en subirlos a enormes barcos a su vez especializados en recibirlos y llevarlos por mar hacia las cercanías de su destino. Las razones son tres: una, el ahorro de combustible; otra, la menor contaminación del aire; y la tercera, que ya no cabe tanto camión en esas autopistas.

Por último: todas estas cosas deben producir una "revolución" en las matemáticas.

Tengo a la vista distintos estudios, gráficas y planillas que comparan pelo a pelo y par a par, los costos monetarios y la capacidad energética de un barril de petróleo con los de un biodiesel producido con girasol o con soja.

O con los costos del alcohol en base a remolacha, caña de azúcar o sorgo dulce y otro larguísimo etcétera.

Y así sucesivamente con otras fuentes de energía alternativa y sustentable.

Se mide ahí, micrométricamente, hasta el momento en el que dado un precio del barril de petróleo, en un instante como en un suspiro, es "rentable" dejar de importar barriles y empezar a sembrar semillas o plantar generadores a viento...

Lo digo con todo respeto: se equivocan.

Omiten calcular (da más trabajo pero se puede) la ganancia que se obtiene por la independencia conquistada en el suministro ante cualquier corte imaginable del mismo (como nos pasó en la II Guerra Mundial y, recientemente, con Argentina en el caso del gas).

No calculan el ahorro en contaminación que, después del Protocolo de Kyoto, calcula todo el mundo (y lo pagan al contado...). Por lo tanto no calculan el ahorro en salud ni los compromisos internacionales contraídos.

Tampoco calculan el ahorro en radicar gente en el campo, evitar las migraciones a las ciudades y al extranjero, generar fuentes de trabajo agrarias e industriales en el país, pagar la seguridad social y los demás impuestos y el consumo en los almacenes; No calculan la vida en las chacras, las escuelas y los pueblos abandonados. Tampoco la masa dineraria que se queda en el país y mes a mes, en vez de disiparse en dólares hacia el exterior, para felicidad de otros, queda circulando en el nuestro. No calculan el ahorro en Policía, INAU, Planes de Emergencia, Comedores Escolares, INDA, Cárceles... Y en víctimas.

No calculan el desgarramiento familiar de la emigración.

No calculan los avances en ciencia y en técnica; el trabajo para la juventud especializada en esas tecnologías de punta...

Calculando tan mal, todavía gana (hasta que llega a cifras prohibitivas) el cada vez más caro, escaso, inseguro, contaminante y extranjero barril de petróleo.

Con el agregado estratégico decisivo de que si no nos ponemos ya en marcha, aprovechando las posibilidades enormes y envidiables que el país tiene, volveremos después a ser compradores de tecnología ajena porque, a su tiempo, hicimos cálculos espantosos y por ellos perdimos el futuro. *

(*) Senador


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