JULIO GUILLOT *
El lunes 27 hubo una marcha de varones encabezada por el intendente Ehrlich y por otras connotadas figuras del quehacer nacional, como forma de que el sexo fuerte (bueno, perdón por el lugar común, pero es más breve que hablar de individuos pertenecientes al sexo masculino) reconociera públicamente el problema; que los hombres admitieran --¡por primera vez!-- que tienen algo que ver con la violencia contra las mujeres; que no es un asunto que ataña sólo a ellas en la medida que una víctima requiere de un victimario y que éste no puede pertenecer sino al sexo masculino.
No manejo porcentajes ni estadísticas pero calculo que son unos cuantos aquellos varones que usan la violencia --física o psicológica (y muchas veces ambas)-- contra su pareja, llámese ésta novia, amante, cónyuge o concubina, como medio de hacer prevalecer su punto de vista, defender sus intereses, imponer su criterio o "lavar el honor" supuestamente mancillado por alguna supuesta inconducta de su consorte.
Y aun aquellos cuyos códigos morales proscriben el uso de la violencia, aquellos más sensibles, más civilizados y dispuestos a suscribir pomposas declaraciones de equidad sexual, muchas veces se muestran indulgentes hacia el marido golpeador y consideran --en su fuero íntimo-- que "algo habrá hecho" ella que ofuscó a tal grado a su compañero para que éste reaccionara de ese modo violento... Creo que es el mismo mecanismo que lleva a atenuar la culpa del violador en razón de la posible actitud "provocativa" de la violada, que "también, con ese escote...".
Vamos a sincerarnos y reconozcamos que hemos sido educados en una sociedad con valores profundamente machistas, muchos de ellos plasmados en la legislación. Tengamos presente, además, que esos valores machistas que todavía perduran en la mentalidad media uruguaya son una pesada herencia, resultado de miles de años de hegemonía masculina y de desprecio hacia las féminas en los cánones culturales de Occidente. Entre los múltiples símbolos del poder que en Europa se usaron recurrentemente para significar autoridad (el águila rapaz, el león sanguinario, la espada y la cruz) es preciso destacar la insignia real por antonomasia: el cetro. Un objeto cuya morfología no deja dudas en cuanto a su origen fálico y que resume en sí la supremacía del macho y su capacidad de castigar; porque además de evocar un pene, el cetro es un objeto contundente que sugiere la capacidad de golpear y, por ende, de ejercer el poder.
Es un mensaje que nos llega desde el fondo de los tiempos: el poder se ejerce a golpes; la autoridad se manifiesta en la sumisión de los súbditos; la obediencia se logra mediante la violencia; el gobierno es ejercido por el más fuerte. Partiendo de tales premisas, fácil es comprender por qué las mujeres han sido relegadas y ninguneadas (y maltratadas si osan cuestionar los paradigmas): porque son, objetivamente, más débiles que los hombres. A diferencia de otras especies que no ofrecen esta característica, las hembras de la especie humana son más pequeñas de talla y no desarrollan la fuerza física de los machos. Por tanto, el varón que ejerce algún tipo de violencia contra una mujer en nada se diferencia de un milico torturador. Ambos comparten la misma cobardía de prevalerse de su superioridad física.
Creo que todas las sociedades --con diferencias de grado-- han sido y son machistas. Sin llegar a los extremos aberrantes de algunas culturas orientales, el Occidente cristiano ha recogido ciertas enseñanzas bíblicas que estigmatizan a la mujer como símbolo del pecado; incluso fue menester que un concilio decidiera, a fines de la Edad Media, que las mujeres tenían alma, algo que hasta entonces era motivo de controversia. Con tales antecedentes, nuestra sociedad --fuertemente influida por inmigrantes de las penínsulas mediterráneas-- no podía escapar a la regla. Los valores y los códigos presentes en una de nuestras manifestaciones culturales más emblemáticas (el tango) traducen esas ideas de manera más que diáfana. "De las mujeres mejor no hay que hablar", nos enseña Gardel desde el fonógrafo; "Todas, amigo, dan muy mal pago", sentencia con su voz de tenorino, luego de confesar que no entiende cómo --"al verla envilecida y a otros brazos entregada"--, no obstante estar ciego de celos, pudo contenerse y se abstuvo de matarla. No hizo como el otro, el que "la encontró en el bulín y en otros brazos", que perdonó al gavilán porque "el hombre no es culpable en estos casos" y que después, ya solo con la mina, "le fajó 34 puñaladas". Está también aquel que advierte a su compañera, muy valientemente: "te quiero como a mi madre, pero me sobra bravura pa' hacerte saltar pa' arriba cuando me entrés a fallar".
Claro que estos son casos extremos de adulterio, un atenuante que fácilmente deviene eximente capaz de lograr el sobreseimiento de un asesino. Pero hay otros prototipos tangueros que no necesitan un pretexto tal para hacer sentir su hombría; es el caso del "macho Aldo Saravia", que tenía por costumbre castigar a sus minas con la toalla mojada.
Por otro lado, un señor poeta como Cadícamo, aunque enemigo de la violencia, no vacila en afirmar que "las mujeres siempre son las que matan la ilusión". Y qué decir del intocable Discepolo, que atribuye a la condición femenina de la suerte su propensión a fallar: "Cuando la suerte, que es grela, fallando y fallando, te largue parao..."
Se me dirá, con razón, que los ejemplos traídos responden a una mentalidad propia de otros tiempos y de bajos estratos sociales. Desde luego que quienes pertenecemos a niveles socioculturales más elevados oímos esos tangos con una sonrisa benevolente por considerarlos truculentos y cursis, propios de los tiempos heroicos de compadritos, malevos, paicas y chinas cuarteleras. No obstante, a nadie escapa que sutilmente toda una ideología misógina se ha ido colando en nuestra mentalidad media y que ha sido absorbida acríticamente por muchos varones sin importar su condición social.
En definitiva, amigos y amigas lectores y lectoras (no sea cosa que me ligue un sermón de alguna feminista), exhorto a los varones a abandonar esa fea costumbre de pegar a las mujeres, salvo --claro está-- si ellas dan mérito a que uno las corrija, ¿no? Un suponer, que la patrona le cebe a uno un mate frío, algo intolerable para cualquier varón y que llevó al bueno del Viejo Vizcacha a matar a la suya de un palo. Creo que se le fue la mano porque con una buena soba alcanzaba, digo yo. *
(*) Periodista
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