Antonio Pippo
Declaro mi afición por la etología.
Releyendo a Lorenz descubrí cierto comportamiento llamativo del pato real. Cuando dos patos reales están en el agua y se encuentran, puede suceder que se eviten o que ambos beban. Si beben al unísono, esta acción, lejos de ser casual, tiene el sentido de un signo de paz.
Observando a la política vernácula, nadie podría ofenderse si se señala al menos a tres personalidades pasibles de comparación --con las disculpas del caso por semejante licencia-- con patos reales: el Presidente de la República, el presidente del directorio del Partido Nacional y el secretario general del Partido Colorado.
Pues bien, el pato real principal se encontró primero con el pato real blanco y ambos bebieron agua; luego se encontró con el pato real colorado y sucedió otro tanto. No es exagerado decir que el pato real principal provocó los encuentros y que, tras ellos, quedaron expuestos claros signos de paz.
Si se presta atención a la conducta inmediata de Julio María Sanguinetti, tampoco es exagerado decir que ha sido consecuente con esa primera señal: aunque se preocupó de marcar las notorias diferencias que lo separan del gobierno, lo hizo con un tono firme pero conciliador, dejando la puerta abierta a nuevas instancias.
En cambio, si se repara en lo que hizo Jorge Larrañaga pocos días después de su reunión con Vázquez, hay que convenir en que escupió rápidamente el agua que pudo haber bebido en señal pacificadora: su erizada retahíla de ataques al gobierno, estilo trinchera al pie de la cuchilla, es un signo absolutamente contrario a lo que el momento histórico, y la buena intención presidencial, sin duda requieren.
¿Cómo se puede seguir en la búsqueda de consensos si un día dos patos reales beben juntos y al otro, inopinadamente, uno de ellos arranca a picotazo limpio?
No es sencillo hacer oposición constructiva.
Pero, bueno, en una de esas todos nos confundimos y hay sólo dos patos reales. El otro es un pato cabrero. *
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