Antonio Pippo
Un reciente sermón me ha hecho reflexionar acerca de mi espíritu agnóstico y mi ética del postulado. Es una pena, pero han quedado en entredicho por la invasión de cierto anticlericalismo en mi pensamiento. Ahora siento aversión por los curas. Mejor dicho, por algunos.
A la cabeza ubico al párroco de Rodó, Silvano Sansón, quien, desde su púlpito de la bucólica parroquia San José Obrero, comparó con Menguele a los legisladores que aprobaron la ley de Voluntad Anticipada. Es la que permite a toda persona mayor de edad y psíquicamente apta, de forma consciente, voluntaria y libre, oponerse a procedimientos médicos que le prolonguen su vida con dolor, angustia o daño, siempre que se encuentre en el estado terminal de una enfermedad incurable.
Esos legisladores se basaron en una realidad: "...se ha ido afirmando el concepto del carácter autónomo y absoluto del ser humano, tanto en el orden religioso en eso se basa el principio de la libertad religiosa- como en el político, principio fundamental de la democracia. Es lógico que esto llevara a la formulación de lo que podemos denominar el principio de la libertad moral, que determina que todo individuo debe ser respetado por todos los que tienen posiciones morales distintas".
Sansón, usando un sofisma impregnado de perversión intelectual, dijo: "Es escalofriante que se pretenda determinar cuánto debe vivir la gente".
En nombre de una omnisciencia negó la evolución de ideas y conocimientos. ¿Acaso ha propuesto regresar a la Edad Media, cuando hombres influyentes, supuestamente santificados por su fe, en medio de una epidemia de peste aconsejaban reunirse en las iglesias a orar para librarse de ella?
Hasta un escolar sabe hoy, por suerte, las consecuencias de tamaña conducta.
Russell fue categórico y la historia no lo ha desmentido: "Capitalistas, militaristas y eclesiásticos cooperan en la educación porque todo su poder depende de que prevalezca la emotividad y la escasez de juicio crítico". *
Comentarios (beta!)