VICTORIA ALFARO
Los dinosaurios cazadores, como el saurornitholestes, el oviraptor y el dospletosaurus fueron a pesar de sus nombres los más rápidos animales que habitaron nuestro país y es posible que llegaran a desarrollar velocidades de hasta 60 kilómetros por hora. Estos datos están basados en un estudio científico realizado mediante un modelo físico matemático que se aplica para calcular la resistencia de los huesos y las velocidades mínimas y máximas de cualquier especie. El trabajo, cuyo autor principal es el especialista en biomecánica y físico Ernesto Blanco, en colaboración con el biólogo Washington Jones, podría denominarse "La carrera de los dinosaurios". Pronto en febrero o marzo será presentado a una revista científica de arbitraje internacional.
"Los más veloces, en una muestra de 30 individuos, pertenecen a los dinosaurios más modernos, de una tonelada de peso, aproximadamente, cuya altura era de dos metros o más sólo hasta la cadera", dice Blanco. "Es un tema muy interesante, porque se ha debatido mucho en torno a él. Hoy, sobre ciertos dinosaurios herbívoros como los saurópodos, de cuatro patas, tenemos pruebas preliminares de que eran muy lentos. Creemos que se defendían gracias a su gran tamaño. En otro trabajo planteamos, a partir de algunas huellas encontradas en Argentina, que su mecanismo de defensa consistía en pararse sobre sus patas traseras y dejar caer sobre su enemigo sus 80 mil kilos de peso aproximadamente", se explaya Blanco.
Por otra parte, el carnívoro terrestre más grande que haya existido era sudamericano, el gigantosaurus, cuya masa corporal es equivalente a 16 caballos de carrera (8 mil kilos). Sus dientes llegaban a medir 30 centímetros de longitud y su cabeza era más larga que el cuerpo de una persona.
Luego de la extinción de estos grandes animales surgieron otros depredadores, como el ave del terror. Este era parecido a los actuales ñandúes pero más robusto y con una cabeza muy similar a la de cualquier ave de rapiña de hoy en día, aunque con la capacidad de poder tragarse un perro de un solo bocado. Este cazador y carroñero dominó Sudamérica, y era el principal azote de los herbívoros hasta la llegada del diente de sable, un felino de largos colmillos algo más grande que un tigre actual.
Según estudios de estos científicos y del paleontólogo Richard Fariña, esta ave podría haber usado sus fuertes patas para golpear, quebrar los huesos de sus víctimas y acceder a la médula ósea, muy apetecida y rica en nutrientes. "Era parecido a un ave actual de Africa llamada serpentario o secretario, que caza mediante patadas", cuenta Blanco.
"Hasta el momento no había ningún trabajo científico que demostrara o no la posibilidad de que esto fuera así", explica el físico. "Pero mediante la aplicación del modelo para calcular la velocidad máxima de carrera de los animales a partir de sus huesos surgió la hipótesis". Los cálculos, realizados a través del estudio de los fósiles, indicaban que la velocidad que alcanzaban estos animales era de entre 60 y 100 kilómetros por hora, y se atribuía a su excepcional capacidad como corredores.
Pero el equipo de trabajo buscó otras explicaciones. "El cálculo se hacía a partir de la resistencia de los huesos, que era enorme. Se suponía que su actividad más fuerte era correr, pero podían existir otras posibilidades que explicaran esa característica de los huesos", reveló.
Debido a ello sugirieron que las aves del terror patearan, en lugar de correr a grandes velocidades, lo que explica la fortaleza de sus huesos. "Hicimos un cálculo más preciso que nos permitió ver qué fuerza puede soportar un hueso cuando se golpea. Y descubrimos que es, aproximadamente, la misma que ejercen los karatekas cuando rompen tablas. Pueden perfectamente quebrar un hueso", asegura el científico. De hecho, las aves del terror tenían la estatura y el peso de un hombre: 1,80 metros y 80 kilos. Este estudio se publicó en 2005 en la revista especializada británica Proceeding of the Royal Society, pero la investigación continúa.
"Hemos aplicado nuestro modelo en especies corredoras actuales como el emú, el avestruz y el ñandú, y los resultados son muy certeros", afirma el especialista.
El principal enemigo de esta ave era el armadillo acorazado. Ese mamífero, antepasado de las mulitas, tenía el cuerpo recubierto de fuertes y gruesas placas y tenía además una maza con puntas en el extremo de la cola, que constituía, probablemente, un mecanismo de defensa importante para sostener una verdadera lucha a patadas, contrarrestando la táctica de las aves del terror. "Competían en una carrera armamentista", indica Blanco. "Por ahora es sólo una idea", admite, "pero Jones y yo pensamos explorarla", asegura.
La "patada de kung-fu" es un tema debatido en la comunidad científica internacional, pero hasta ahora nadie ha podido excluirla como posibilidad. "En la paleontología nos basamos científicamente en la vida de los animales contemporáneos, aunque las certezas son muy difíciles", confiesa.
Esta ciencia ha crecido mucho en Uruguay y tiene una buena proyección internacional, gracias al trabajo de profesionales y aficionados que colaboran permitiendo el acceso a sus colecciones personales. "Una de las tibias del ave que estudiamos es de un coleccionista privado de San José, e incluso está catalogada como pieza del Museo Nacional de Historia Natural", cuenta el investigador. *
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