CARLOS BOUZAS (*)
En medio de duras discusiones, nos encontramos tres vertientes de militantes sindicales los que salían de la cárcel, los que volvíamos del exilio y los que se formaron dentro del país durante la dictadura, cada una de ellas reivindicando su protagonismo. El congreso no culminó. No, al menos como debe finalizar un congreso, dado que una parte sustancial de los delegados optó por retirarse del mismo. Todos comprendimos, a los pocos días, que las resoluciones que adoptó el congreso luego del retiro de la tercera parte de los delegados corrían peligro de atentar contra la unidad tan trabajosamente elaborada a lo largo de décadas. En resumen, estábamos en una dura encrucijada.
De ahí que surgiera en muchos de nosotros la necesidad de buscar un punto de encuentro que permitiera comenzar nuevamente a recorrer el camino de la unidad. Camino que, como todos sabemos, o aprendimos, es intrincado y no tiene fin.
La forma elegida para dicho rencuentro fue la de un homenaje de todos nosotros a Pepe D'Elía, dado que todos coincidíamos ya entonces, hace veintidós años que era un referente ineludible y un símbolo de las virtudes del movimiento sindical unitario de nuestro país.
El acontecimiento ocurrió una noche de diciembre de 1985, en la vieja sede de la calle Buenos Aires 344. Los compañeros me encomendaron leer el documento base de dicho encuentro. Estuve revisándolo estos primeros quince días en que no tenemos más a Pepe físicamente, porque me parece que él, reviviendo una experiencia dura, difícil, traumática, nos puede servir para la reflexión de todos y da razón a todo lo que hemos venido diciendo desde la muerte del querido amigo: él está presente en todos los grandes momentos del movimiento sindical uruguayo.
Una de las enseñanzas que me dejó mi exilio en España fue la oportunidad de aprender y comprender el mensaje humano, sensible, tierno y decidido del poeta Antonio Machado.
¿Y saben qué me pasa cada vez que lo leo? Se me presenta el pensamiento del poeta con la figura de Pepe D'Elía.
Puede ser que sea un fenómeno caprichoso y casual. Puede ser que sea absolutamente personal. Pero, ¿no comparten ustedes conmigo que por las venas de Pepe corren gotas de sangre jacobina, aunque su discurso brota de un manantial sereno?
¿No es cierto que Pepe, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, es en el buen sentido de la palabra bueno?
Yo escucho la voz cálida, grave, bien timbrada del presidente del Pit-Cnt confesarnos a cada uno de nosotros al oído: "Converso con el hombre que siempre va conmigo. Quien habla solo espera hablar a Dios un día. Mi soliloquio es plática con ese buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía".
En todo eso hay macerados lecturas, estudios, experiencias, luchas, cárcel, proscripciones, una gran paciencia y una dedicación con mucho amor a la construcción de la herramienta unitaria de los trabajadores organizados sindicalmente.
Por eso es importante que Pepe guión Machado nos aconseje que hay que saber distinguir las voces de los ecos, y escuchar solamente, de entre las voces, una.
Y sí. Es importante saber que cuando grito frente a la montaña, ella me devuelve el eco de mi voz. Y fíjense qué error cometería yo si creyese que ese eco es otra voz que repite lo que digo, ergo, que está totalmente de acuerdo conmigo, que me comprende, que me apoya, que me impulsa a seguir adelante en el camino elegido, descontando que cuento con una base de apoyo social, cuando en realidad no es tal, sino que es simplemente el eco de mi propia voz.
Qué importante es saber hacer la distinción para todos aquellos que somos militantes del movimiento sindical, de este movimiento sindical que ha batallado al frente de todo nuestro pueblo en la conquista de la democracia. Este movimiento sindical que cuando gritó repetidamente frente a la montaña, dejó pasar siempre sin desmayar una y otra vez el eco, y actuó, y convocó cuando vio claramente que de la montaña también venían voces.
Y de todas las voces, escuchar solamente una. Esto también se torna difícil en determinadas circunstancias.
Durante la dictadura no vivíamos en esas determinadas circunstancias. La confusión popular era tal que, parecía, existían dos voces. Por un lado, ensordecedora como un trueno, la que nos sermoneaba y amenazaba desde las cadenas de radio y televisión a continuación de la marcha militar, la que insuflaba proclamas en los actos patrióticos en que se inauguraban monumentos, la que hacía coro de plañideras desde la prensa oficial, para santificar la historia oficial. Y por otro, la nuestra, la del cuchicheo, la del chamullo, la del periódico clandestino, la de la asamblea no permitida, la del cumpleaños "subversivo", la que fue creciendo desde el pie según canta Zitarrosa, la que habló muda el 30 de noviembre de 1980 rechazando la reforma constitucional que pretendió institucionalizar la dictadura, la que lanzó su primer grito multitudinario, patriótico, desafiante, en el primero de mayo de 1983.
En esas circunstancias resultaba relativamente fácil distinguir qué voz debíamos escuchar. Yo diría que en esas circunstancias el consejo de Pepe guión Machado podría aparecer demasiado obvio y hasta innecesario.
Pero ahora las circunstancias son otras. Las voces son muchas, aunque nosotros, los que estamos hoy aquí, sepamos que en definitiva siguen siendo las mismas dos. Nuestro problema es que esa misma certidumbre debe existir dentro de las fábricas, los talleres, los establecimientos agropecuarios, los hospitales, las escuelas, las oficinas. Esa misma certidumbre debe llegar a la cola de la Caja de Jubilaciones y al despacho del pequeño productor ahogado por las deudas.
Ahora existen voces que denigran a la dictadura, que nos informan que nadie como ellos la enfrentó hasta derrotarla (incluso desde el desempeño de cargos de confianza de la propia dictadura, o escribiendo editoriales que la ensalzaban pero que ahora parece que no) y que nos advierten, a los asalariados, que no debemos tirar mucho de la cuerdita porque está finita y se puede romper: que nos atacan porque no desarrollamos la democracia sindical a su gusto, o, por lo menos, como ellos la entienden, aunque nunca hayan pertenecido a un sindicato; que nos culpan por ser muy blandos (o muy duros, según) con las patronales y con el gobierno, que nos aconsejan buenamente que no hagamos papelones levantando el arcaísmo de la lucha de clases, que eso ya no se usa en Europa, que esta demodé, que ahora lo que se lleva es invitar a los presidentes de las patronales mas poderosas para hablar en los congresos sindicales, en la búsqueda de un pacto social, o de un capitalismo con rostro humano (el último hallazgo en materia de consigna y que muy pronto transformarán en yingle); que, finalmente, al llegar a la conclusión de que no atendemos ni sus advertencias, ni sus ataques, ni sus consejos, proponen con sabiduría, con tesón, con reiteración en coro a diez voces, la reglamentación de la actividad sindical para garantizar el ejercicio de la democracia, para evitar las huelgas salvajes y los paros perlados, para asegurar los servicios esenciales y para poner un poco de orden ¿por qué no? ya que aquí hay mucho relajo. Yo diría, como en el cuento de Caperucita, para mirarte mejor, para oírte mejor, para acariciarte mejor, pero, fundamentalmente, para comerte mejor. Y es en estas circunstancias cuando se hace necesario escuchar una sola voz de entre todas. Imperiosamente necesario para que esa sola voz llegue nítidamente a cada lugar de trabajo.
Ayudar a ver cómo, en nombre de la paz social, nos declaran la guerra, provocando un conflicto tras otro. Cómo, en nombre del bienestar social y progreso de la nación, recortan los salarios. Cómo, para disminuir el déficit fiscal, se sigue postergando a los jubilados y se amenaza con veto presidencial a las iniciativas de mayores recursos para la salud y educación. Cómo, invocando el principio de autoridad y los servicios esenciales, priorizan el sagrado derecho de la propiedad privada. Cómo, en nombre de la libertad de información, hincan su saña en la crisis que sufrimos durante el desarrollo del tercer congreso del Pit-Cnt, para tratar de demostrarnos que somos diferentes, que no podemos seguir caminando juntos, que tenemos, incluso, distintas concepciones del mundo.
Todos estos peligros, estos cantos de sirenas, estamos sorteándolos con inteligencia, con espíritu unitario y fraternal, entre todos los que hoy estamos aquí. Digamos, entre los que fuimos protagonistas e impulsores de la mayoría de las acciones desarrolladas por el movimiento sindical uruguayo.
Nuestro mejor aporte, hoy, al fortalecimiento de este movimiento al que pertenecemos consiste, a nuestro juicio, en que esa capacidad que disponemos nosotros para distinguir la voz que sirve entre todas las que se expresan, ayudemos a que sea patrimonio de un pueblo. Como lo hicimos durante la dictadura, aunque sabiendo ahora quizás por estar cerca del carnaval que los disfraces de algunos pueden confundir a otros. Pepe estuvo en todas y cada una de esas acciones. Organizándolas, impulsándolas, o apoyándolas, según las circunstancias. Y en esta encrucijada, encabeza la búsqueda de la necesaria solución.
Veintidós años y un mes después de aquella noche de rencuentro, Pepe murió. En el ínterin, siguió batallando siempre por la unidad de los trabajadores y el pueblo.
Y al igual que el poeta, cuando le llegó el día del último viaje y debió partir en la nave que nunca ha de tornar lo encontramos a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar. *
(*) Ex dirigente de Aebu, Pit-Cnt y actual presidente de Pluna.
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