ANTONIO PIPPO
Voy a insistir con un dato que ya usé: sólo hay dos especies en guerra, la hormiga cosechadora y el hombre.
Ambas tienen en común la institución de la propiedad.
Si las hormigas almacenan grandes cantidades de alimentos, desde un hormiguero vecino las invaden. El hombre, que posee un lenguaje y un sistema de símbolos, imagina sus guerras, para las que se prepara con el fin de defender lo propio o de poseer lo ajeno.
La propiedad es omnipresente en esta dialéctica perversa.
Sorprende que legisladores del MPP hayan propuesto la instrucción militar obligatoria. ¿Son los mismos que han dicho que la propiedad limita la libertad? ¿Acaso la idea de una agresión exterior les ha persuadido de que hay guerras santas y que la propiedad no interviene en ellas ni condiciona nuestros actos?
Quiero decirlo con más sencillez, pues a veces me enredo en reflexiones que confunden al lector: en cualquier hipótesis analizable, la instrucción militar obligatoria es un disparate.
La guerra humana no es instintiva. Es un fenómeno socialmente condicionado y se puede librarse de él. En el siglo XX se dijo que una nación era una sociedad con medios para hacer la guerra. Semejante definición, apegada al nacionalismo más absurdo otro jinete del Apocalipsis para los viejos luchadores autóctonos, ha causado, junto al desarreglo moral de locos con poder, grandes desgracias universales.
No se trata de militares sí o no; se trata de depender de fuerzas armadas profesionales y confiar en la diplomacia, la persuasión y la exhortación moral.
Quien quiera instrucción militar, la pedirá. Los demás, aun en guerra, tendremos responsabilidades que no implicarán el uso de armas y que cada uno llevará hasta dónde le den las gónadas.
La preparación para la guerra siempre ha conducido a la guerra: "Hay que desviar la atención que la política da al insoluble problema del poder para fijarla en los solubles y aún más urgentes problemas de las necesidades humanas".
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