ANTONIO PIPPO
La "Epopeya de Guilgamesh" es la más famosa de las leyendas babilónicas. Su héroe, rey de Uruk, personifica el fracaso de un empeño que parecía destinado al éxito.
Guilgamesh nos es presentado con el trazo de la contradicción. Hijo de una diosa y de un mortal, construye grandes obras pero gobierna de modo autocrático. Se empeña en hazañas y sorprendentes conquistas, hasta que un hecho dramático le hace concentrarse en un único objetivo: escapar a la suerte de los hombres, ser inmortal. Su viaje en esa búsqueda, durante la cual enfrenta distintos desafíos, abunda en pruebas de tipo iniciático.
Pero el rey fracasa. Casi al final de su odisea, una serpiente, mientras él se baña en un río, le roba la planta de la juventud que había hallado. La leyenda concluye diciendo que Guilgamesh careció de sabiduría.
Este relato semítico tan antiguo --que debo haber aprendido de mi amigo Pedro Abuchalja, la enciclopedia viviente-- volvió a mi memoria en medio de un extraño sueño: yo veía a unos hombres maduros, algunos con abdómenes colgantes, corriendo cual llorosos niños detrás de una chapa blanca en la que, con letras oscuras, se leía: "Patente única".
Supuse que mi mente había sido influida por recientes versiones acerca del enésimo desentendimiento de los distinguidos intendentes de este noble país. A fin de cuentas, y al borde de la locura como ando ¿quién podría culparme de recordar a Guilgamesh?
Y recordé algo más. Hace unos seis meses, dos jefes comunales, Julio Pintos de Paysandú y Gerardo Amaral de Treinta y Tres, se enojaron conmigo. En una columna titulada "Paradójicos", comenté entonces, con fallido humor, que todos los intendentes, no sólo ellos, han sido históricamente incapaces de salvar el acuerdo tantas veces prometido de una patente nacional. Su enojo fue al pedo. Lo que pasa hoy lo demuestra.
Como Guilgamesh, no han sido sabios.
Aunque a diferencia del monarca de Uruk, tienen la oportunidad de volver a intentarlo.
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