Esbozando una sonrisa de propaganda de dentífrico con más o menos ciento catorce dientes brillosos el hombre suspiró y dijo, apelando a cierta pachorra y a un gesto amistoso capaz de provocar escalofríos a Mefistófeles: "Queremos trabajar codo a codo con los países de América Latina, incluido Uruguay, para solucionar los problemas de justicia social y de pobreza".
Enseguida, como si se quitara con un escarbadientes el resto de langostinos que le quedó en uno de sus relucientes incisivos, hizo un brevísimo gesto, de esos que pueden significar cualquier cosa. Y se heló el aire.
Era don Nicholas Burns, subsecretario para Asuntos Políticos de la administración Bush, conversando amablemente con el presidente Vázquez.
Enseguida, alguien pidió subir la calefacción habrá sentido el clásico vientito en la nuca y fue entonces cuando otro hombre, parecido al Marlon Brando de "El padrino", aunque con la boca menos torcida y sin tantos mofletes, recitó, casi silbando: "Vamos a avanzar a una velocidad que sea cómoda para Uruguay".
Era don Thomas Shannon, secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental de la misma tenebrosa administración.
Yo digo, después de esto, ¿qué? ¿Hacerse el boludo? ¿Pedir ayuda a uno que pasa por la vereda de enfrente? ¿Llamar a Lula por el teléfono rojo?
No, no, calma. Que no cunda el pánico. ¡Si acá todo el mundo se quedó de lo más pancho! Por algo la Presidencia de la República comunicó que "fue un paso de singular importancia en el proceso de afirmación de los lazos comerciales entre los dos países y en la ampliación de las expresiones concretas de dichos vínculos".
Está bien, puede ser. Total, todo cambia tanto. Pero..., qué sé yo.
¿No convendrá, de todos modos, avisarle al Presidente que hay viejos lobos que pierden el pelo pero no las mañas, y que les calza de maravillas disfrazarse de simpáticas abuelitas?
Dejémoslo así. Tabaré no tiene mucha pinta de Caperucita Roja que se diga.
Comentarios (beta!)