CARLOS JULIO PEREYRA (*)
He seguido con interés algunos artículos periodísticos sobre política portuaria publicados recientemente, porque coinciden con preocupaciones que expuse reiteradas veces en mi extensa vida de parlamentario. En general, los artículos se han referido a la necesidad de organizar la navegación en el Río de la Plata, su conexión entre los grandes ríos que forman su cuenca y el Océano Atlántico. Todo como consecuencia de las dificultades que empieza a tener el puerto de Montevideo, debido a la insuficiente profundidad de sus accesos, el poco espacio territorial adyacente y otros aspectos que limitan su capacidad de producción.
En alguno de esos artículos se lanza la idea de construir una isla artificial para la carga y descarga de barcos. Sin entrar a discutir la factibilidad de la idea del técnico que la ha lanzado, nosotros que no lo somos, pero que algo hemos estudiado del tema, queremos desarrollar -una vez más- la del puerto de aguas profundas largamente reclamado a lo largo de un siglo.
La navegación en el Río de la Plata será cada vez más difícil, por su poca profundidad, por el creciente tráfico por canales que se aterran y exigen frecuentes y costosos dragados y por las conocidas carencias de los tradicionales puertos de ambas márgenes. Las deficiencias del Puerto de Buenos Aires, que pretende regir la vida portuaria de la región, lo han hecho prolongar el Canal del Indio por más de 200 kilómetros hasta aguas jurisdiccionales uruguayas. Un estudioso argentino, el señor Justiniano Allende Pose, dice que "es evidente que el estuario se va cerrando y si no se toman las medidas y precauciones en plazo más o menos breve, Buenos Aires quedará sin puerto. Hoy ni Buenos Aires ni Montevideo podrán ser el puerto de entrada y salida de todo el Cono sur del continente, pero sí lo puede ser un gran puerto oceánico donde se concentren las tareas de exportaciones e importaciones de toda la zona. La recepción y distribución de las mercaderías se haría en barcos de menor calado o utilizando vías terrestres. Es lo que han hecho desde muchos años los grandes puertos como los de Rotterdam o Hamburgo, en beneficio de toda la Europa Occidental y Central.
También lo ha intentado Brasil con sus puertos de Río Grande o Sepetiba, pero rápidamente se han visto desbordados por la gran demanda que exige el extenso territorio de aquel país y el consiguiente inmenso volumen del comercio marítimo.
Al respecto un geopolítico brasileño conocido por algunas apreciaciones sobre el Uruguay y su soberanía, el general Couto e Silva dice: "Río Grande no es superpuerto, tiene dificultades.
Tuve que apoyar su construcción y el corredor de exportación porque Uruguay se quedaba atrasado en su proyecto de un puerto de aguas profundas en la zona de Rocha". Quiere decir que los brasileños encuentran que Uruguay se ha atrasado en lo que sería su gran conquista: un puerto oceánico para la región. Como Uruguay no lo ha hecho pretendieron hacerlo ellos en Río Grande.
Si el puerto de aguas profundas es vital para el sur de América, y ni Argentina ni Brasil lo tienen, el privilegio de la costa altántica de Rocha y parte de la de Maldonado es de un valor inmenso, pero sólo Uruguay parece no tenerlo en cuenta. Tiene una ubicación formidable por la proximidad de la isóbata que marca grandes profundidades y que pasa próxima a la costa atlántica citada.
Recientemente ha aparecido un libro sobre el departamento de Rocha del señor Juan Antonio Varese, quien comenta todos estos intentos de cien años atrás por abrir un puerto oceánico.
Dice este autor, después de citar referencias al tema, que "mirando en forma retrospectiva no podemos menos que experimentar cierta nostalgia y el sabor un poco amargo que deja la ilusión no cumplida. Muy distinto hubiera sido el mapa económico del Este uruguayo si la región hubiera contado con un puerto que centralizara las exportaciones de todo el Cono Sur. ¡Muy distinta, seguramente, hubiera sido la suerte de ese extremo Este del país!".
Entre los marinos que han estudiado el tema, cabe destacar al capitán de navío Carlos R. Camps, quien hizo un estudio muy importante sobre el tema, aunque no ubicaba el puerto en La Paloma, sino en la Laguna de Rocha.
Sobre las ventajas del puerto de aguas profundas se han pronunciado reiteradamente políticos, geopolíticos y marinos.
Entre los políticos partidarios de esta idea figuran los principales dirigentes de todos los partidos, desde mediados del siglo XIX a nuestros días. Entre los actuales, últimamente cabe citar a los diputados por Rocha blancos y colorados, además de los senadores frenteamplistas Fernández Huidobro y José Korzeniak y de quien esto escribe. Todos estos expositores no han encontrado oposición, por lo que se puede considerar que es compartido por todo el espectro político nacional.
Con tanta opinión a favor, cabe preguntarse -con los debidos respetos al autor de la nota citada- ¿por qué construir un territorio artificial para el gran puerto, cuando hay 300 kilómetros de costa firme apta, esperando la obra desde hace más de un siglo?
¿Por qué seguir centralizando en torno a Montevideo una actividad tan importante, cuando tanta necesidad existe de descentralizar, no sólo el gobierno? *
(*) Ex candidato a la Presidencia de la República y ex senador; orientador del Movimiento Nacional de Rocha.
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