ANTONIO PIPPO
Muchos uruguayos tienen una propensión al talante dogmático. Discursean como si hubiesen recibido revelaciones divinas, precisas, concluyentes, incontestables, no importa el asunto considerado. Puede ser la política, la religión, el aborto, el fútbol o el sexo de los ángeles.
¿Cómo se le dice a alguien, sin ofenderlo, que ha expresado una idea o una opinión dogmáticas? Mire, señor, me permito comentarle que, en mi modestísimo entender, y sin pretensión de faltarle el respeto, ¡por favor!, quizás usted no haya advertido que ha sido un poco, digamos, dogmático.
¡Andá a la puta que te parió!
Difícilmente responda ¿le parece?. Es lo mismo que intentar decirle que ha cometido una tontería o una estupidez. Uno no quiere calificar a ningún compatriota de tonto ni de estúpido, como si describiese su estado natural; tal vez sí explicarle que ha incurrido, aunque sea de refilón, en alguna de esas patologías del comportamiento. Pero no creo que reaccione de modo constructivo.
Con la tontería o la estupidez pasa algo curioso, en realidad paradójico. Aunque ocurren a diario y tienen toda la pinta de inmortales, se perciben ajenas, nunca se asumen propias.
Con el dogmatismo es igual.
Si se multiplica, como ahora con esa mezcla un poco dislocada que se ha hecho de la reforma tributaria, los precios y la inflación, para sacar conclusiones apresuradas, ora benevolentes, ora apocalípticas, se crea una esquizofrenia social que obtura la filosofía del análisis lógico y la razón. Y es mucho peor, especialmente embrolloso, si entre los dogmáticos que ayudan a esa mezcla hay quienes tienen poder y representación que les han sido conferidos por la ciudadanía.
Lo sugerí antes y lo repito. Son tiempos de paciencia y de reflexión, lo que no significa impedir a nadie la búsqueda de soluciones o la exposición de propuestas.
Eso sí, ruego por el cabrito cocinado en la leche de su madre que nos amparemos, ya mismo, en el agnosticismo y el postulado. *
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