Miércoles, 08 de agosto, 2007 - AÑO 11 - Nro.2633
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Política internacional

ALBERTO COURIEL (*)

La semana pasada mostrábamos nuestra preocupación por la reunión del 12 de julio de 2007 en Montevideo de los ministros de Hacienda y Economía de Uruguay, Chile, Perú, México y Estados Unidos, a la cual Colombia no pudo concurrir, Argentina y Brasil no aceptaron la invitación y no fueron invitados Venezuela, Bolivia y Ecuador. Las inquietudes derivaban de la acción de EEUU por generar una alianza vía Pacífico con los países que concretaron tratados de libre comercio con dicho país, como Chile, Perú, Colombia y México. Alianza que se inicia en el plano comercial, que tiene antecedentes con los países andinos por el tema de las drogas y el narcotráfico y que, en el caso de México, se vincula a las fuentes de petróleo, a contener el proceso de migraciones y aprovechar la mano de obra barata para los emprendimientos de maquila. Esta puede ser parte de la estrategia estadounidense que utiliza a Montevideo y al Ministerio de Economía y Finanzas de Uruguay para sus objetivos. Pero éstos no son los objetivos de la política internacional de Uruguay, no es la inserción económica internacional que requiere nuestro país ni la política del Mercosur ni de la Unión Sudamericana de Naciones. La estrategia de EEUU no coincide con la del Mercosur, por lo que cabe la interrogante ¿qué papel cumplía Uruguay en dicha reunión encabezada por el secretario del Tesoro de EEUU?

La situación regional ha sufrido cambios sustantivos en los últimos años, con nuevos gobiernos progresistas en América del Sur. En un mundo de globalización, transnacionalización y hegemonía de EEUU surgen dos potencias emergentes con grandes potencialidades económicas como China e India. Ambas crecen a tasas muy elevadas y tienen alta responsabilidad en los muy elevados precios internacionales de las materias primas y alimentos, que benefician nítidamente a estos gobiernos progresistas. Hay quienes sostienen que el ciclo de auge de estos precios internacionales puede ser relativamente largo, lo que le permitiría a los países de la región mantener fuertes ritmos de crecimiento económico.

¿Hacia dónde caminan estos países progresistas, cuáles son sus rumbos, sus estrategias, sus modelos económicos y sus formas de inserción internacional? Algunos de estos países se acercan al discurso ideológico de Cuba socialista, como surge de declaraciones de los presidentes de Venezuela, Ecuador y Bolivia. Pero no hay paradigma socialista ni tampoco un modelo cubano de exportación. En los sesenta, en el plano económico, el socialismo transitaba basado en el pasaje del mercado a la planificación y de la propiedad privada a la propiedad estatal. Pero estos principios ya no están vigentes por varias razones, como el fracaso de la URSS, la necesidad de combinar las lógicas del Estado y del mercado y porque falta mucho camino a recorrer ­teórico y práctico­ para definir nuevas formas de propiedad en un mundo de fuerte presencia de grandes empresas trasnacionales y de gran velocidad de cambios tecnológicos, inclusive en los procesos de gestión. Es innegable la ayuda de Cuba en el campo de la salud y de la educación, pero el actual ALBA es un bloque muy limitado y sin grandes horizontes. Es difícil prever modelos y estrategias socialistas. En el caso de Venezuela, como dice Fernando Henrique Cardoso, a Chávez lo van a juzgar no por sus dichos sino por su capacidad de atender y resolver los grandes problemas económicos y sociales de su pueblo. Bolivia hace grandes esfuerzos por defender y valorizar sus recursos naturales, por mejorar las condiciones de vida de su mayoritaria población indígena, siempre postergada. Ecuador busca nuevas instituciones políticas para avanzar hacia nuevos procesos. Tres países con líderes carismáticos que no necesariamente surgen de los partidos políticos. Más bien son consecuencia de los vacíos políticos que dejaron las crisis de los partidos en dichos países.

Los gobiernos de Chile, Argentina, Uruguay y Brasil no hablan de socialismo. Buscan su identidad dentro del régimen capitalista y en notas anteriores analizamos algunas carencias y desafíos para atender adecuadamente los reclamos democráticos de sus ciudadanos para lograr sus derechos civiles, políticos y sociales.

La estrategia de estos países progresistas no es similar a la de EEUU. Inclusive en Chile se discutió abiertamente sobre alianzas con países del Pacífico ligados a EEUU. Los países progresistas de América del Sur buscan mecanismos de unidad para construir y para negociar en mejores condiciones con el resto del mundo y, en especial, con los países desarrollados. Un país pequeño como Uruguay no puede quedar aislado en este mundo internacional. Por ello se considera estratégica su alianza en el Mercosur y en la Comunidad Sudamericana de Naciones. Pero se requiere un Mercosur no sólo comercial sino más político, más social, con elementos culturales que permitan avances emocionales para consolidar una conciencia regional, una conciencia mercosuriana. Y ésta es una tarea central de los sistemas educativos y de los medios de comunicación de masas. Las potencialidades de avanzar hacia procesos de integración sudamericana son enormes tanto en el plano de la energía ­dadas las enormes fuentes de Venezuela y Bolivia­ como de infraestructura, investigación científica y tecnológica, e inclusive de carácter financiero, aprovechando los altos precios internacionales de nuestros productos de exportación. Se vuelve imprescindible revitalizar las universidades de la región, por ejemplo, con posgrados en ciencias sociales, con capacidad de competir con las universidades norteamericanas, de manera de que vuelvan a surgir los Prebisch y los Furtado que ayuden a encontrar nuevas opciones, nuevas alternativas a los modelos vigentes a la luz de las especificidades de cada uno de nuestros países.

Unidad para construir con estrategias nacionales que puedan avanzar hacia estrategias regionales, pero también para negociar en mejores condiciones y con mayor poder de negociación con el mundo desarrollado. Pero para ello se requieren alianzas según objetivos específicos. Enfrentar los subsidios agrícolas y la protección paraarancelaria del mundo desarrollado a través del G20, liderado por Brasil, donde se ubica América Latina junto con China, India y Sudáfrica. Alianzas con otras potencias, por ejemplo con la Unión Europea, para negociar con EEUU e intentar regular los movimientos de capitales especulativos.

Para Uruguay es vital que el destino de sus exportaciones tenga la mayor diversificación posible, incluyendo a todos los centros mundiales. Pero aun es más relevante la diversificación de origen, el mayor valor agregado a sus recursos naturales y sobre todo rubros de mayor contenido tecnológico. Para estos últimos es central la integración regional, la complementariedad productiva y la posibilidad de ser proveedor de grandes empresas de la región.

Singapur decidió especializarse en alta medicina, como antes Japón, China y Corea del Sur tomaron decisiones políticas para insertarse en el mundo internacional sobre la base de rubros de alta tecnología. ¿Por qué no ocurre esto en los países progresistas de la región? ¿Por qué no aprovechamos esta excepcional coyuntura de altos precios internacionales de nuestros recursos naturales para avanzar en rubros de mayor contenido tecnológico? Los tratados de libre comercio con EEUU no lo permiten porque están basados en ventajas comparativas estáticas, para que sigamos exportando recursos naturales y mano de obra barata. La mayoría de los ministros de Economía y Hacienda, incluido el de Uruguay, con gran poder dentro del gobierno, centran sus políticas en el logro de estabilización y una buena relación con los mercados financieros internacionales, con políticas fiscales que aseguren el pago de los servicios de la deuda en moneda extranjera. Con ello se fijan las bases sustantivas para que el mercado y el sector privado sean los factores determinantes del crecimiento y de su contenido, inclusive de la inserción económica internacional. Por lo tanto, para esta concepción no hacen falta lineamientos estratégicos ni conformación de la estructura productiva para la competitividad y el empleo, ni políticas activas para alcanzar ambos objetivos. Tal vez esta estrategia coincida y sea funcional para tratados de libre comercio bilaterales y, por lo tanto, con la reunión en Montevideo del secretario del Tesoro estadounidense y los ministros de Chile, Perú, México y Uruguay. *

(*) Senador nacional. Economista


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