Jueves, 09 de agosto, 2007 - AÑO 9 - Nro.2634
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Códigos rotos

ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO (*)


Era impecable. Cuando entré al Banco (de "meritorio") con diecisiete años y a tan sólo nueve de Maracaná, mi jefe era (y sigue siendo) impecable: No había reproche por dónde poder "entrarle". La ropa, en especial aquella impoluta camisa blanca, la combinación de colores, el ras intolerante y pormenorizado de su perfecta afeitada diaria, el perfume emanado de su cuerpo y su ropa, la evidencia de un recién bañado con tenacidad digna de mejor causa, sus manos perfectas y aquellas uñas tan visibles cuando esgrimían la imponente Parker propia de los grandes, haciendo juego indiscutible con tamaña joya que a su vez lo hacía con el carísimo reloj de fama, los gemelos de turno y el anillo, ambos de unos evidentes dieciocho quilates... Los zapatos Gallarate hechos a medida, renovados cada día y lustrados hasta poder mirarse en ellos mejor que en un espejo; hasta la suelas estaban, como pude comprobar asustado varias veces, cuidadosamente lustradas.

¡Y el pañuelo!: que asomaba por el bolsillo superior izquierdo de su traje como una flor cambiante cada tarde, artística, perfumada, hermosa, al tono milimétrico y calculado.

El chaleco del consuetudinario "terno" que podíamos disfrutar como un espectáculo cuando se sacaba el "saco" después de las cinco de la tarde de cada día de la semana; y los "tiradores" envidiables que recién hoy están de moda pero que él, elegante medio siglo antes, propiamente dicho "elegante", nos impuso contra la corriente en boga por aquél lejano tiempo de formidable triunfo blanco luego de un siglo colorado: un dechado de distinción.

Si así eran su cuerpo humanamente material y la ropa que lo cubría, huelga reseñar aquí la eficiencia de su trabajo como bancario. Sueño uruguayo por ese entonces: llegar a serlo. Gran negocio para las "Academias" que proliferaron por el país aun en los barrios más inhóspitos y postergados.

Mi jefe era un modelo viviente de la utopía: el Banco era el centro solar de sus desvelos. Como quien dice (seamos clementes con la Historia): un Hombre Nuevo.

¡Que nadie ría!: cuando llegué, el "auxiliar" a cuyo cargo quedé, un joven catalán de izquierda exiliado con su familia, me preguntó si era consciente del enorme privilegio que había conquistado.

­ ¿Te imaginás ­ me dijo ­ cuando el sábado vayas al baile, saques a bailar a una piba que te pregunte: - ¿Trabajás? ­ Y vos entonces, en medio del paso doble "Islas Canarias", como si tal cosa, la mates con un: "soy bancario"?

¡Te lo imaginás! ­ reiteraba enérgicamente el catalán...

Comprenderán, queridos lectores, que salvo los primeros días en los que hube de llenar el ojo, después fui, como es público y notorio, absolutamente todo lo contrario (lo confieso como parte de la autocrítica que tanto me han pedido), al ejemplo de mi jefe con el que, por ende, comenzamos a tener una riquísima relación intransferible, de admiración, confidencia, intercambio, cariño y monumentales peleas. Relación sadomasoquista dirán los psicólogos: por "bancarnos" tanto mutuamente.

En lo que me es personal, y pronto, lo reconozco, le descubrí a mi jefe sus principales berretines reales. No era difícil: se trata de un ser transparente.

En realidad él, tanto como yo, no quería ser bancario. Pero lo disimulaba mejor. Creo hasta hoy que en realidad nació para ser piloto de avión grande. De pasajeros... Con algún grave accidente incluso.

Imagínense ustedes qué le puede pasar a un tipo de esos obligado a ser bancario... Una cruelísima tortura.

Sufría por lo tanto, bajo su ropa, una implacable "dipepsia neurovegetativa" (así nos lo informaba durante largas horas con miles de detalles que hasta hoy recuerdo). No puedo mentir: me está leyendo.

Todo lo que comía le "hacía mal" (no era para menos).

- Yo quiero ser como el Gordo Vega ­ me decía. - ¿Y cómo es? ­ le preguntaba.

- Me gustaría no darle pelota a nada y vivir también en Belvedere. Salir del Banco, tomarme el ómnibus, llegar al barrio, ir a casa, darme un baño, ponerme las alpargatas bigotudas y después ir al boliche...

En esos momentos entraba en trance creativo que no debía interrumpirse, sino estimularse: - ¿Qué boliche?

Uno ­ inventaba ­ que hay en Belvedere y se llama "La Flor de Belvedere"... Se DEBE llamar así, repetía. - ¡Lógico! ­ le confirmábamos calurosamente.

-Tiene cancha de bochas el boliche ­ continuaba mi jefe ­. Y el Gordo juega siempre con las "lisas".

- ¿No digas? ­ preguntábamos

- Sí: con las lisas ­ aseguraba. - ¿Y? ­ apremiábamos.

- Le hace una seña al mozo que, mientras juegan, trae tres platos: uno con queso duro cortadito en dados, otro con longaniza colorada cortadita en bisel y otro con flor de vaso de vino tinto del de ahí; de por Belvedere.

Mientras arrima, come y chupa todo eso y no le hace mal. ¡Quién pudiera ser así!

Otro día, años después, dijo:

- Estuve pensando y quisiera ser como vos.

- ¿Y cómo soy yo? ­ le pregunté (por esos tiempos sabía que militaba en La Teja y había estado preso por lo del "Tiro Suizo").

- Y ­ reflexionaba ­ me gustaría ser un "célula" como vos, salir del Banco, irme a La Teja sin darle pelota a nada, estar en la Liga de Fútbol de ahí, y el domingo sentarme en la culata del camión de la barraca, comiendo "tanjarina" con las patas colgando.

No se debía interrumpir tamaña creación artística: - ¿Y qué harías? ­ preguntábamos.

- A la gente de la vereda, le gritaría: ¡El Dryco y los cojemos!

Lo del Dryco poco importa: mi jefe tenía una imaginación portentosa totalmente desperdiciada. Mutilado por el mundo en que vivimos.

Pero cuando como jefe rezongaba demasiado (siempre con razón), yo lo agredía.

Una tarde, el Banco lleno de inquilinos (éramos la Sección Administración de Propiedades), luego de recibir una gran "relajada", extraje del archivo metálico redondo y circulatorio, todas las fichas de cartón referidas a la letra "M" que, como cualquier bancario de aquellos tiempos sabía, es, para el idioma castellano, la que contiene más apellidos por lejos: Moreira, Martínez, Morales, etcétera...

Con ese "mazo" entre las manos, me senté frente al jefe en su escritorio.

- ¿Qué hacés? ­ preguntó ingenuamente.

- Esta es la letra "M" del Archivo de Inquilinos ­ fue todo lo que dije antes de comenzar a barajarla, como si fueran naipes, ante sus ojos crecientemente atónitos sin poder creer lo que estaban viendo.

- ¡¡Qué hiciste!! ­ llegó a exclamar sobre el final...

- Cortá - le dije, poniendo ante sus manos el "mazo".

Atendimos el mostrador "de memoria" e hicimos un montón de horas extra para ordenar la "M" a mano.

Mi jefe nunca dijo nada hasta cuando salí de la cárcel y nos besamos veinte años después.

Barajarle la "M" de cualquier archivo a un bancario en los comienzos de la década de los sesenta era romperle los códigos. Ese mundo se derrumbaba.

Poco después, esas hermosas personas que consagraron su vida a ciertos desconocidos dueños de bancos que a la postre resultaron ser ladrones de la peor estofa imaginable, sufrieron gravísimas represiones bajo el pachecato, protagonizaron las mejores huelgas de que Uruguay tenga memoria, defendieron las libertades, las recuperaron, pero mientras tanto, rodaron de Banco en Banco saqueado y fundido, hasta jubilarse y hoy, veteranas y veteranos, gritan en silencio ante el inmenso contrasentido de lo inexplicable; contra la desolación de una estafa vital y una inmensa injusticia... ¡Como tantos!

Hace poco, un tan viejo, herido, apaleado y destartalado militante, me enseñó que barajar la "M", ese invento juvenil extemporáneo, fue "romperle a alguien los códigos".

- En aquel caso a tu jefe. ¿Qué podía hacer ante eso?

Es como si mañana, una ilustre y bella dama, de visita en tu casa, de pronto defeca en el comedor, se limpia con el mantel, y sigue conversando y comiendo como si nada... ¿Qué hacés?

Porque hasta si te quejás, resultarías lastimosamente patético.

Pues bien estimadas y estimados lectores: me acaban de barajar la "M". ¡Qué increíble! *

(*) Senador nacional. Escritor


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