GELSI AUSSERBAUER
Natalia es una mujer convencional. Más bien menuda. Si me la encontrara por la calle, no me llamaría la atención. Por la mañana tiene un empleo absolutamente trivial, pero el sueldo no le alcanza para vivir con comodidad. Por eso en las noches tiene otro trabajo, ése sí más llamativo. Natalia se dedica a complacer las fantasías de hombres y mujeres que pagan por escuchar su voz, o la de cualquier otra mujer anónima, detrás de una línea telefónica. Sabe que es una tarea no demasiado frecuente, y también sabe que, para gran parte de la gente, su rutina cotidiana tiene un poco de doble vida.
Natalia (éste no es su verdadero nombre, pero prefiere mantener el anonimato) tiene horarios a contracorriente del resto del mundo. Duerme de tarde, y un par de horas en la madrugada, después de que termina de atender los teléfonos, durante seis horas. Aun así, dice que no puede abandonar su trabajo en la línea erótica, porque sólo con su otro empleo llega muy justa a fin de mes. Los alquileres han subido, y Natalia vive sola. En cierta medida, ya se ha acostumbrado. Pero lo que hoy es rutina tuvo un proceso.
--¿Cómo conseguiste este trabajo?
--Hace un año que estoy. Salió el aviso en el diario y me dio curiosidad. Me anoté sin pensar que iba a quedar. Y me llamaron. No era mucha plata, pero me servía y lo agarré. Gano 3.500 pesos, pero trabajo cómoda, y lamentablemente hay que hacerlo.
--¿Sabías de qué se trataba?
--Sí, tenía idea más o menos de cómo era. Hay chats telefónicos donde los tipos lo único que te piden es eso, así que tenía idea.
En mi currículum puse que no tenía experiencia pero que me daba el rostro. No necesitan pruebas. Ellos se dan cuenta de si vos mantenés los clientes o no. Cuando pasan los minutos, no te tienen que cortar.
--¿Cómo fue el primer día?
--Con mucha vergüenza, pero tuve la suerte de estar con una compañera con la que después hicimos amistad. Ella tenía experiencia en otro trabajo igual. Era más canchera que yo.
--¿Qué busca la gente que llama? ¿Todos quieren lo mismo?
--No. Llaman mujeres que tienen la fantasía de estar con una mujer; eso es más actual. La mayoría son hombres. Uno se imagina que la fantasía del hombre es estar en una fiesta con un montón de mujeres, pero no: llaman muchos jóvenes y su fantasía es que otro hombre los penetre. Cuando me di cuenta, me quedé helada. Esa es la fantasía más común. El que llama ahí generalmente termina pidiéndote que aparezca un amigo.
--¿Hay trucos por computadora para fingir voces masculinas?
--No, vos inventás. Si quiere un amigo va a tenerlo.
--¿Qué otras fantasías son habituales?
--Llaman muchos tipos casados. Uno el otro día, de mañana, me dijo: "Recién se fue mi mujer". Horrible. De noche a veces veo el baile del caño y pienso: "Estas mujeres tienen terribles lomos y estos tipos están llamando". ¡Que por lo menos miren el baile del caño!
--¿Por qué prefieren llamar a mirar?
--Yo le preguntaba a una compañera por qué sería y ella me decía que hay muchos tipos reprimidos a los que les da vergüenza decirles a las parejas cuál es su fantasía. Con una persona que no conocen, que no saben ni qué cara tiene, se liberan más. Pueden hablar.
--Sin embargo, podrían recurrir a una prostituta para tener una verdadera relación sexual.
--Hay veces que algunos tipos llaman y están una hora en el teléfono sólo para preguntar qué le dirías a la novia para sacarle la timidez, para que le aconsejes qué podría hacer él. O te cuentan que la mujer tiene pocos hombres arriba y muchos traumas. Te consultan cómo la pueden ayudar, adónde la puede llevar.
--Por lo tanto, algunas personas te cuentan sus historias de vida.
--Sí, te dicen hasta dónde trabajan. Llama mucho sereno, mucho portero, taxistas. Se ve que se aburren en el laburo (risas).
El costo de cada minuto de servicio telefónico que ofrecen Natalia, sus compañeras y las chicas que trabajan en las líneas de la competencia ronda los 15 pesos. La cuenta llega en el recibo de Antel, pero aquellos clientes que deben resguardar su intimidad optan por comprar una tarjeta. De esta manera, el monto y el número telefónico no aparecerá en ningún papel impreso y no habrá que dar ninguna explicación. Cada noche se reciben, en promedio, 15 llamadas. Natalia admite que no son tantas, pero aun así el negocio es redituable. La explicación es sencilla: algunos clientes permanecen en línea hasta una hora. Nunca se aburren, aunque cada vez que llaman se quejan por la cuenta. De cualquier modo, Natalia sabe que volverán a llamar.
El público es bastante heterogéneo, pero diferente al que ella imaginaba en su primer día de trabajo. No son frecuentes los veteranos ni las mujeres, y los clientes promedio son hombres de entre treinta y cuarenta y tantos años. También llaman muchachos muy jóvenes, ansiosos por experimentar. Según Natalia, a estos últimos "cuando los agarran las madres los matan", porque por lo general no saben que pueden comprar una tarjeta. "Yo también los mataría", admite ella entre risas.
--¿Hay clientes que se repiten?
--Sí, hay algunos que siempre llaman. Uno puede entender que una persona llame una vez por curiosidad, para saber qué te pueden decir, qué se puede sentir. Pero hay clientes fijos. A uno que siempre llama le he preguntado por qué no va a una casa de masajes. Es lo mismo, en el sentido de que a las mujeres que trabajan ahí les pagás y supongo que te hacen el personaje que vos quieras, pero en vivo. El me reconocía que sería más fácil ir a una casa de masajes, pero me explicaba que llamar por teléfono era una cuestión de comodidad. "Con el frío que hace, llamo de mi casa", me decía.
--¿Es posible que algunos de ellos no se animen a pagar un servicio sexual por miedo o falta de interés en el contacto físico?
--No sé. Creo que gran parte de la gente tiene características psicológicas especiales que los impulsan a buscar esto por teléfono. Es como te decía: podés llamar una vez, pero no podés hacerte cliente. Incluso por el gasto que representa. Antel tiene un límite mensual para llamar a teléfonos 0900, aunque no sé la cifra. Cuando pasan el límite, algunos te avisan, en plena madrugada, que salen a buscar una tarjeta. Y cuando vuelven, te llaman otra vez y te cuentan que tienen para diez minutos más.
--¿Con algunos has hecho amistad?
--Casi nunca, pero vos les conocés las voces, de tanto atenderlos. Podés hablar con ellos por distintas líneas, porque nos turnamos. Siempre es tu misma voz, pero se ve que ellos no se dan cuenta. Vos sos la que sabe que es el mismo tipo.
--¿Algunos quieren concretar la fantasía en la realidad?
--Algunos te preguntan si vos trabajás afuera. "¿Cómo podemos hacer para vernos?" es una pregunta frecuente. A vos por lo general te sirve ganar en minutos, por eso los tratás de llevar. Les contestás, por ejemplo, que estás medio complicada. Hasta que llega un momento que le tenés que decir: "Mirá, esto es un servicio sólo telefónico". Vos no trabajás afuera.
--¿Muchos de ellos, entonces, no se preocupan por mantener reserva?
--No. No sabés si será verdad, pero muchos te dicen su nombre y dónde trabajan. Incluso te preguntan por qué no vas a su casa en ese momento, y te pasan la dirección. Pasa con los porteros de edificio. Me acuerdo de uno que me pasó el número de puerta, en la Ciudad Vieja. No les importa nada. En la cabeza de esos hombres, vos sos un chango. Te imaginan en una habitación, sola, en una cama, esperando que él llame. Y no es así. Ni siquiera tenés que ser 90--60--90. No conocí ninguna chica que trabajara en esto que tuviera buen cuerpo. Sólo con eso te das cuenta de que al cliente lo llevás adonde vos querés. Le creás el personaje que él pida.
--¿Siempre repetís los mismos discursos?¿Tenés una rutina?
--Por lo general sí. Hay gente a la que ya no sabés qué inventarle, pero vos tenés que crearle la sensación de que está teniendo una relación sexual. Claro que depende de lo que el cliente quiera. Puede querer una fiesta, o estar con hombres. Pero más o menos siempre hacés la misma rutina.
--¿Sentís que ese rol de actriz te sale natural?
--Sí. Es que si te llama una mujer, tenés que inventar que estás con otra mujer. Y si los tipos te preguntan si tuviste una fiesta, les decís que sí. Y si te preguntan si estuviste con muchos hombres, les contestás que sí. Y lo mismo si te preguntan si estuviste con mujeres. Lo que ellos quieran. Si el tipo quiere que yo sea enfermera, yo soy enfermera.
--Hasta con el nombre que ellos quieran.
--Sí. Hay muchos un poco traumados. Un día me llamó uno que se acostaba con la madre. El tipo tenía treinta y pico y la madre tenía cincuenta y cinco. Como ella nunca había experimentado cosas que en su época no se hacían, él le empezó a enseñar y se terminaron acostando. Otros te llaman y te piden: "Decime tío". Están pensando en las sobrinas.
Al principio te divierte. Incluso algunas situaciones me daban risa. Alcanza con ver cómo son las mujeres que atienden en estas líneas. Casi todas son gordas; vos te hacés el lomo que querés. Pero ahora, que hace un año que estoy trabajando, me aburre. No los querés ni oír.
--¿Ya estás acostumbrada a escuchar de todo?
--Ya nada me sorprende, nada me asusta.
Actualmente, Natalia no tiene pareja. Admite que si la tuviera no trabajaría en la línea erótica. Sabe que sus noches son diferentes a la de la mayoría de las personas que conoce. Sin embargo, a pesar de preferir mantener el anonimato, no oculta su trabajo nocturno a sus conocidos. Una tarea que trabaja con las fantasías no podría menos que generar ideas sumamente variadas entre quienes se enteran de su segunda actividad.
--No ocultás que por las noches te dedicás a esto, pero ¿alguna vez notaste suspicacias en las personas que conocés?
--Depende. Si se lo decís a un hombre enseguida te dice: "A ver cómo hablás". Vos ya estás podrida de decir siempre lo mismo; ¿qué le vas a hablar? Siempre quieren saber cómo es. Te dicen que ellos nunca llamaron. También piensan que vos sos más viva que el resto, porque te animás a decir esas cosas por teléfono. Pero una cosa es lo que vos decís por teléfono y otra muy distinta es lo que hacés. El domingo pasado salió un aviso de otra hot line y después me enteré de que era lo mismo, pero por cámara. Los tipos te ven por computadora. Te pagaban tres veces más que acá, con horario de tarde, y te decían que te veían sólo en España. Pero igual. Yo rostro por teléfono tengo, siempre lo tuve, pero en ese otro trabajo te tenés que desnudar y hasta tocarte. Acá atendés a los clientes tomando mate, aunque les digas que estás acostada. Es distinto.
--¿Sentís que cada vez lo hacés más automáticamente?
--Sí, sí. Estoy mirando a Tinelli, por ejemplo, y les hablo. El otro día estaba nominada Abigail y me llamaron. Yo pensé: "Justo en la sentencia me venís a llamar por teléfono". (Risas). Mientras estás mirando, podés hablar millones de cosas. He atendido de a dos teléfonos a la vez. Les seguís el mismo drama a los dos. A veces te dicen que no quieren eso, pero para no perder la llamada lo seguís. La idea es que los clientes no pierdan, que ninguno se quede sin respuesta.
--¿Qué otras historias han llamado tu atención?
--Ya nada me llama la atención. Pero hace poco me llamó un gurí que tenía 18 años y era virgen. Estaba desesperado por conocerme, por conocer una persona con la que tener su primera relación. Me llamó la atención y me dio lástima. El estudiaba y era muy bien. Por eso le pregunté cómo iba a pagar el teléfono. La madre trabajaba en Chic Parisien y el padre era carpintero. ¿Me entendés? Eran trabajadores, y capaz que el gurí, por intentar algo nuevo, les iba a hacer una cuenta enorme. Por eso le dije que no gastara, aunque sabía que si me escuchaban iba a tener problemas. Igual se lo dije, porque me puse en el lugar de los padres.
--¿Alguna vez tus jefes te dictaron lo que tenés que decir?
--No. Pero a veces te dicen que si un tipo llama mucho lo cortes, porque muchos de ellos no pagan la cuenta del teléfono y no sirven como clientes.
--Muchas prostitutas han contado que algunos hombres pagan básicamente para hablar con alguien. Evidentemente, tu trabajo no es el mismo pero ¿has tenido clientes que sólo buscan hablar contigo sin interesarse por la fantasía sexual?
--Sí, sin dudas. Me acuerdo de que cuando entré llamó un tipo que me dijo que tenía ochenta y pico de años. Te dabas cuenta de que te llamaba sólo porque se sentía solo. Me contó su vida: me dijo, por ejemplo, que no sabía a quién dejarle su casa y que la mujer, que era más joven que él, sólo quería sacarle la plata. Yo le di consejos. Le dije que se buscara otra mujer.
--¿Es decir que tu trabajo tiene facetas no sólo de actriz sino también de psicóloga?
--A veces sí. Algunos hombres se hacen amigos tuyos, y después te llaman sólo para hablar. *
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