ANTONIO PIPPO
-Yo le haría un medio ajuste dijo el gaucho, arrastrando las zapatillas rancheras.
-Mirá, acá tengo un manual... Un cambio de bujías, al menos... postuló el Pensativo, entrecerrando los ojos.
-¡Anda impecable, no jodan! protestó el Bolsilludo, sentado al volante. El auto no era de él, pero lo manejaba desde el primer día para hacerle los mandados al patrón.
-Mirá que lo vas a tener que zangolotear un poco más opinó la Emergida, acercándose con el termo y el mate.
-Es lo que yo digo insistió el Gaucho, al que, de puro caliente, se le había puesto colorada la nariz. -Se te vienen viajes más complicados... ¡y el año próximo vas a tener que caminarlo como loco!
El Bolsilludo bajó del auto, bien trajeado, mesándose el pelo cano: -Ustedes no ven la realidad. ¡Miren como brilla la chapa, miren las cubiertas, miren el kilometraje que tiene y no pierde una gota de aceite...! Pero, por favor... ¡yo sé de lo que hablo! Es un modelo americano, lo conozco de memoria...
-Ta'bien pareció aceptar la Esencialista, que apareció de repente-. Sólo decime que no escuchás los golpecitos... ¿No te parece que son las bielas?
-¡Bielas, las películas! aulló el Bolsilludo, la cara granate-. Si lo llevé al taller y el Gordo lo revisó y me confirmó que le diera pa'delante, nomás...
-Ese no se te anima, te dice a todo que sí... arriesgó la Emergida.
Rabioso, el Bolsilludo volvió a subir al vehículo y arrancó. Enseguida, el polvo y el humo ocultaron al auto, que, a decir verdad, algún ruidito hacía.
-¡Qué caprichoso! sentenció el Gaucho.
-Se le puede venir la noche... dijo el Pensativo.
-¿Y cómo arreglo yo ahora? se preguntó la Esencialista.
-¡Ojalá pare en el camino y se dé cuenta de que así no termina los fletes que quiere el trompa! exclamó la Emergida.
Y regresaron a sus destinos: al campo, a observar la corriente, a un asentamiento y a enfrentar huelgas. Seguros de que había que seguirla peleando.
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