ANTONIO PIPPO
Los trogloditas no han desaparecido ni viven en cavernas; están aquí nomás, alrededor nuestro.
Un minúsculo troglodita, que decidió acompañar a otro troglodita mayor a un juzgado, hizo dos cosas que, por suerte, han causado gran preocupación social: una, emitió, a un volumen intolerable hasta para el sordo Mallada, unos sonidos guturales espantosos, elevando su miembro superior derecho (¡no iba a levantar el izquierdo ni que lo entubaran con pasta base!); dos, debido a ese movimiento reflejo, de origen netamente filogenético, dejó a la vista un arma que portaba en su redondeada cintura. ¡Además de troglodita, obeso!
LA REPUBLICA difundió al mundo la imagen correspondiente, a fin de que la humanidad --o lo que queda de ella-- advirtiese el porte de los riesgos que la siguen amenazando. Es más: eso de que los dinosaurios se extinguieron, no sé, habría que revisarlo.
Debo admitir que una de las reacciones me desacomodó un poco. Me refiero a la digna Asociación de Magistrados del Uruguay, que emitió un comunicado diciendo que este episodio demuestra la falta de seguridad existente en las sedes judiciales.
¡¿Este episodio?!
O quien redactó el comunicado aprovechó la bolada del troglodita porque olvidó que le habían encargado un texto de esas características hace tiempo, o uno debería aceptar que los señores jueces, quizás exhaustos por tanto trabajo acumulado, debieron esperar por una fotografía para advertir algo que no es la primera vez que ocurre.
¡Por favor! Desde los policías de la guardia a los porteros y los ascensoristas, por no hacer muy larga la lista, saben que "episodios de este tipo" se vienen dando desde hace... ¡qué sé yo!
Los magistrados --qué digo, la Suprema Corte de Justicia y hasta el Poder Ejecutivo-- no pueden esperar un minuto más. No se trata de presupuesto, sino de dar garantías que van más allá de los propios jueces, actuarios, abogados, funcionarios y denunciantes.
Miren que hay trogloditas por todos lados. *
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