VERONIKA ENGLER - SUECIA
Es cierto que el acto de torturar no fue cometido por individuos que se desprendieron de los mandos, fue una forma institucional de operar durante la dictadura militar. Hago, por lo mismo, responsable a los mandos de ello, pero también a quienes acataron sin cuestionarlas, ese tipo de órdenes que van contra todo valor humano. Omito entrar en detalles sobre la tortura y las vejaciones, por respeto a la sensibilidad de quien lea esta carta. Quizás las hijas/os de los torturadores, no estén al tanto de la crueldad y los tormentos que implica la tortura, castigos muy refinados, la mayoría de las veces. Quizás haya que informarlos, y frente a la descripción de cada barbarie cometida por sus progenitores, preguntarles si consideran que ése era el deber de sus padres, preguntarles después de que lo sepan, si todavía están orgullosos de ellos. La hija de Medina, dice por ejemplo, en la entrevista concedida a Últimas Noticias: "A mí no me interesa reivindicar y hablar de lo que pasó. Porque a nosotras, por nuestras edades, el pasado no nos interesa; el pasado, pasado está". Este lavado de manos, muy a lo Pilatos, es muy cómodo y conveniente para su padre y para todos los torturadores, pero suena cínico si se les dice a quienes aún no han encontrado los cuerpos de sus seres queridos, o han sufrido secuestros de niños. Es duro para esos niños que crecieron bajo la mentira, en senos de familias que no eran las de ellos, e inclusive para nosotros, hijos de ex presos, o ex rehenes de la dictadura militar, como en mi caso, que no pudimos evadirnos de las consecuencias y secuelas familiares que nos dejo el pasado, pasado que según ellas, hay que borrar.
Con total desparpajo declara, que no ingresan en el terreno de si hubo o no violaciones a los derechos humanos y dice: "En realidad, no es un tema que nos ocupe, no es nuestro, no nos pertenece. No somos nosotras quienes debemos contestar eso". Yo le pregunto; ¿a quién le pertenece este tema? ¿No es acaso un tema que nos incumbe a todos y cada uno de nosotros? ¿Le es posible vivir con dignidad y caminar con la cabeza en alto, cuando asegura que no le ocupa que se hayan violado los derechos humanos? Evidentemente, su padre, uno de los protagonistas de tal violación, no le enseñó el valor de los tan mentados derechos humanos, ni a respetarlos, ni a defenderlos, hay sin lugar a duda, una clara consecuencia entre el actuar del padre y el decir de la hija.
Organismos defensores de los derechos humanos se han visto involucrados en la denuncia de estos hechos, no fue mero invento de un grupo de enajenados, hay contundentes pruebas de las barbaries cometidas en nombre del poder. Se sabe de los secuestros, robo de niños, de las muertes, de la tortura. ¿Era deber de los militares ignorar los derechos básicos humanos de sus compatriotas, ejerciendo la vejación extrema, tanto física como síquica? ¿Es un militar capaz de hacer cualquier cosa si se lo ordenan, por más aberrante que esta sea? ¿Puede un hombre cerrar los ojos si se le ordena romper con los valores humanos básicos, por vestir un uniforme y portar un arma? ¿Cuándo se deja ser hombre para pasar a ser bestia?, o ¿es que acaso no hay ningún límite? Un fenómeno realmente aterrador y el delito, es doble delito si se comete en nombre de la patria. Imaginen a Medina y Gavazzo, ya no matando en forma anónima, con un arma "legal" en nombre de la "defensa del país y el cumplimiento del deber", sino, arremangados en un húmedo sótano, practicando la tortura a un hombre, a una mujer, que yace indefensa, despojada de toda posibilidad de defenderse. Imaginen a esos militares, que son también hombres, hijos, padres, presuntos seres "humanos", insensi-
bilizados ante los gritos de sufrimiento, ante la sangre y el dolor, torturando a seres que también tienen padres que los aman, e hijos que los esperan. Al principio, para arrancarles información, y después para satisfacer un enfermizo sadismo, en el que me asusta pensar. ¿Se siguen sintiendo orgullosas? También me pregunto en qué parte del cumplimiento del deber estaba el de aterrorizar a los familiares de esos hombres y mujeres que estaban siendo torturados, aprisionados y desaparecidos. Porque doy fe de que durante todos esos años de dictadura, los familiares sufrimos allanamientos en los que destrozaban todo, inclusive el material escolar y los juguetes de quienes no teníamos más armas que nuestra debilidad. Doy fe de que siendo niña era sometida a manoseos denigrantes antes de las visitas, que se desarrollaban en condiciones deplorables. Quiero contarles que muchas veces, recorriendo cuarteles del interior del país, nos tocó esperar varias horas a la intemperie, en pleno invierno y bajo la lluvia, a nosotros los niños y a nuestra familia, incluidos los abuelos, que muchas veces, aun sin gozar de buena salud, hacían los largos y caros viajes para poder ver a sus hijos, hijos que muchas veces encontraban convertidos en apaleados faquires, que apenas podían hablar. Y teníamos suerte si, después de todo eso, no se suspendía la visita por alguna sanción inesperada y había que volver con la cabeza baja y esperar quince días más, o el tiempo que a los oficiales se les ocurriera, para repetir el peregrinaje. Tuvimos que soportar el abuso de poder que ejercían frente a nosotros, niños de rostros tristes, que no pertenecíamos a ninguna guerra, ni significábamos una amenaza de ningún tipo. ¿Se sienten orgullosas de sus padres? Hablan de los problemas que trae el llevar el apellido de un torturador, creo que no es justo que las familias se vean afectadas de esa manera. Pero pueden hablar con cualquiera de nosotros, hijos de presos políticos en épocas de dictadura, pueden hablar del dolor de que les arrebaten y encarcelen no sólo al padre, en muchos casos, ambos padres, tíos y familiares.
Pueden hablar con nuestras familias de cómo explicar a los niños este hecho y cómo sobrellevar durante varios años, más de una década, las consecuencias de tener nuestros apellidos, en escuelas, en facultades y en el resto del ámbito en que vivíamos. Por suerte no es necesario que les expliquen a sus hijos, ¿por qué no pueden tocar a sus abuelos en las visitas?, ¿por qué son apuntados con armas y hay alambres o rejas entre ellos y ese ser querido?, ¿por qué esa persona a la que van a visitar está sucia y enferma, o apenas puede hablar? Qué suerte que no tengan que explicar a sus hijos que los seres queridos están siendo torturados, o que en cualquier momento pueden ser allanados y no saben qué es lo que puede pasar. Imaginen por un instante, haciendo gala de la poca empatía que les pueda quedar, que si la vida de ustedes fue 'trastocada, afectada y modificada para toda la familia', lo que sucedió con nuestras vidas en épocas en que sus queridos padres, Medina y Gavazzo, junto a otros tantos, ejercían su poderío como oficiales. Les informo, por si no lo sabían, que esa guerra tampoco fue nuestra, sin embargo tuvimos que crecer bajo las reglas impuestas por quienes tenían el poder, vida familiar "trastocada", suena bastante romántico cuando recuerdo lo que nos toco vivir. Eso que atrevidamente nombran "fábula" o "circo" inventado por las, según ustedes, "autodenominadas organizaciones de derechos humanos". Quedan las consecuencias que se van a pagar durante toda la vida; de acuerdo a un seguimiento terapéutico de las víctimas de la tortura, muchas de ellas enferman, a veces seriamente, tanto por las secuelas físicas como por trastornos somáticos severos en el aparato digestivo, alteraciones dermatológicas complejas y crónicas, cuadros de hipertensión y otras enfermedades.
La parte sicológica, las pesadillas, la angustia son una cadena perpetua a la que muchos se ven sometidos, sin ninguna posibilidad de amnistía. Está bien no renegar de los padres, pero antes de asegurar sentirse orgullosas de ellos, y desacreditar a la Justicia, averigüen bien y de buena fuente las barbaries que ellos cometieron, por lo menos para no ser cómplices de ese horror y que sus hijos no se avergüencen de ustedes si algún día escapan al cinismo de cerrar los ojos frente a una realidad macabra, sufrida por muchos, que sumió a nuestro país en una larga pesadilla. Sepan que nosotros, quienes creemos en los derechos humanos, seguiremos también, sin escatimar esfuerzos, denunciando dentro y fuera de fronteras lo que pasó en Uruguay en época de dictadura, no para vengarnos, sí para asegurarnos de que no se va a repetir, sí para castigar a los culpables, no con tortura ni cárceles indignas, no persiguiendo a los familiares, sí haciendo justicia.
Por suerte, ni nuestra dignidad, ni nuestros valores morales, ni nuestro respeto por los derechos humanos nos permiten caer tan bajo. Invito a los demás hijos de ex presos políticos y exiliados a alzar su voz, para demostrar a quienes tengan dudas, que a nosotros, niños de esa época, no se nos tuvo en cuenta como tales y fuimos víctimas de las decisiones tomadas por Medina, Gavazzo y el resto de los involucrados en expedir o ejecutar las órdenes inhumanas por las cuales hoy estos señores son acusados. Nosotros también tenemos derecho a alzar la voz y a pedir justicia. *
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