ANTONIO PIPPO
El boliche del Chiquito Otegui tenía un cuadro de fútbol. Disputaba amistosos que de tales tenían poco en canchas de los alrededores.
Antes de cada partido, tipo once de la mañana porque nadie se prohibía de libar como Dios manda, se hablaba de cómo jugar. El Chiquito, detrás del mostrador, adonde se sentía un monarca, se reservaba el papel de moderador.
Aquel día empezó el Flaco Citrulo:
Me parece que hay que salir jugando más armados. Que Epifanio, que hoy va derecho pa' la cancha porque se le atrasó el reparto, empiece tirado más atrás...
¡Pero si ése no la trae ni en carretilla! interrumpió con voz ardida por la caña el Cascarilla Batista. ¡Es un tronco que lo único que sabe es pegarle pa'rriba!
Jugando Epifanio más atrás siguió impertérrito el Flaco nos aseguramos la pelota porque tiene panorama, tiene...
¡Panorama, ésta! gritó el Cascarilla. ¡Lo que tiene es ganas de joder!
Te pido que me dejes hablar intentó conciliar el Flaco, advirtiendo que el otro estaba medio sacado.
¡Es un jodedor! aulló el Cascarilla. ¡Si a mí, además de devolverme ladrillos en vez de paredes, me dejó adentro con una garantía!
¿Y eso qué tiene que ver? le espetó El Flaco, aún calmo.
¡Lo que yo digo...! quiso seguir el Cascarilla, pero el Chiquito no lo dejó:
¡¿Por qué no te callás de una vez, mejillón de wáter?!
El lío causó el desbande, el equipo no fue a jugar ese partido y dejó heridas. Nadie quedó satisfecho.
Luego, a cada intento de otra charla técnica, el Chiquito esperaba en la puerta al Cascarilla, sacudiendo amenazante un bozal. Pero el otro venía con un cajón de madera y, parado frente al boliche, discurseaba contra Epifanio, con quien se agarró a las piñas un par de veces.
Todo al pedo, en realidad, porque el cuadro se disolvió.
Por eso digo. Nunca se sabe adónde pueden llegar las cosas cuando, aun diciendo la verdad, uno no deja hablar a nadie y hay otro a quien se le sube a la cabeza cierto aire de superioridad. *
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