ANTONIO PIPPO
Nada es más difícil que asumir la realidad.
Implica dos actos mentales consecutivos: saber qué pasa y resolver de qué manera encararlo, a partir de una estrategia que no siempre será sencilla ni tendrá garantía de éxito. Obviamente, me refiero a realidades espesas, intrincadas, complejas por donde se las mire.
Por ejemplo, el conflicto con Argentina.
El gobierno de Vázquez parece tener ciertas dificultades con el primero de esos actos: saber qué pasa. Admitiendo la posibilidad de estar equivocado, creo que el matrimonio que seguirá gobernando desde el sillón de Rivadavia ya con un olor intolerable a alcoba revuelta jamás le hará las cosas fáciles a Uruguay, ni en ésta ni en ninguna materia que toque sus intereses. Y las inversiones que poco a poco Uruguay va integrando a su economía los tocan, y cómo.
Kirchner y su mujer, encaramados a la cumbre de la inefable política argentina por una mezcla de casualidad y oportunismo, probaron durante una década en Santa Cruz su fe en la arbitrariedad, el nepotismo y los intereses personales; ahora, simplemente, se las han arreglado, coqueteando con la defensa de los derechos humanos, manipulando información y recibiendo apoyo de una de las corporaciones económicas más grandes de su país, para un buen maquillaje.
Si esta hipótesis es verosímil, hay pulseada para rato. Y hay un problema de tamaño. Es un vecino grande y poderoso. A mi juicio, con un gobierno diplomáticamente muy poco escrupuloso.
¿La Haya? Está bien. Uruguay no debe descuidar ni un detalle porque ahí, si no pasa algo inimaginable hoy, tiene las de ganar. Pero ¿y el futuro? Aun perdiendo en los tribunales, no nos dejarán en paz.
Si se coincidiese en esto, aquí vendría el segundo acto mental: la estrategia.
Vuelvo a postular un mayor acercamiento a Brasil. Habrá un momento en la región en que ciertos acuerdos bilaterales incidirán mucho al enfrentarse el bloque, de una vez por todas, al delicadísimo asunto de la energía. *
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