Tercera época Por Antonio Pippo
Igual a cualquier hombre que se precie de normal, condición que nadie sabe describir, él es lo suficientemente contradictorio como para no generar unanimidades; más bien, divide aguas.
Tiene ese porte aristocrático que, sin descender de su altura, ha rozado al pueblo, propio de un antiguo habitante de Holland Park. A esa imagen impecable ayudan su cabellera abundante y cana, cuidadosamente fija y que cae a ratos para que su mano la contenga, su caminar dinámico y la elección de sus trajes, camisas y corbatas, combinados como si un buen sastre de Cuenca hubiese metido mano. Si pasa a la campera agamuzada, al pañuelito al cuello y al termo y al mate no es igual, desentona un poquito, parecido a alguien que llegó a una cita sin mirar las recomendaciones de la invitación. Empero, hay quienes creen que esto lo hace más humano, menos impostado y distante.
Lleva su alforja intelectual repleta de cátedras, altos grados académicos, buen dominio del idioma y conocimientos del disco duro de la economía sin hacerle asco, mire usted, a la manipulación política, dicho sin ofender. En este campo va en ancas de una larga experiencia y probada astucia, pese a que le juega en contra esa especie de gran aire que se le escapa, tal vez a su pesar. De todos modos, no ha planeado demasiados negocios que le salgan mal, ha sabido ser paciente y no cree que las cosas pasan porque sí sino porque uno las ayuda.
Su carácter, o su personalidad, lo muestran un tanto caprichoso y apelando a cada paso a la ironía fina. No está mal, si le hemos comparado con un aristócrata, pero por momentos suena tan exquisita, tan sublime para lo que hay alrededor, que uno la imagina barnizada de soberbia, y entonces desacomoda las conversaciones. Y le ha pasado, qué pena, eso de no soportar que le lleven la contra, hecho desagradable que le tensa el rostro y le llena las mejillas de granate color.
Pero, bueno, ya nadie duda. Para bien o para mal, es el candidato.
Comentarios (beta!)