Tercera época Por Antonio Pippo
Si es cierto lo que se ha contado -el empadronamiento de autos de Montevideo con chapas de Colonia en plena capital de la República- habrá que revisar historias hasta ahora consideradas incomparables.
La de Calandraca, por ejemplo. Yo recuerdo la época aquella en que se hizo famoso ofreciendo trámites diversos, sentado a la única mesa del boliche del Chiquito Otegui que daba a la ventana. Rodeado de una multitud de papelitos, blandiendo un lápiz de grafo y siempre cerca la copa de caña con uva, porque, según confesó más de una vez, le aclaraba las ideas, recibía cualquier pedido: apurar un expediente en la Caja de Jubilaciones, obtener una libreta de chofer profesional, pedir un teléfono, acomodar una sucesión, cobrar alquileres, arreglar contadores de UTE y OSE, gestionar créditos y hasta celestinear para ciertas parejas de concubinato complicado.
-Lo mío es transparente respondía Calandraca cuando alguno, desconfiado, miraba hacia la calle temiendo que los vieran. Y añadía, pícaro: -Además, si yo no cobro en plata, sino en caña..., bueno, en especies. ¡Mandá la otra, Chiquito, que a éste ya lo tengo enganchado! Obviamente, la historia de Calandraca terminó mal. Jamás hizo trámite alguno, pero se agarró decenas de celestiales borracheras. Y también se ligó una buena patada en el culo de parte del Negro Collazo, que le fue a pedir, desesperado, que hablara en la Junta para que lo exoneraran de la Contribución Inmobiliaria porque su casa se llovía. Por eso digo: si realmente hay quienes, a nombre de la Intendencia de Colonia, están cambiando empadronamientos en Montevideo, la peripecia de Calandraca pierde por muerte en una eventual competencia por entrar al libro de Guinness. Eso sí: una diferencia reivindica al entrañable personaje que he recordado hoy. Él nunca ofreció empadronar en la capital autos con chapa del pueblo. Pudo haber sido un pillo sin vuelo, un loco de la guerra o un mentiroso simpático. Pero no un boludo.
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