Tercera época Por Antonio Pippo
A raíz de ciertos acontecimientos descorazonadores ocurridos en recientes tiempos, se ha puesto de moda la ética. No. Lo digo más precisamente: se ha puesto de moda hablar de ética.
Cuando se juzgan conductas políticas, administrativas, profesionales, periodísticas y hasta deportivas --por no decir todo lo que está acordado en la sociedad como materia de juicio público--, muchos incurren, con esa delectación de quien no ha reflexionado lo suficiente, en una inferencia errónea. Peor aun: la perpetran en reiteración real y eso los convierte en seres con tendencia a la teomanía (por si acaso, explico: manía que consiste en creerse Dios).
Mire, lector, pongamos un ejemplo tal que nadie siquiera sospeche que somos unos inadvertidos. Si hay un tribunal establecido para juzgar conductas políticas, lo que debe hacer es eso y no otra cosa: decidir si esa conducta se ha ajustado o no a las normas establecidas, teniendo en cuenta los hechos objetivos y, ciertamente, las consecuencias probables. Si alguien es hallado culpable, lo será de incumplir un mandato acordado por el colectivo al que pertenece; en otras palabras, habrá violado unas normas, unas leyes, unos acuerdos, unos contratos. Y por ello será sancionado. Después, al margen de la pena o del castigo, cualquiera podrá decir, si cree que le asiste razón, que fulano o mengano se cagó en la ética. Pero nadie puede exigirle a un tribunal de conducta política que la juzgue y resuelva si alguien le defecó encima o no.
Pensemos en el funcionamiento del Poder Judicial. ¿Qué analizan los jueces antes de su sentencia? Pruebas presentadas para determinar la configuración de un delito. No les preocupa si el imputado inocente o culpable al final del proceso- se ha comportado éticamente o no.
No obstante, yo aceptaría, dado el afán que percibo en alimentar esta confusión, que se inventara un carné de ética. Si no se lo entregan, uno se jode.
Pero dejemos a los tribunales con lo de ellos.
Comentarios (beta!)