Por Eleuterio Fernández Huidobro Senador de la República
El Frente Amplio disfruta una "costumbre" muy buena: su Congreso es quien antes de cada año electoral discute y aprueba el Programa de Gobierno que será propuesto ante la ciudadanía.
En la misma oportunidad designa su fórmula presidencial (o el modo de hacerlo en su caso).
Sensato y coherente: porque si vamos a pedir otros cinco años en el gobierno, debemos acordar y comunicar para qué.
A nuestro juicio (que ha sido y es el del Frente Amplio) sólo con esa nítida definición y propuesta podemos dialogar con el pueblo para que a la hora de tomar la suprema decisión votando, nos dé su apoyo.
Resulta obvio que en el caso de obtenerlo, no sólo la "fórmula presidencial" sino todos a quienes les corresponda en consecuencia ocupar cargos públicos deberán ceñir su acción a lo que ese Programa compromiso ineludible indique.
En teoría esto facilita la elección de candidatos y, a éstos, aceptar o no.
Porque será ante un Congreso cuyos debates finalizan un día pero comienzan mucho antes, que cada frenteamplista no sólo participará sino que también dirá públicamente lo que propone.
Lo demás, una vez tomadas las decisiones, será coherencia.
Simplemente juego limpio ante la ciudadanía (incluidos los frenteamplistas y los adversarios) porque el Congreso de una fuerza política de tal magnitud es un hecho de pública notoriedad.
Sin olvidar que los actos del actual gobierno ya definieron y definen un rumbo hacia el futuro posible e implican cierta clara continuidad si así lo quiere la soberanía, cinco años más dan cabida a fecundas ideas. Que en realidad también son del dominio público (nadie va a inventar lo ya inventado) pero entre las que debemos optar.
Uruguay tiene hoy para el Frente Amplio dos candidatos harto evidentes: Danilo Astori y José Mujica. Más allá, incluso, de lo que ambos personalmente opinen.
Estamos describiendo un dato de la realidad.
Existen, claro está, y por méritos muy bien acreditados, otros y otras compañer@s que también pueden serlo. Y esto no es una casualidad ni tampoco suerte. Son frutos esperables que han germinado, florecido y madurado en tenaz obra de la Historia. Siderúrgica y labradora.
Hay otra "costumbre" del Frente Amplio que se añade solidariamente a la anterior: las candidaturas comunes deben gozar de un muy amplio consenso.
O, visto desde otro ángulo: muchos sectores organizados o no, disponen y pueden esgrimir si lo quieren, un contundente "derecho de veto" que puede impedir aquel consenso.
Esta palabra que adquirió resonancia risueña como "conshensho" en el decir de Seregni, no es solamente un concepto político, ético, descriptivo... Es una norma estatuida.
Permite que grupos permanentes o circunstanciales de mediano o poco peso (también transitorio como todo en política) tanto en delegados al Congreso como en votos electorales verificados o estimados, puedan (cada uno por sí solo) impedir la llegada a ese gran acuerdo. Ni qué hablar de los considerados "grandes".
Es como en el Cielo: la llave de entrada no la tiene Dios. Con San Pedro alcanza no tanto para ingresar como para dormir a la intemperie.
Agreguemos a esto que (por si fuera poco) habiendo llegado o no a un consenso en el Congreso, la actual Constitución de la República permite y obliga (a partir de 1997) definir estos asuntos en las "elecciones internas" de cada partido. Por lo que si no hay consenso o alguien discrepa con el alcanzado, se puede ir a esa "sentencia" electoral de última instancia, como ya sucedió.
Además de las dos "costumbres" referidas, ahora estamos ante una novedad: por primera vez en su vida el Frente Amplio debe encarar una segunda victoria electoral nacional consecutiva y por ende la continuación no interrumpida de un primer gobierno nacional (y ocho intendencias).
En tres años hemos aprendido mucho acerca de cómo es, concretamente, el Estado uruguayo y sus arduos mecanismos de gobierno... Cuáles y cómo son algunas cuantas crudas realidades.
Todavía no hemos agotado ese aprendizaje pero con lo ya visto y columbrado alcanza y sobra para, hablemos con muchísima miel, tener una idea. Tal vez pálida pero suficiente como para tomar el problema muy en serio.
Se trata de, digámoslo así, la obra (¿) secular de blancos y colorados. En realidad de los colorados.
Un mamarracho pero de orfebrería.
Con decir esto creemos que alcanza y sobra por ahora.
Entonces el Frente Amplio no tiene excusa para analizar y decidir cómo pararse numerosamente en esa cancha ahora mucho mejor conocida. Porque para poder cambiar no hay nada como conocer.
Que incluye a las intendencias ganadas y las que debemos ganar.
El tema sería muy sencillo si alcanzara con elegir una buena fórmula presidencial.
Y la Presidencia del propio Frente Amplio forma parte inseparable de eso.
No es imposible pero puede ser erróneo ir analizando y resolviendo esto "por partes", como Jack el Destripador.
Se trata a nuestro juicio de un conjunto armonioso que por lo tanto y además necesita "partitura".
Sin por lo menos las grandes líneas de aquel futuro Programa para gobernar entre 2010 y 2015 parece incorrecto ir nombrando componentes de ese conjunto.
Conocemos que junto con cualquier nombre propio va implícito un programa o por lo menos su boceto pero no se debe contrabandear ni poner bueyes antes de saber si hay carreta, "jardinera", sulky, arado o lo que sea.
Por lo menos deberían venir juntos los lineamientos programáticos propuestos, con los equipos "idóneos" para cumplirlos.
Si bien "no por mucho madrugar se amanece más temprano", no es temprano para pensar el futuro.
Instalar el debate en él fortifica el presente y es el hálito vital, la razón de ser de toda fuerza política que, como el Frente Amplio, procura el cambio.
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