Por Antonio Pippo
El clima estaba enrarecido en el galpón de Mansilla, donde se habían reunido los bolicheros de Libertad, Rincón del Pino, Puntas de Valdez, Mal Abrigo, Ciudad del Plata y otras localidades vecinas. Todos hablaban al unísono. Todos mostraban el rostro congestionado. Todos amenazaban.
¡Seguí así y te voy a dejar la trompa en la nuca, guanaco!
¡No me calentés, pedazo de cornudo, que te vas a quedar sin culo de tantas patadas que te voy a dar!
¡Contate los dientes ahora, zapallo, pa' recordar cuántos tenías antes de que te emboque de un boleo!
¡Vos tratá de rajar, que todavía no me levanté por el menisco pellizcado que tengo, porque te voy a serruchar la cabeza!
En determinado momento todos estaban con la espalda contra la pared, parecidos a unos saltamontes, que si de algo carecían era de pequeñez, haciendo gestos, moviendo los brazos, a punto de saltar unos encima de los otros. Al medio había quedado un espacio vacío, como si fuese un cuadrilátero.
Al fin, el Chiquito Otegui se paró en el centro.
Che, miren que vamo' armar un lío bárbaro. El destrozo, después, ¿quién carajo lo va a pagar? Es mejor la calma, hablar con tranquilidá, tratar de llegar a un acuerdo simple. A fin de cuentas, ¿qué estamo' discutiendo? ¡Cuánto hay que cobrar el vaso de clarete suelto de la casa! ¡No puede ser que hagamo' este despelote por cincuenta o sesenta centésimo'!
¿Sabé qué, Chiquito? dijo Santiaguito, el bolichero de Mal Abrigo. Hace años que venimo' con lo mismo y siempre alguien rompe las bolas...
Ya sé, ya sé... admitió el Chiquito, ¡pero cada cual por su lado y a las piñas vamo' a pasar vergüenza...!
¡Chiquito...! respondió Santiaguito. ¡Hace años que con esta mierda del clarete de la casa si algo no tenemo' e' vergüenza!
(Digo yo, con la mejor intención y el mayor respeto, ¿qué diferencia esencial hay entre esta imaginada situación y lo que pasa con los intendentes y la patente única de rodados? ¿Acaso es excesiva la comparación?).
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