Por Eleuterio Fernández Huidobro | Senador de la República, escritor
Nunca fuimos aficionados a las matemáticas, sino casi todo lo contrario. Sin embargo, en oportunidad de haber estado durante muchos años incrustado, con "calzador" diríamos, en estrechos y someros calabozos incomunicados y sin ninguna otra posible cosa que hacer (ver, hablar, oír, leer...) salvo estar, no tuvimos más remedio que pensar.
Nos domiciliamos coercitivamente en el país de los pensamientos. Único habitable (y disponible) a lo largo de doce años.
Podemos asegurar que en ese pretil de la locura suceden cosas sorprendentes (muchas maravillosas y otras inenarrables). Pero se necesita mucho tiempo para que comiencen a suceder.
La mente, despojada de toda otra ocupación, exige entonces, y apremiantemente, ser usada. Debe ser un mecanismo de defensa para no morirse en forma totalmente ferrugienta. Como quien dice: sale a caminar sola. O se alegra muchísimo cuando es convocada y, con la ayuda de jaurías ovejeras, conducida. La tarea de uno, entonces, es apenas la de un simple pastor.
Esa convocatoria crece en la demanda de exigencias. Es decir: se requieren cada vez más difíciles y largos asuntos para que en aquellas estepas infinitas le valga la pena salir de paseo. Nada que no tarde sirve. El tiempo lento y largo pide mucho para ser ocupado. No le basta con pamplinas para llenar el barril sin fondo de su voracidad hambrienta.
Es por ello que una vez nos pusimos a pensar qué es la raíz cuadrada y qué cosa es el cuadrado de una cosa. Y cómo hacer para extraerla o elevarla sin calculadora, papel, ni lápiz. Y sin el algoritmo aprendido en el liceo ya tan lejano (además). O sea: "de memoria".
Nos rebelamos coléricamente contra un mundo que requirió cuentas complicadas para obtener un simple número.
Por carretera encarecida y en tan mal estado, llegamos una vez, luego de mucho caminar, a concluir que doce al cuadrado no es más que diez más dos al cuadrado. Descubriendo luego, y de pronto como Arquímedes, que era ("a" más "b") al cuadrado o sea: "a" al cuadrado más dos por "a" y por "b", más "b" al cuadrado. Casi único escombro, éste, que nos quedaba del liceo en el que "a" representa las decenas y "b" las unidades.
Dicho de otro modo: si 10 por 10 es 100; si diez por dos es veinte y multiplicado a su vez por dos es cuarenta, y si dos por dos es 4, la suma de estos tres resultados da 144 que viene a ser ni más ni menos 12 al cuadrado, o sea 12 por 12 que también da 144.
Aquella conquista teórica solitaria de toda soledad nos permitió, con todo derecho, a considerar que estábamos matemáticamente al nivel de Newton a pesar de toda facha y alojamiento.
"¡Ya lo quisiera ver a ese elaborando sus teorías en los calabozos del Séptimo de Caballería!", nos alegábamos.
Con lo que, así alentados, nos pusimos a sacar la raíz cuadrada de 144 (sabiendo, fehacientemente y de antemano, que debía dar 12).
Pensamos que si el cuadrado de 10 resulta ser cien y el de 20 es cuatrocientos el valor de "a" es indudable y obviamente 10 con lo que, de ese confortable modo, una de las incógnitas quedó despejada.
El problema quedaba entonces planteado así: 10 al cuadrado más 10 por dos y por "b", más "b" al cuadrado, es igual a 144. Dicho de otro modo: 100 más 2 por 10 por "b"; más "b" por "b", es insólitamente igual a 144.
Para averiguar el valor de la segunda incógnita ("b") sin llamar la atención ni al sargento; sin someter a dicha indefensa letra encapuchada a ningún apremio físico, comenzamos a manosear la ecuación concluyendo al fin, con harta evidencia, que 144 menos 100 (o sea 44), era el valor de 20 multiplicado por "b" más "b" al cuadrado.
Surgió casi de inmediato, en las a su vez inmediaciones del calabozo, la vehemente sospecha de que "b" era cualquiera de los números que van del 1 al 9 (salvo otro milagro del Servicio de Inteligencia), y por ende comenzamos a buscar por el uno así:
Veinte (diez por dos) por uno es veinte. Y uno al cuadrado es uno. La suma dio, da y dará eternamente 22 por lo que, con toda seguridad podría afirmarse, incluso en latín, que el "uno" no era, es ni será, el sedicioso buscado.
Trajimos preso al "dos" y lo sometimos a severos interrogatorios de los que resultó que como 20 (diez por dos) por dos da 40 y dos al cuadrado (2 por 2) da 4, la suma de ambas operaciones coincide casual y sugestivamente con el tan buscado número 44, por lo que si el valor de "a" era 10 y el recién averiguado valor de "b" es 2, la raíz cuadrada de 144 no puede ser otra que 12 (10 más dos) por más que alguien en Uruguay (donde todo es posible para un contador o para un abogado) alegue lo contrario.
A la altura de tan febriles acontecimientos, ya largamente superado Newton, nos consideramos muy modestamente a la altura de Einstein o por lo menos a la de saber que, además de aún poder mear, seguíamos aún pudiendo pensar, lo que allí (ambas cosas) no eran para nada poca cosa.
En Macondo, los mediocres también se burlaron de Arcadio porque hace poco, solito en su pequeño taller, descubrió luego de un largo tiempo de apasionados estudios, que la tierra es redonda.
Este farragoso mensaje, ante el que cualquier lector estará (si es que llegó hasta aquí) protestando airadamente, es además de un pedacito de la historia de un preso loco que gracias a tales ejercicios logró durar, salir y estar ahora nada más que medio loco, es decíamos, un profundísimo análisis político referido al tema candidaturas en el Frente Amplio: quien hoy intente incursionar por tal tema tendrá que por lo menos inventar nuevos algoritmos para raíces cuadradas y otros asuntos más complejos aún que el relatado, para poder tan siquiera aproximarse levísimamente a una pálida cercanía nublada de la verdad.
Más vale dedicarse a otra cosa. Ni para los que están presos lo aconsejaríamos.
Un célebre "grafiti" rezaba hasta hace poco en ciertas paredes montevideanas que ojo por ojo y diente por diente no es más que ojo al cuadrado más diente al cuadrado, lo que es absolutamente cierto.
Comentarios (beta!)