Entretanto, Erostrato se acercó a mí, me estrechó la cintura con un brazo y me acarició la cara; luego bajó la mano por el cuello, la introdujo en el escote y me palpó las tetas; en pocas palabras, todas las cosas que hace un hombre a una mujer, aunque sea una puta, antes de llegar al coito. Lo dejé hacer, inmóvil e inerte, como si en realidad fuese una de aquellas mujeres a las que había tomado por modelo, la cual, helada por la larga espera de la noche invernal, se deja acariciar sin intentar siquiera simular el placer. Luego me abrazó, buscó con su boca la mía y trató de besarme. Una vez más lo dejé hacer. Pero como quiera que la Voz gritó: "¡No le devuelvas el beso! ¡Las putas no besan al cliente! ¡Ay si se lo devuelves!", mis labios permanecieron herméticos contra los suyos. Entonces ocurrió algo insólito, quiero decir insólito en la comedia de la prostitución que estábamos interpretando juntos.
Él me dijo:
--Haremos el amor, pero con una condición.
--¿Cuál?
--Que luego me digas por qué has querido interpretar el papel de puta y por qué has querido que hagamos el amor en el dormitorio de tu madre.
Erostrato me acarició durante un rato todo el cuerpo, de pie y pegado a mí, mientras yo le dejaba hacer. Su mano me levantó el vestido, comprobó que por dentro --como me había aconsejado sabiamente mi madre adoptiva-- iba desnuda. Se detuvo un rato en las caderas, volvió hacia arriba, me acarició primero un seno y luego el otro, se desplazó hasta el pubis, bajó entre las piernas . . .
Cada hombre (y, naturalmente, cada mujer) tiene un lenguaje erótico propio, al que no puede escapar y no puede variar en ningún caso más de cuanto puede variar la lengua nativa.
Yo: ¿Qué ocurrió luego?
Desideria: Estaba de pie, muy apretada contra él, con el vestido levantado por delante y cayéndome por detrás sobre las pantorrillas). Me sentía en desorden, embarazosa. Entonces, hice con varias manos el ademán de tirarme hacia arriba de la falda para desnudarme por completo. Pero él me detuvo con dulzura, y luego, con un empuje gradual, me hizo retroceder hasta la cama y me tumbó boca arriba. Temiendo que hubiese olvidado mi recomendación, le dije:
--Recuerda que soy virgen y que quiero seguir siéndolo.
Respondió, cabizbajo:
--Puedes estar tranquila.
Finalmente, me tuvo completamente desnuda de la cintura para abajo, con el vestido cuidadosamente doblado sobre el vientre y las piernas completamente abiertas, se arrodilló ante mí y, durante un momento que me pareció interminable, se dedicó a una especie de contemplación casi religiosa.
Yo: ¿Contemplación?
Desideria: Sí, tanto que por un momento esperé que juntase las manos y se pusiera a rezar, como hace un fiel ante el símbolo de su religión.
Me contempló largamente, y luego, como atacado por vértigo, poco a poco, inclinó el busto y la cabeza hacia mi regazo. Pero la lentitud de la caída me indujo a engaño sobre la naturaleza del vértigo que la provocó. Esperaba un contacto dulce y gradual; mas, por el contrario, de repente la dulzura se trocó en furor; su frente chocó duramente contra el hueso de mi pubis, con una violencia rabiosa e impotente, como de quien sabe por anticipado que su deseo no puede ser escuchado.
Yo: ¿Y luego?
Desideria: Por lo general, en el amor oral, uno solo de los amantes experimenta el placer físico directa y corporalmente, el otro extrae su goce de la conciencia de provocar el placer de su compañero. Pero, como pude darme cuenta inmediatamente, en el caso de Erostrato y de mí no era así. Comprendí que Erostrato no buscaba su propio placer, aunque fuese a través y por medio del mío, sino alguna otra cosa que no acertaba a definir.
Yo: Trata de definirla.
Desideria: Algo oscuro y doloroso, desesperado e imposible. Comprendí que gemía como quien se encuentra expuesto al frío, al miedo, al desconsuelo y a la soledad, llama a una puerta y no se le abre. Quería penetrar dentro de mí, no ya a la manera del amante, sino como penetraría o, mejor dicho, volvería a entrar, si fuese posible, un recién nacido que se negase a vivir y quisiera volver de nuevo al interior del vientre materno y regresar hacia atrás, atravesando toda la serie de transformaciones a cuyo través pasó antes de nacer, antes de convertirse en embrión, en germen, en nada. Como ya he dicho, este significado acudió a mi mente cuando, tras saber chocado con la frente contra el pubis, precisamente como quien llama, frenético, contra una puerta que permanece cerrada, empezó a gemir.
Lo que Erostrato quería realmente era entrar dentro de mí, por el estrechísimo paso de mi vagina, entrar todo entero en mi vientre, acomodarse allá dentro en la posición del feto y permanecer allí para siempre. O sea, quería huir del mundo al que había sido proyectado y en el que había sido abandonado, precisamente, por la persona que habría debido, por el contrario, protegerlo y conservarlo en el consuelo de su propio seno. Esta voluntad de regresión, de manera contradictoria, era a la vez desesperada y llena de esperanza. Sabía muy bien que era imposible regresar a la nada prenatal; pero sentía con precisión que, aun siendo consciente de esta imposibilidad, alentaba la loca esperanza de que pronto se produjera el milagro: de repente, mi sexo se abriría lo suficiente como para permitirle introducirse en mi vientre, y él procedería hacia atrás, marchando, mediante sucesivas transformaciones, hacia la oscuridad y la nada, haciendo el mismo camino que había recorrido para venir a la luz.
Yo: Una interpretación insólita del amor oral.
Desideria: Una interpretación confirmada por lo que ocurrió después. Precisamente, en el momento en que iba a tener el orgasmo, puso en mi mano, doblado en cuatro, el billete de cincuenta mil liras que le había prestado para que fingiera pagarme. Entonces comprendí de pronto que aquel billete, a causa de su desesperada voluntad de regresión, se había transformado, instantáneamente, de salario por prestación meretriz, en peaje para traspasar el umbral del vasto mundo tenebroso y protegido del que inconscientemente su madre, al traerlo al mundo, lo había expulsado.
Yo: ¿Qué quiere decir eso? ¿Según tú qué era? ¿Un rechazo de la vida?
Desideria: Sí, digámoslo así. No quería seguir viviendo. Y, en aquel momento, se volvía hacia mí a fin de que lo hiciera salir de la existencia lo más pronto posible y de una manera definitiva. Y mientras él, con la esperanza de que su deseo pudiese ser escuchado, redoblaba sus esfuerzos, yo tuve finalmente el orgasmo y lancé un alarido como una mujer que pare con dolor. Sólo que las mujeres, como suele decirse, dan a luz al hijo, mientras que a mí me parecía quitar a ese mismo hijo a la luz para restituirlo a la oscuridad.
(*)Alberto Moravia (1907-1990), escritor italiano.Fragmento de su novela "La vida interior"
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