Lleva sólo un collar, tiene una sonrisa seductora y para el subterráneo de Londres está sencillamente "demasiado desnuda": se trata de la famosa Venus de Lucas Cranach el Viejo, el cuadro clásico del Museo Städel de la ciudad alemana de Francfurt de casi 500 años de antigüedad.
Las empresas de transporte se opusieron a exhibir el afiche. La justificación: tanta piel desnuda podría perturbar a los usuarios del subte. El poster
viola los estatutos según los cuales no se pueden "representar hombres, mujeres o niños de manera sexual", argumentan.
El "problema" no reside en la desnudez de la Venus en sí: la misma imagen estuviera cubierta tras una lona, no inquieta a nadie. El problema de que pueda verse consiste en que habilita algo más profundo: mirarla. Ver, se ve con los ojos; mirar implica atención, interés, participación. Miramos desde lo que somos. "Todo es según el color del cristal con que se mira", dice un adagio. Es imposible, por lo mismo, encontrar significados afuera de nosotros mismos, si no los llevamos adentro.
El ver es natural, inmediato, automático, reflejo; el mirar, en cambio, es cultural, determinado, intencional. Con el ver se nace; el mirar hay que aprenderlo. El ver depende del ángulo de visión de nuestros ojos, el mirar está en directa relación con nuestros imaginarios, con todas las posibilidades de nuestra memoria.
Es que mirar es tanto como conocer. Y el conocimiento no es para todos los ojos, mirada y crecimiento van de la mano: "no debes mirar, ya puedes mirar", se les inculca a los niños. La mirada abarca a toda la cultura. Aquí, lo erótico, permitido; allá, lo pornográfico, prohibido.
"Una mujer desnuda es un enigma y siempre es una fiesta descifrarlo (...) los ojos felices y felinos miran y de mirar nunca se cansan", escribió nuestro, tan uruguayo, Mario Benedetti. Pensamiento que Kawabata, oriental de los otros, autor del texto contiguo, sin duda hubiera suscrito.
¿Qué les pasa a esos ingleses?
Madison - larepublica.madison@gmail. com
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