Cuando Charli me confesó que se había enamorado de la cheta Eugenia y que, además, se iba de vacaciones con ella, aun estando segura de que ese amor no resultaría y de que en setiembre él volvería y me pediría perdón (ya había sucedido otra vez), lo que vino a mi mente fue el recogido tugurio de la calle del Alivio. En mi pensamiento destelló aquella discreta y amarillenta instalación luminosa y que, sobre un fondo granate, anunciaba simplemente el nombre del local: "Doñana".
Yo había encontrado en Charli una especie de apoyo, alguien con quien ir del brazo por la vida y un asidero del que podría sostenerme en caso de tropiezo.
Charli era de esas personas que alardean de tener las ideas muy claras; eso era justamente lo que me hacía falta entonces. Yo, por el contrario, no tenía opiniones contundentes; lo entendía todo. Comprendía las razones de cualquiera y la empatía me llevaba fácilmente a ser solidaria con quien tenía delante.
Charli decía que era muy fácil tomarme el pelo porque yo era ingenua y creía cuanto me contaban. No era del todo cierto. Lo que en realidad me ocurría era que me fastidiaba la idea de desairar a alguien. Aparte de que, como digo, a mí nunca me ha resultado difícil entender los diferentes motivos de cada cual, había en mi personalidad algo, sin duda una debilidad, que me impedía contrariar a mis interlocutores. Era como si tuviera miedo de que me fueran a comer si no me mostraba acorde con lo que ellos decían.
Tras exponerme sus planes para las vacaciones y asegurar que habíamos roto sin remedio, que me quería con locura pero que se había enamorado y que él no podía continuar fingiendo, Charli me abrazó con intención de consolarme. Yo estaba derrumbada, tanto que no podía enfadarme ni recriminarle nada. Además, qué le iba a decir. Quién en sus cabales osaría enfrentarse a los sentimientos.
--Patri, por favor, no me mires de esa forma --dijo--. Me estás haciendo polvo, no soy un cabrón.
Me sentí culpable.
--Claro que no, Charli, claro que no --contesté--. Es que la noticia me ha cogido por sorpresa, creía que lo nuestro funcionaba...
--Hasta las ocho no tengo prisa --dijo él--. ¿Te apetece que me quede?
--Si quieres, sí.
No sabía si a mí me apetecía que se quedara, pero acepté porque comprendí que él no tenía ganas de marcharse todavía.
Se sentó en el sofá junto a mí.
--¿Preparo café? --pregunté.
--No. No te levantes, Patri. ¿Sabes? A veces uno se pierde entre dos cariños y resulta duro elegir. Las cosas no son exactas. Que me haya enamorado de Eugenia no significa que haya dejado de quererte. Pero me sentiría como un cerdo si siguiera engañándote.
Yo le escuchaba mientras un sabor amargo subía desde mi estómago y se instalaba en mi boca.
--¿Desde cuándo estás con Eugenia?
--Qué más da, Patri.
--Pero lleváis tiempo, ¿verdad?
--Un poco.
--¿Y a ella no le ha importado que estuvieras conmigo?
--Es que ella no estaba segura. Al fin se ha dado cuenta de que me quiere.
Idiota, pensé, idiota. Bien te está tomando el pelo esa cheta; justo ahora, con las vacaciones en puertas, decide quererte.
--No me mires así, Patri --volvió a decir.
Intenté sonreír para aliviar su culpa. Entonces él me estrechó en sus brazos y empezó a besarme en la cara.
La rutina sexual de mi novio se había desatado. Yo sabía lo que iba a suceder en los próximos minutos. Me besaría en las mejillas, después, preso de un deseo ascendente lo haría en los labios. Me besaría con cierta suavidad al principio y luego me metería la lengua en la boca tan dentro como se lo permitiera su largura. Rápidamente me manosearía las tetas y en menos de lo que se tarda en describirlo me tumbaría en el sofá y me clavaría el hermano pequeño como decía su padre cuando se hacía el gracioso; el pene, como decía él cuando se ponía intelectual. En fin, yo sabía que me metería dentro del cuerpo aquel desabrido tronco carnoso y que me daría unos cuantos empujones hasta que llegara su alivio. A mí me ardería al principio y Charli se quejaría en tono cariñoso de lo poco que yo me movía. Después, él terminaría por alcanzar la cumbre del placer, que dice la gente romántica, y yo apenas si habría conseguido que mi cuerpo expulsara algo que lo lubricara para que aquella desagradable frotación dejara de lastimarme. Finalmente, me daría un beso sonoro y me retendría entre sus brazos, no fuera yo a pensar que él era de los que ignoran a la compañera después de haber desahogado el deseo. Yo sabía, desde que empezó a darme besitos tontos en la cara, que eso era lo que iba a suceder, el número se había repetido infinidad de veces. Y, naturalmente, eso fue lo que sucedió.
El caso es que cuando Charli se quedó a gusto, la mueca compungida regresó a su cara y volvió a lamentar el mal rato que me había dado. Después aceptó el café con hielo que le ofrecí y me dijo que ante todo deseaba que siguiéramos siendo amigos. Se marchó antes de que dieran las ocho.
Yo me arrojé sobre el sofá desconcertada. Una fuerte desolación me aplastaba. Ni siquiera podía llorar. Tampoco lamentaba la pérdida de Charli, ya digo que desde el primer instante tuve el presentimiento de que volvería conmigo. Lo que más me preocupaba era qué iba a hacer con las vacaciones, dónde me iba a meter hasta que llegara la fecha de regresar a mi trabajo.
Todavía reuní valor para llamarle por teléfono horas más tarde. Quería decirle que no se preocupara, que yo me encontraba bien. Pensaba que se marcharía de viaje hecho polvo a causa del disgusto que me había dado y que eso le impediría disfrutar, y me dominaban un desasosiego y una culpa insoportables.
Pero Charli y yo éramos muy diferentes. Su voz era alegre cuando descolgó el teléfono, no se imaginaba quién era. Me cortó enseguida, debía de estar esperando otra llamada, quizá de la tal Eugenia.
Fue esa misma noche cuando decidí que iba a hacer algo gordo.
Fue un sábado cuando mi decisión se hizo firme. Lo primero que hice fue enfundar mis caderas en una falda de raso negro. No me había decidido a estrenarla porque se ajustaba tanto que ponía en evidencia la línea de las bragas. Del fondo del armario saqué la camisa transparente cuyo estampado imitaba la piel de un tigre. Después de peinarme volví a la habitación y, ahora, la imagen que reflejaba el espejo era casi completa, redonda hubiera dicho un artista. Crecida con mi éxito particular me abrí la camisa y me saqué el soutien. Volví a mirarme comprobando que se transparentaban mis tetas. Ahora sí, la figura buscada de mujer desinhibida y dominadora estaba conseguida. Me pinté la boca de rojo, del mismo color que las uñas. No me maquillé los ojos porque me resultaba más atractiva mi cara resaltando solamente los labios.
Ya estaba perfectamente arreglada, ya ofrecía esa imagen de diosa de submundo con la que tantas veces había soñado en secreto. Cogí el bolso y me encaminé despacio a la calle del Alivio. Los hombres me miraban (o así me lo parecía) como si surgiera ante ellos el espectáculo de una mujer que sólo existe para los que pagan mucho, de alguien imposible, de un personaje de película. Recuerdo que yo caminaba con gesto frío y a cada paso que daba se iba apoderando de mí una sensación de supremacía que nunca antes había experimentado.
(*) Ana María Martín Herrera (1959-), escritora española. Fragmento de su obra "Las vacaciones de Terés"
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